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Full text of "La Piedra angular, novela"

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OBRAS COMPLETAS 

DE 

EMILIA PARDO BAZÁN 

TOMO If 



LA PIEDRA ANGULAR 



OBRAS DE_LA AUTORA 

NOVELAS 

Pascual López , 3. a edición , un vol. 

Un Viaje de Novios, 3. a edición, un vol. 

La Tribuna, un vol. 

La Dama joven, un vol. (Edición ilustrada. Agotada.) 

El Cisne de Vilamorta , un vol. 

Los Pazos de Ulloa, dos vol. (Agotada.) 

La Madre Naturaleza, dos vol. (Idem.) 

Insolación, un vol. (Edición ilustrada.) 

Morriña, un vol. (Edición ilustrada.) 

Una Cristiana, un vol. 

La Prueba, un vol. 

La Piedra Angular, un yol. 

CRÍTICA É HISTORIA 
San Francisco de Asís (siglo xm), 2 a edición, dos volú- 
menes 

La Cuestión Palpitante , 4. a edición, un vol. (3 pesetas.) 
La Revolución y la Novela en Rusia, 2. a edición, un 

volumen (5 pesetas.) 
De mi tierra (Galicia), un vol. (5 pesetas.) 
La Leyenda de la Pastoriza, opúsculo. (Agotada.) 
Estudio crítico sobre Feijóo, un vol. (Agotada.) 

LOS PEDAGOGOS DEL RENACIMIENTO, opÚSCUlo. 

El Padre Luis Coloma. (Biografía y estudio crítico.) 
Pedro Antonio de Alarcon. (Biografía.) 

VIAJES 

Mi Romería, un vol. (2,50 pesetas.) 
Al pie de la Torre Eiffel, un vol. 
Por Francia y por Alemania, un vol. 

POESÍAS 

Jaime (poema), un vol. (Agotada.) 

EN PRENSA 
Los Pazos de Ulloa. Novela. (Segunda edición.) 
La Madre Naturaleza. (Id., id.) 



gf: • - 



EMILIA PARDO BAZÁN 

OBRAS COMPLETAS. — TOMO II 

LA 

PIEDRA ANGULAR 

NOVELA 




MADRID 

IMPRENTA DE A. PÉREZ DUBRULL 

calle de la Flor Baja , 22 



Es propiedad de la autora. 
Queda hecho el depósito 
que marca la ley. 



LA PIEDRA ANGULAR 



.... ita ut serviamus tu novitat¿ 
spiritus, et non in vctustnts littenv. 
(San Pablo á los Romanos.) 



I 



endido ya de lo mucho que se prolon- 



gas y melancólica del mes de Marzo , el 
Doctor Moragas se echó atrás en el sillón; 
suspiró arqueando el pecho; se atusó el 
cabello blanco y rizoso, y tendió invo- 
luntariamente la mano hacia el último 
número de la Revue de Psychiatrie , in- 
tonso aún, puesto sobre la mesa al lado 
de cartas sin abrir y periódicos fajados. 
Mas antes de que deslizase la plegadera 
de marfil entre las hojas del primer plie- 
go , abrióse con estrépito la puerta fron- 
tera á la mesa escritorio , y saltando, 
rebosando risa, batiendo palmas, entró 




consulta aquella tarde tan 



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LA PIEDRA ANGULAR 



una criatura de tres á cuatro años, que no 
paró en su vertiginosa carrera hasta abra- 
zarse á una pierna del Doctor. 

— ¡Nené ! — exclamó él alzándola en 
vilo.— j Si aún no son las dos ! Á ver cómo 
se larga V. de aquí. ¿ Quién la manda 
venir mientras está uno ocupado ? 

Reía á más y mejor la chiquilla. Su cara 
era un poema de júbilo. Sus ojuelos, gui- 
ñados con picardía deliciosa, negros y 
vivos, constrastaban con la finura un tanto 
clorótica de la tez. Entre sus labios puros 
asomaba la lengüecilla color de rosa. El 
rubio y laso cabello le»tapaba la frente y 
se esparcía como una madeja de seda 
cruda por los hombros. Al levantarla el 
Doctor, ella pugnó por mesarle las bar- 
bas ó el pelo, provocando el regaño cómi- 
co que siempre resultaba de atentados 
por el estilo. 

Desde la entrada déla criatura, pare- 
cía menos severo el aspecto de la habita- 
ción, alumbrada por dos ventanas que 
dejaban paso á la velada claridad del sol 
marinedino. Bien conocía Nené los rin- 
cones de aquel lugar austero , y sabía 



POR E. PARDO BAZÁN. 



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adonde dirigir la mirada y el dedito im 
perioso con que los niños señalan la di- 
rección de su encaprichada voluntad. No 
era á los tupidos cortinajes ; no á las 
altas estanterías, al través de cuyos vi- 
drios se transparentaba á veces el tono 
rojo de una encuademación flamante ; 
menos aún á la parte baja de las mismas 
estanterías, donde, relucientes de limpie- 
za y rigurosamente clasificadas, brillaban 
las herramientas quirúrgicas: los troca- 
res , bisturíes, pinzas y tijeras de miste- 
riosa forma en sus cajas de zapa y tercio- 
pelo; los fórceps presentando la concavi- 
dad de acero de su terrible cuchara ; los 
espéculos, que recuerdan á la vez el ins- 
trumento óptico y el de tortura.... 

Tampoco atraían á la inocente los me- 
drosos bustos que patentizaban los siste- 
mas nervioso y venoso, y que miraban 
siniestramente con su ojo blanco , descar- 
nado, sin párpados; ni aquella silla tan 
rara, que se desarticulaba adoptando to- 
das las posiciones; ni el ancha palangana 
rodeada de esponjas y botecitos de ácido 
fénico; ni los objetos informes, de goma 



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LA PIEDRA ANGULAR 



vulcanizada ; ni nada , en fin, de lo que allí 
era propiamente ciencia curativa. ¡No! 
Desde el punto en que atravesaba la puer- 
ta , dirigíase flechada Nené hacia una es- 
quina de la habitación, á la izquierda del 
sillón del Doctor, donde, suspendida de 
la pared por cordones de seda, había una 
ligera canasta forrada de raso. Era la fa- 
mosa báscula pesa-bebés, el mejor medio 
de comprobar si la leche de las nodrizas 
reúne condiciones , nutre ó desnutre al 
crío; y en su acolchado hueco , á manera 
de imagen ó símbolo del rorro viviente, 
veíase un cromo, un nene de cartón, des- 
nudo, agachado, apoyadito con las manos 
en el fondo de la canasta , alzando la cara 
mofletuda y abriendo sus enormes ojazos 
azules. El cromo era el ídolo de Nené, 
que tendía las manos para alcanzar á su 
altura, chillando: «Niño selo, Niño selo.> 
— «Vamos á ver, » contestaba el Doctor, 
«¿qué quieres tú que te traiga hoy el Ni- 
ño del cielo?» Había minutos de duda, de 
incertidumbre, de combate entre diversas 
tentaciones igualmente fascinadoras. — 
«Tayamelos..,. rotilas.... amendas.... no, no, 



POR E. PARDO BAZÁN. 



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paletas.... Un chupa-chupa....» El chupa- 
chupa prevalecía al fin, y el Doctor, le- 
vantándose ágilmente y ejecutando con 
limpieza suma el escamoteo , deslizaba 
del bolsillo de su batín al fondo de la ca- 
nasta un trozo de piñonate. Aupando des- 
pués á Nené, el hallazgo de la deseada 
golosina era una explosión de gritos de 
gozo y risotadas mutuas. 

Preparábase alguna comedia de este 
género, porque Nené ya gobernaba hacia 
la báscula, cuando asomó por la puerta 
lateral, que sin duda conducía á la ante- 
sala, un criado, que al ver al Doctor con la 
niña en brazos, quedóse indeciso. Mora- 
gas, contrariado, frunció el entrecejo. 

—-¿Qué ocurre ? 

— Uno que ahora mismito llega.... Dice 
que si pudiera entrar lo estimaría mucho ; 
que ya vino antes, y como había tanta 
familia.,.. 

Alzó la vista el médico, y se fijó en la 
esfera del reloj de pared. Marcaba las 
dos.... menos cinco. Esclavo del deber, 
Moragas se resignó. 

— Bueno, que entre.... Nené, á jugar 



ÍO 



LA PIEDRA ANGULAR 



con la muchacha.... Ahora no da nada el 
Niño selo. Ya sabes que mientras hay 
consulta.... 

Nené obedeció, muy contra su voluntad. 
Antes de volverse, dejando cerrada la 
puerta que le incomunicaba con la chiqui- 
lla , el Doctor adivinó de pie en el umbral 
al tardío cliente. Delataba su presencia 
un anhelar indefinible , la congoja de una 
respiración ; y al encararse con él , el 
médico le vió inmóvil, encorvado, afe- 
rrando con ambas manos contra el estó- 
mago el hongo verdoso y bisunto. 

Moragas mascó un «siéntese», y se en- 
caminó á su sillón, calando nerviosamen- 
te los quevedos de oro y adquiriendo re- 
pentina gravedad. Su mirada cayó sobre 
el enfermo como caería un martillo, y en 
su memoria hubo una tensión repentina y 
violenta. «¿Dónde he visto yo estacara?» 

El hombre no saludó. Sin soltar el som- 
brero y con movimiento torpe, ocupó el 
asiento de la silla que el Doctor le indica- 
ra ; sentado y todo, su respiración siguió 
produciendo aquel murmullo hosco y en- 
trecortado, que era como un hervor pul- 



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monar. Á las primeras interrogaciones 
del Doctor, rutinarias, claras, categóri- 
cas, contestó de modo reticente y confuso, 
dominado tal vez por el vago miedo y el 
conato de disimulo ante la ciencia que 
caracteriza en las consultas médicas á 
las gentes de baja estofa; pero, al mismo 
tiempo, expresándose con términos más 
rebuscados y escogidos de lo que prome- 
tía su pelaje. Moragas precisó el interro- 
gatorio , ahondando , entregado ya por 
completo á su tarea. «¿Hace mucho que 
nota V. esos ataques de bilis? Los insom- 
nios, ¿son frecuentes? ¿Todas las noches, 
ó por temporadas? ¿Trabaja V. en alguna 
oficina; se pasa largas horas sentado?» 

—No, señor,— contestó el cliente con voz 
sorda y lenta.— Yo apenas trabajo. Vivo 
descansadamente ; vamos , sin obligación. 

Al parecer nada tenía de particular la 
frase, y, sin embargo, le sonó á Moragas 
de extraño modo, renovándole la punza- 
da de la curiosidad y el prurito de recor- 
dar en qué sitio y ocasión había visto á 
aquel hombre. Volvió á fijar sus ojos, 
más escrutadores aún, en la cara del en- 



i 2 



LA PIEDRA ANGULAR 



fermo. En realidad , las trazas de éste con- 
cordaban muy mal con la aristocrática 
afirmación de vida descansada que aca- 
baba de hacer. Su vestir era el vestir sór- 
dido y fúnebre de la mesocracia más 
modesta, cuando se funde con el pueblo 
propiamente dicho : hongo sucio y mal- 
tratado, terno de un negro ala de mosca, 
compuesto de mal cortada cazadora y 
angosto pantalón, corbata de seda negra, 
lustrosa y anudada al descuido, camisa 
de tres ó cuatro días de fecha , leontina de 
plata, borceguíes de becerro resquebra- 
jado sin embetunar, y en las manos nada 
absolutamente: ni paraguas, ni bastón. 
No suelen andar así los ricos, á quienes 
por obra y gracia de Dios les caen del 
cielo las hogazas. 

— ¿Según eso, no hace V. ejercicio nin- 
guno ? — preguntó Moragas , que creía 
proseguir el interrogatorio facultativo, 
pero se iba por la tangente de la excitada 
curiosidad. 

— Como ejercicio, sí... .— respondió opa- 
camente el hombre.— Paseo muchísimo. 
A veces ando dos y tres leguas y no me 



POR E. PARDO BAZÁN. 



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canso. Algo se trabaja también en la casa. 
No es uno ningún holgazán. 

— No he dicho que V. lo sea , — replicó 
con inflexión de severidad el médico.— Yo 
tengo que enterarme, si he de saber lo 
que anda descompuesto en V. ;Á ver? 
Reclínese allí, — ordenó, señalando hacia 
un ancho diván colocado entre las dos 
ventanas del gabinete. 

Obedeció el enfermo, y Moragas, acer- 
cándose, le desabrochó los últimos boto- 
nes del chaleco, tactando y apoyando de 
plano su mano izquierda, abierta, sobre 
la región del hipocondrio. Luego, con los 
nudillos de la derecha, verificó rápida- 
mente la percusión, auscultando hasta 
dónde ascendía el sonido mate peculiar 
del hígado. Mientras realizaba estas ope- 
raciones, adquiría su rostro movible una 
expresión firme é inteligente, al par que 
el del enfermo revelaba ansia, casi angus- 
tia.— «Puede V. levantarse»— articuló Mo- 
ragas, que se volvía ya á su sillón, can- 
turreando entre dientes, acto mecánico 
en él. 

Fijó otra vez la mirada en el consultan- 



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LA PIEDRA ANGULAR 



te : ahora auscultaba y tactaba , por decir- 
lo así , su fisonomía. Moragas , aunque del 
vitalismo pensaba horrores, no era el 
médico materialista que sólo atiende á la 
corteza : sin hacer caso de ese escolás- 
tico duendecillo llamado fuerza vital, 
nadie concedía mayor influencia que él á 
los fenómenos de conciencia y á las mis- 
teriosas actividades psico-físicas , irre- 
ductibles al proceso meramente fisiológi- 
co. «Ahí, en el cerebro ó en el alma (no 
disputemos por voces) , está el regulador 
humano », solía decir.JEn muchos desfalle- 
cimientos de la materia veía lo que tiene 
que ver un observador culto y sagaz : el 
reflejo de estados morales íntimos y se- 
cretos, que no siempre se consultan , por- 
que ni el mismo que los padece tiene va- 
lor para desentrañarlos. Dígase la ver- 
dad: Moragas admitía la recíproca: á 
veces curó melancolías y violencias de 
carácter con pildoras de áloes ó dosis de 
bromuro. Él sabía que formamos una to- 
talidad, un conjunto armónico, y que ape- 
nas hay males del cuerpo ó del espíritu 
aisladamente. En el cliente que tenía de- 



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Jante, su instinto le señalaba un caso mo- 
ral, un hombre en quien el infarto del hí- 
gado procedía de circunstancias y suce- 
sos de la vida. 

— ¿Bebe V.? — preguntóle secamente, 
con cierta dureza. 

— Á veces.... una chispa de caña.... 

— ¿Una chispa no más? V. no se con- 
sulta bien, mi amigo. V. quiere engañar- 
me, y no estamos á engañarnos aquí. 

—No le engaño á V., no señor; porque 
que un hombre tome un vaso ó dos, ó tres 
si á mano viene, me parece á mí que no 
hace cuenta. Hay ocasiones que no se 
puede menos , y pongo yo á cualquiera á 
que no eche un trago.... 

— Pues V. no debe echar ninguno, — ad- 
virtió el médico endulzando la voz, por- 
que notó en la del cliente tonos muy amar- 
gos. — Le prohibo á V. que lo cate hasta 
Noche Buena lo menos. 

¿Pero dónde diablos había visto Mora- 
gas al individuo aquel? ¿Cuándo cruzara 
ante sus ojos la figura luenga, enjuta y 
como doblegada ; la silueta que tenía algo 
de furtiva, algo que inspiraba indefinible 



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LA PIEDRA ANGULAR 



alejamiento y recelo? Á cada instante re- 
construía con más precisión la frente 
cuadrangular , anchísima , el pelo gris 
echado atrás como por una violenta ráfa- 
ga de aire, los enfosados ojos que pare- 
cían mirar hacia dentro, las facciones 
oblicuas, los pómulos abultados, la mar- 
cada asimetría facial , signo frecuente de 
desequilibrio ó perturbación en las facul- 
tades del alma. Si el médico tuviese de- 
lante un espejo, y pudiese establecer com- 
paraciones entre su figura y la del indivi- 
duo á quien examinaba , comprendería 
mejor la impresión de repulsa que estaba 
sintiendo, y la atribuiría á lo marcado 
del contraste. Era la actitud de Moragas 
de desenfado, por mejor decir, de esa 
petulancia cordial que impone simpatías: 
diríase que siempre se disponía á avan- 
zar, presentando el pecho, adelantando la 
cabeza , tendiendo la nariz husmeadora 
y grande. El enfermo, al contrario, pa- 
recía como que, obedeciendo al instinto 
de ciertos insectos repugnantes , se halla- 
ba constantemente dispuesto á retroce- 
der, á agazaparse, á buscar un rincón 



POR E. PARDO BAZÁN. 



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sombrío. Al comprobar la repulsión que 
le infundía el cliente, el médico se regañó 
á sí propio, tuvo un impulso de bondad, 
y mientras tomaba la hoja de papel para 
escribir una especie de directorio á que 
había de sujetarse el enfermo, con la iz- 
quierda cogió de una purera de caoba un 
cigarro , y se lo alargó , diciéndole : — 
«Fume V.» 

Al mismo punto en que las yemas de sus 
dedos rozaron las del cliente, la obscura 
reminiscencia que flotaba en su memoria 
dio un latido agudo, y casi se condensó. 
Moragas creyó que iba á recordar.... , y 
no recordó todavía. Vió una niebla, de- 
trás un rayito de pálida luz.... ; mas todo 
se borró al rasgueo de la pluma sobre la 
cuartilla blanca. Mientras escribía, no- 
taba (sin verlo) que el cliente no se había 
atrevido ni á encender el cigarro ni á 
guardárselo en el bolsillo de la america- 
na. Moragas firmó, rubricó, secó en el 
bade, y tendió la hoja al enfermo. 

Éste permaneció un momento indeciso, 
con la hoja en la mano y la mirada erran- 
te por la alfombra. Al fin se resolvió, ha- 

2 



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LA PIEDRA ANGULAR 



blando torpemente, llamando al médico 
por su nombre de pila. 

—Y... dispénseme...., ¿y cuánto tengo 
que abonarle, Don Pelayo? 

— ¿Por eso? — repuso Moragas. — Se- 
gún.... Si es V. pobre de verdad , déme lo 
menos que pueda...., ó no me dé nada, que 
es lo mejor. Si tiene V. medios...., enton- 
ces, dos duros. 

El hombre echó mano pausadamente al 
bolsillo del chaleco, revolvió con tres de- 
dos en sus profundidades , y sacó dos du- 
ritos brillantes, del nuevo cuño del nene, 
que depositó con reverencia en un ceni- 
cero de bronce. 

—Pues muchísimas gracias , señor de 
Moragas, — pronunció con cierto aplomo, 
como si el acto de pagar le hubiese dado 
títulos que antes no tenía. — No molesto 
más. Volveré, con su permiso, á decirle 
cómo me prueban los remedios. 

—Sí. Vuelva V. Observe el método, y 
no descuide la enfermedad. No es de 
muerte, á no sobrevenir complicaciones; 
pero.... merece atenderse. 

—Si uno no tuviera hijos ,— contestó el 



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hombre, alentado por aquellas pocas pa- 
labras levemente cordiales, — tanto daba 
morir un poco antes como un poco des- 
pués. Al fin y al cabo se ha de morir, 
¿verdad? Pues año más ó menos, poco in- 
teresa; digo, á mí me lo parece. Pero los 
hijos duelen mucho, y dejarlos perecien- 
do.... Vaya, á su obediencia , DonPelayo. 

Acababa de caer la cortina de la puer- 
ta; aún se oían en la antesala los pasos 
del cliente, cuando Moragas se alzaba 
del sillón, un tanto desazonado y ner- 
vioso. 

—Lo dicho; yo conozco á este pájaro, 
y le conozco de algo raro; vamos, que 
no me cabe duda. Es particular que no 
caiga en la cuenta desde luego, tan harto 
como está uno aquí en Marineda de rozar- 
se con todo bicho viviente. Y él, forastero 
no es, porque.... no; ¡si quedó en volver de 
cuando en cuando á ver cómo le sienta el 
método prescrito! No; ¡ qué va á ser fo- 
rastero! Moraguitas (el Doctor solía in- 
terpelarse á sí propio en esta forma), ¿por 
qué no le has preguntado el nombre á ese 
tío? ¿Por qué no te enteraste de dónde 



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LA PIEDRA ANGULAR 



vive? ¡Bah! Tiempo hay; se lo pregunta- 
ré cuando vuelva. De todos modos, me 
llama la atención no acertar qué casta de 
punto es este.... 

— ¡ Nené ! — gritó, aproximándose á la 
puerta por donde había salido la chiquilla. 

Pero la Nené no asomó su hociquito sa- 
lado, y el Doctor, obedeciendo á otra ex- 
citación caprichosa, volvió á la mesa, 
tomó la plegadera , y emprendió de nueva 
cortar las hojas de la Revue. Había allí un 
artículo sobre los morfinómanos que de- 
bía de ser completo, interesante.... Entre- 
tenidas las manos en la operación mecá- 
nica de rasgar la doblez del papel, prose- 
guía en su cerebro distraído el sordo com- 
bate de la memoria, el impulso de la no- 
ción que quería abrirse calle entre otras 
infinitas, depositadas, como en placa fo- 
nográfica, en aquel misterioso archivo de 
nuestros conocimientos. Sin duda una 
viva ola de sangre refrescó el rincón en 
que el recuerdo dormía, porque de im- 
proviso se destacó, claro y victorioso. 
Sintió Moragas el bienestar que causa el 
cese de la obsesión; pero apenas disipada 



POR E. PARDO BAZÁN. 



21 



la rápida impresión, casi física, de liber- 
tad y sosiego, el médico notó un estre- 
mecimiento profundo ; enrojecióse su tez, 
hasta la misma raíz del plateado cabello; 
temblaron sus labios, chispearon sus ojos, 
se dilató su nariz , y Moragas , pegando un 
puñetazo en la mesa, exclamó en voz alta 
y resonante : 

—Ya sé.... El verdugo.... (Interjección 
furiosa y redonda.) ¡El verdugo! (Otra 
más airada.) 

Inmediatamente se arrancó del bolsillo 
el pañuelo ; con las puntas de los dedos 
envueltas en él tomó las dos monedas re- 
lucientes ; abrió de golpe la ventana , y 
dejó caer el dinero sobre las losas de la 
calle, donde rebotó con son argentino. 

En aquel instante la Nené empujaba la 
puerta. Venía gorjeando; pero al ver á su 
padre que se volvía cerrando las vidrie- 
ras y destellando cólera y horror, quedó- 
se paradita en el umbral , con ese instinto 
de las criaturas, que se hacen cargo de la 
situación psíquica mejor que nadie , y 
murmuró por lo bajo : 

—¡Papá riñe.... papá riñe! 



II 



Telmo, al despertar, se metió los puños 
en los ojos, lamentando haber perdido 
el sueño, que era bonito. ¡Como que se 
trataba de revistas, paradas y simula- 
cros, y él se había visto á sí propio con- 
vertido en Capitán General de Cantabria, 
luciendo un uniforme todavía más majo 
que el de gala , ostentando plumeros, 
penachos, galones, cordones, estrellas, 
caracoleando sobre brioso alazán tostado, 
y con un sable formal , formal , no de palo, 
sino de reluciente acero! 

El despertar no podía ser más distinto 
de lo soñado. El niño vió á su alrededor 
lo de todos los días , cuadro feo y triste : 
el camaranchón sórdido, descuidado, in- 



2 4 



LA PIEDRA ANGULAR 



mundo, que sudaba por todos sus poros 
desaliño y abandono. ¡Cuánta melancolía 
transpiraban las paredes con su revoque 
negruzco ; el piso de baldosa desigual y 
cenicienta, mal cubierto aquí y allí por 
viejísimos ruedos; las prendas de ropa, 
bastas, de mal corte y paño burdo, más 
sucias que raídas, pendientes de clavos; 
las dos camas de hierro pintadas de un 
azul carcelario, frío, con sus mantas de 
tonos apagados y terrosos , y sus sábanas 
agujereadas, divorciadas del agua y del 
jabón! 

Telmo recordaba, como se recuerda un 
dulce ensueño, que antes, cuando era pe- 
queñito , había tenido , si no precisamente 
colchas de seda y palacios por morada, 
al menos un interior bien cuidado, cuco, 
limpio : él suponía que debió de ser así, 
porque le había quedado, de aquella épo- 
ca ya difumada entre nieblas, una sensa- 
ción de calor tibio, de nido de plumón que 
envuelve y abriga. Entonces sus ropas 
eran aseadas y se adaptaban á sus car- 
nes ; la comida estaba sazonada y gusto- 
sa ; en invierno un brasero calentaba la 



POR E. PARDO BAZAN . 



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habitación; en verano se percibía un con- 
junto claro y fresco, de cortinas plan- 
chadas y de visillos que tamizaban la 
luz. Todo esto no lo detallaba el mucha- 
cho con precisión absoluta ; sus reminis- 
cencias se confundían, y sólo se destaca- 
ba, con pleno realce , un rostro de mu- 
jer, que, si diésemos voto á Telmo en 
materias de hermosura , diríamos que era 
de belleza soberana. ¿Rubia ó morena? 
I Muy joven ó en principios de madurez? 
Eso no lo sabía Telmo : sólo sí que era 
preciosa, y esparcía en torno suyo bien- 
estar , un ambiente de espliego. 

No la vió á su cabecera aquel día tam- 
poco. Quien andaba por allí era el padre, 
descolgando el sombrero ruin, para en- 
casquetárselo sin previo manejo de cepi- 
llo. Mientras el padre se cubría, Telmo 
recibió la amonestación, á que ya estaba 
habituado. 

— Á ver si te levantas. Noharaganées 
más. Ahí en la cocina te quedan las sopas. 
Á eso de las dos ve por la calle del Arro- 
yal, que estaré saliendo de casa de Don 
Pelayo Moragas.... tú bien la sabes , ¿eh? 



26 



LA PIEDRA ANGULAR 



Pues aguárdame allí^que te llevaré á casa 
de Rufino. 

Dijo esto último á tiempo que ya salía, 
y el pestillo de la puerta cayó con agrio 
chirrido. 

El muchacho no hizo gran caso al con- 
sejo de «no haraganear». Constábale que 
tanto sacaría en limpio de levantarse, 
como de quedarse otro rato en la cama. 
Justamente el problemaque todos losdías 
necesitaba resolver, era en qué se invier- 
te una jornada, no teniendo deberes ni dis- 
tracciones de ninguna especie. Para él 
no había escuelas, colegios, ni estudios; 
y tampoco serían los amigos quienes le 
embobasen, porque ese gran aliciente de 
la niñez, primera manifestación de las ne- 
cesidades afectivas y primer desahogo 
del instinto de sociabilidad, le era desco- 
nocido. Quedábale el recurso de vagabun- 
dear sin tregua por las calles, de ir como 
ánima en pena, buscando algún rincón 
donde no le conociesen. 

Permaneció cosa de media hora en- 
tre sábanas, cerrándolos ojos para volver 
á soñar, si era posible, más cosas bonitas 



POR E. PARDO BAZÁN. 



*7 



de aquellas del género bélico. Lo que es 
él, así se empeñase el demonio , militar 
sería. No de tropa, no ; jefe, y de los de 
alta graduación. Lo menos coronel. Y 
con montura. ¡ Dónde habrá placer como 
regir un caballo gallardo, fogoso! Eso 
será la misma gloria. 

Decidióse por fin á echar una pierna 
fuera de la cama, y tras la pierna todo 
el cuerpo. Púsose los pantalones, que por 
cierto tenían más de un siete y la orilla 
festoneada de barro ; los suspendió como 
pudo de los tirantes de orillo ; vistió la 
chaqueta, nueva y decente; encasquetó en 
la pelona una mala boina castaña, y no 
se le ocurrió ni acercarse al palanganero 
de hierro, donde podría remediar algo la 
suciedad de manos y rostro, ni arar con 
el batidor la enmarañada pelambrera. El 
abandono de su educación había arraiga- 
do en su naturaleza infantil, y á fuer de 
legítimo idealista , soñaba con brillantes 
galones y garzotas blancas, mientras su 
cuerpo y sus trajes y su vivienda daban 
asco. Con los cinco mandamientos, en vez 
de cuchara, despachó la cazuela de sopa 



28 



LA PIEDRA ANGULAR 



grumosa y fría, y ya le tienen Vds. dis- 
puesto á echarse á la calle. 

Cuando salió del camaranchón, pudo 
verse que Telmo no era guapo. Tampoco 
ha de negársele alguna gracia y gentile- 
za, algún atractivo de ese que caracte- 
riza á los pilluelos, por sucios y derrota- 
dos que estén. La arremangada nariz te- 
nía su chiste, lo mismo que los gruesos 
labios de bermellón, afeados por la forma 
de la caja dentaria, que los proyectaba 
demasiadamente hacia fuera. La frente, 
lobulosa , retrocedía un poco , y la cabeza 
era de esas lisas por el occipucio , como 
si hubiesen recibido un corte, un hacha- 
zo, — cabezas de vanidosos, de ideólo- 
gos,— salvando algún tanto lo acentuado 
de esta conformación, el bonito pelo ne- 
gro, ensortijado y tupido como vellón 
de oveja. Los ojos, infinitamente expresi- 
vos , de córnea azulada , líquida y bri- 
llante, eran dos espejos del corazón del 
muchacho : en ellos el placer, la pena, la 
altivez, la humillación, el entusiasmo, la 
vergüenza, se pintaban fiel é instantánea- 
mente , reflejando un alma abierta y fogo- 



POR E. PARDO BAZÁN. 



2 9 



sa. Aquellos ojos pedían comunicación; 
buscaban á la gente , al mundo, para de- 
rramarse en él. En conjuntóla cabeza del 
niño recordaba la de un negro.... blanco, si 
es permitida la antítesis. No sólo el diseño 
de las facciones, pero la expresión cando- 
rosa de cómico orgullo que se advierte en 
la fisonomía de los negros ya civilizados 
y manumitidos, completaban la semejan- 
za de Telmo con el tipo africano, y por su 
rostro también pasábanlas ráfagas de tris- 
teza y receloso encogimiento que carac- 
terizan á las razas obscuras, cuando aún 
no borraron el estigma de la esclavitud. 

Al cruzar la puerta, lo primero que 
notó Telmo fué una sensación, ya acos- 
tumbrada, de bienestar, bajo la caricia del 
aire exterior. Aborrecía las cuatro pare- 
des, y nunca ave cautiva enjaula, fiera 
circunscrita entre barras de hierro ó gas 
sellado en redoma, aspiró con más ener- 
gía á la plenitud del espacio. Si le gustaba 
lo apacible y bello, lo grandioso, lo in- 
menso , le arrebataba. 

Su segunda impresión fué distinta: ob- 
servó que el sol , toldado entre nubes , ya 



30 



LA PIEDRA ANGULAR 



empezaba á descender de la mitad del 
cielo, señal de que él, Telmo, se había 
descuidado, y probablemente sería tarde 
para reunirse con su padre á la puerta 
del señor de Moragas. Este pensamiento 
le espoleó. De su padre había adquirido 
la noción escueta y coercitiva del lite- 
ralismo, de la obediencia á los pode- 
res constituidos, y la practicaba ; obede- 
cía sin reverenciar ni temer, y sentía in- 
currir en falta por la falta misma, no por 
las consecuencias , pues no había allí ver- 
dadero rigor paternal. Salió disparado; la 
distancia, aunque tenida por respetable 
en Marineda, era un juego para las pier- 
nas ágiles del chico. Además , todo cuesta 
abajo, y con sitios donde se puede ir á la 
carrera como el Campo de Belona y el 
Páramo de Solares, que desde hace bas- 
tantes años lucha por ser plaza de Mari- 
peres — nombre de la heroína popular de 
la linda capital marinedina. 

Precisamente, en la cuesta rápida que 
baja del alto terraplén, donde se asienta 
el Cuartel de infantería, al Páramo de So- 
lares, encontró Telmo una tentación que 



POR E. PARDO BAZÁN. 



31 



le hizo perder algunos minutos. Desem- 
boca en aquella cuesta la vetusta calle 
donde, en un caseretón no menos averia- 
do, se acomodaba como podía el Instituto 
de segunda enseñanza ; y los chicos , entre 
dos clases, solían desparramarse en bu- 
lliciosa bandada por el Campo de Belona, 
ejecutando á su modo evoluciones milita- 
res y simulacros, no siempre incruentos, 
de batallas , en que los proyectiles mortí- 
feros que debemos á los adelantos de la 
ciencia, eran sustituidos por los que la 
naturaleza ó las obras de cantería brin- 
dan á la juventud. ¡Con qué envidia miró 
Telmo á aquella falange! ¡Cómo se le 
iban los ojos trás eíla! ¡Si le fuese per- 
mitido unirse á la partida y terciar en 
sus empresas , ¡quién duda que á las pri- 
meras de cambio ganaría los entorcha- 
dos y hasta la cruz laureada í Su expresi- 
va fisonomía se entenebreció, y tuvo uno 
de sus minutos de tristeza, que eran como 
fugitivos eclipses de toda esperanza en 
el porvenir. Detúvose oyendo el bullicio 
escandaloso, la alborotada gritería de 
aquellos cachidiablos, y, al fin , resol vién- 



3 2 



LA PIEDRA ANGULAR 



dose, á manera del que dice á una torta 
sabrosa «ahí te quedas, porque no puedo 
meterte el diente», tomó por el Páramo 
de Solares, costeó los soportales nuevos, 
y fué á parar á la calle de Vergara, que 
nombran Arroyal todos los marinedi- 
nos. Bien conocía la casa de Moragas, y 
frente al portal se situó para aguardar á 
que su padre saliese. Sus ojos recorrían, 
sin embargo, toda la extensión de la ca- 
lle , y á uno de estos giros de pupila, 
vió la silueta paternal que desaparecía 
á lo lejos, bajo las arcadas que sirven de 
vestíbulo al Teatro. ¡ Ya había salido, 
y él no estaba allí! ¡ Qué diría! El chico 
iba emprender la carrera, cuando un in- 
cidente singular le detuvo. La ventana 
de Moragas se había abierto de prisa, 
con estrépito de vidrios; asomó un brazo, 
un blanco puño de camisa, una mano lar- 
ga y flexible, y dos monedas de plata, 
brillantes y sonoras, cayeron sobre las 
baldosas de la acera.... Todo en un de- 
cir Jesús.— Telmo se precipitó á reco- 
gerlas, instintivamente. Sólo cuando las 
tuvo bien cautivas en el hueco de la 



POR E. PARDO BAZÁN. 



mano , le entraron ciertos escrupulillos. 

¿Subiría á restituir las monedas? Digá- 
moslo sin ambajes : la vacilación duró 
muy poco. Telmo no tomaría , á buen se- 
guro, un céntimo del ajeno bien contra la 
voluntad de su dueño ; en cambio, con la 
lógica directa de la infancia, creía que 
quien tira por las ventanas el dinero no 
ha de censurar á quien lo recoja. Si por 
un momento le dominó la idea de echar 
escalera arriba y restituir su presa, la 
desechó al punto, tratándose mentalmente 
de páparo ; y, con resuelto ademán, sepul- 
tó los dos duros en el hondo bolsillo de su 
chaqueta. 

Ya no pensaba en reunirse con su pa- 
dre. Aquel tesoro le imprimió dirección 
distinta. Por de pronto, le sugirió que ya 
estaba en situación de alternar con los 
demás muchachos. No era un concepto 
reflexivo ; más bien un instintivo cálculo, 
que le decía que el dinero, en este picaro 
mundo , cubre y facilita muchas cosas. Él 
no podía apreciar lo exiguo de la suma; 
no había visto junta , en toda su vida, otra 
igual, ni parecida siquiera, y los cuarenta 

3 



34 



LA PIEDRA ANGULAR 



reales que danzaban en su faltriquera se 
le figuraban asiático tesoro. Con dos du- 
ros todo se puede emprender, y todo se 
alcanza. Telmo , dueño de cuarenta rea- 
les, no podía ser el mismo Telmo de á dia- 
rio , él que no encontraba chico que se 
asociase á sus juegos , él que en todas 
partes recogía envenenada cosecha de 
sofiones y repulsas. 

Dilatado el corazón por la esperanza, 
tan fulminante en la niñez, Telmo, sin 
acordarse de que tenía padre en el mun- 
do , echó por el Páramo de Solares arriba, 
alcanzando en breve la cuesta. ¡Con qué 
presteza la subió! Desde la cima, domi- 
naba la extensión del Campo de Belona. 
Allá en el fondo , junto al parapeto , bullía 
el grupo á que soñaba incorporarse. A 
dispararse otra vez. La partida no pres- 
taba atención á aquel chiquillo , que co- 
rría tanto, que las suelas de sus zapatos, 
desde lejos, parecían girar. Los alumnos 
del Instituto provincial marinedino deli- 
beraban ¡ cáspita ! y la deliberación les te- 
nía endiosados. ¡ Como que se. trataba 
nada menos que de un consejo de guerra! 



POR E. PARDO BAZÁN. 



Traían entre ceja y ceja, desde principio 
de curso, el propósito, el designio heroi- 
co de una batalla memorable : aspiraban 
á reñir la mayor y más homérica pedrea 
que han presenciado los siglos. Hartos 
estaban ya de juegos bobos, de inocen- 
tes pinas repartidas á diestro y sinies- 
tro. ¿Qué valían tales escaramuzas? No ; 
denme Vds. un combate real y efectivo, 
donde los dos caudillos, Restituto Taco- 
ner (alias Cartucho) y Froilán Neira (por 
otro nombre Edison ) ganasen impere- 
cedera nombradla. Aquel día les ayudaba 
la suerte : el Sr. Roncesvalles , catedrá- 
tico de Historia, había tenido la feliz ocu- 
rrencia de quedarse en cama, no sé con 
cuál entripado ó alifafe, y los chicos dis- 
ponían de la tarde entera para sus de- 
moniuras ; tarde que, además, habiendo 
roto el sol la cortina de niebla, por su 
serenidad hermosa convidaba á esparci- 
miento. 

Reducida quedaba la dificultad á bus- 
car un sitio donde los guardias municipa- 
les no oliesen la quema. Sobre esto ver- 
saba la deliberación. La mayoría propuso 



3 6 



LA PIEDRA ANGULAR 



la escollera llamada del Parrochal , y 
también del Emperador , por ser tradi- 
ción—demostrada con sólidos argumen- 
tos en un folletito del Sr. Roncesvalles — 
que á aquella parte de la muralla marine- 
dina, y ai pie de su vieja poterna , había 
atracado la lancha ó bote que conducía al 
César Carlos V cuando vino á celebrar 
Córtes y pedir subsidios en la ciudad de 
Marineda. Era el punto muy estratégico, 
por estar la muralla derruida á trozos, y 
abundar portillos y grietas que permi- 
tían burlar la persecución de los más ac- 
tivos polizontes. En cambio, i barajas!, el 
sitio se registraba perfectamente desde las 
ventanas de la Audiencia, Cárcel, Capi- 
tanía general , y de muchísimas casas 
particulares ; y apenas silbase en el aire 
la primer peladilla de arroyo , no faltaría 
un mala alma que avisase al jefe de la 
ronda y les echase encima los agentes. 
Había otro lugar precioso: j conchas!, 
de primor, que ni inventado; un lugar 
que tenía ya preparadito el escenario 
y el argumento del hecho de armas 
que se proponían realizar aquellos va- 



POR E. PARDO BAZÁN. 



37 



lientes.... i El castillo de San Wintila! 

Allí, allí sí que la acción podía ador- 
narse con todos los requisitos que, según 
les enseñaban á ellos en clase de retórica, 
necesita la tragedia: peripecias, prótasis, 
epítasis y catástrofe. Por allí sí que rara 
vez, ó puede decirse que nunca, aportaba 
un agente de la autoridad, con el bastón 
alzado y la lengua regañona é insultante. 
Allí sí.... Pero ¡barajas! ¿Qué teníamos 
con eso? El asalto del castillo de San 
Wintila no era realizable sin que existiese 
un héroe, dispuesto á sacrificarse para 
mayor diversión y recreo de los demás ; 
hacía falta un pandóte , y nadie lo quería 
ser ; todos aspiraban al lucido puesto de 
asaltantes. Hablóse de echar la china y la 
paja-perra ; mas nadie se avino á fiar en 
los azares de la suerte. ¿Azares? Ó tram- 
pas.... ¡Vaya V. á saber! No, no; no hay 
confianza en la cuadrilla.... Sobre esto se 
armaba un gran vocerío , una acalorada 
discusión.— < Sois unos panarras, no servís 
para maldito....>— «Sí,sí,pues anda y sirve 
tú....; á ver si eres tú el que te mamas las 
piedras....» - «Hombre, pues á suertes....; 



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LA PIEDRA ANGULAR 



la suerte es igual para todos.»— «Me car- 
go en la suerte; siempre haréis escamo- 
teos y chanchullos....» — «Al Parrochal, 
hombre, al Parrochal, que allí no hay 
esas dificultades....»— «Pero ¡barajas! ¡Si 
en seguida asoma el General los bigotes, 
y avisa á los municipales para jerico- 
plearnos!....» 

Desalado, sudoroso y con el alma al 
borde de la boca, que abría de un geme 
por no asfixiarse en su veloz corrida, 
llegaba entonces Telmo á juntarse con la 
banda. — « ; Qué querrá éste ? » — gruñó 
Cartucho, fijándole de reojo con sus ojue- 
los maliciosos y bizcos.— «¿Quién es?»— 
preguntó un novato del grupo,— Y el hijo 
del armero silabeó misteriosamente : — 
«¿Que quién es, barajas? El cachorro del 
buchí».—« \ Contra! No me da la gana de 
jugar con él.»— « ¡Déjalo, barajas! que ya 
tenemos pandóte » , — replicó el caudillo 
con la firmeza y previsión del hábil estra- 
tégico que, en acciones de guerra, sabe 
aprovechar todo recurso. 

Telmo se había parado, poseído de in- 
creíble timidez, á pocos pasos delahueste. 



POR E. PARDO BAZÁN. 



J9 



Toda la incitación de su esperanza; todo 
el pueril aplomo que le inspiraba la pose- 
sión de las dos brillantes monedas, trocó- 
se en encogimiento horrible al verse pró- 
ximo á la sociedad , que era para él lo que 
para la mujer tachada, el severo círculo 
aristocrático, ¡ más inexpugnable que una 
muralla de hierro! , donde no logra pene- 
trar nunca.— Telmo sentía físicamente el 
peso de su traje destrozado, descuidado y 
sucio , en presencia de aquellos niños que, 
aun en medio del desorden del juego, re- 
velaban en su ropa más ó menos lujosa, 
pero aseada y bien recosida, el cuidado 
de dedos femeniles, el esmero de una ma- 
dre, la posesión de un hogar. ¡Cuán feli- 
ces ellos, con su cuaderno de apuntes en 
el bolsillo, emblema de la fraternidad es- 
colar, con su alegre compañerismo , con 
sus horas de juego , con sus estudios que 
les habían de granjear un puesto entre 
las gentes, y cuán desdichado él, á quien 
tenían derecho de rechazar á puntapiés, 
como á can sarnoso ! 

Permanecía clavado en el mismo lugar, 
sin ánimos para decir palabra , agitada la 



49 



LA PIEDRA ANGULAR 



respiración, repentinamente pálidas las 
mejillas, ei corazón bailarín. Los dos 
pedazos de plata en que había fundado 
todas sus osadas hipótesis, le parecían 
ahora más ínfimos que dos ruedas de plo- 
mo. Sintió impulsos de agarrarlos y tirar- 
los también, imitando á la persona que 
sacó el brazo por la ventana de Moragas. 
¡Qué idiotez, suponer que con aquellas 
monedas se podía comprar el derecho de 
asociarse á los chicos del Instituto! Ni si- 
quiera prestaban el valor necesario para 
pronunciar intrépidamente la frase sacra- 
mental : «¿Me dejáis jugar con vosotros?» 

La súplica sólo la formularon sus ojos, 
fijos con angustia en ambos cabecillas, 
quienes, á su vez, le consideraban con 
cierto desdén ó altanería indulgente. Al 
fin Edisón, entre despreciativo y mag- 
nánimo, se dignó dirigirle la palabra. 

—Vamos á la playa de San Wintila. 
¿ Te quieres tú venir ? 

Telmo imaginó que se abrían los cielos 
y que escuchaba los cánticos de los sera- 
fines. Paralizado por la emoción , con la 
cabeza dijo que sí. 



POR E. PARDO BAZÁN. 



— Has de obedecer como un recluta. 

Nuevo balanceo de cabeza. 

—Has de hacer lo que te manden.... y 
ojo con el miedo. 

Ademán de resolución. . 

—Pues andando, j Liscaááá ! 

Á este grito de guerra , toda la partida 
salió corriendo. 



III 



El castillo de San Wintila es uno de los 
varios fortines con que los ingenieros 
á la Vauban del pasado siglo guarnecie- 
ron la embocadura de la bahía marinedi- 
na, para resguardar la plaza de nuevos 
ataques y embestidas del inglés. Á fin de 
llenar mejor su objeto defensivo, tenía 
anexo un parque de artillería, servido por 
un polvorín colocado á conveniente dis- 
tancia. Para los tiempos de Nelson, en 
que si el pundonor y la sublime noción del 
deber militar estaban en su punto, no se 
habían inventado y refinado y perfeccio- 
nado como hoy los ingenios y máquinas 
de guerra, el castillo de San Wintila era 
excelente baluarte, capaz de sostener y 
vigilar la boca de la ría, hostilizando á 



44 



LA PIEDRA ANGULAR 



cualquier buque enemigo que asomase á su 
entrada.Con todo, según suele suceder en 
España desde tiempo inmemorial, la línea 
de fortines que reforzaba la costa de Ma- 
rineda no es lo más adelantado de aquel 
mismo período en que se construyó : tiene 
resabios del sistema de fortificación me- 
dio eval , y las formas románticas del cas- 
tillo roquero pugnan con el exacto tra- 
zado geométrico de la casamata. Por eso, 
al caer la tarde ó de noche, el castillo de 
San Wintila, ya medio desmoronado, po- 
see cierta belleza misteriosa de ruina, y 
representa dos siglos más de los que real- 
mente cuenta. Hace mayor este encanto 
lo pintoresco de su situación. En la zona 
agreste y desierta que Marineda prolon- 
ga hacia el Océano, — ancha península de 
bordes ondulados y caprichosos como la 
fimbria de una falda de seda,— la costa, 
después de señalar con suave escotadura 
la negra línea de peñascos que orlan el 
cementerio, de pronto dibuja una ensena- 
da que, penetrando profundamente en la 
orilla, se cierra casi, á la parte del mar, 
por estrecha garganta, forma debida á la 



POR E. PARDO BAZÁN. 



45 



prolongación y ensanche del arrecife so- 
bre el cual se yergue el castillo. Al lado 
opuesto del que oprime la angosta boca, 
estrecho ó canal de la ensenada, se ex- 
tiende redonda, suave, blanca, deliciosa, 
una playa de finísima arena. 

Aun cuando este arenal presente por 
tierra el acceso más fácil para los que 
quieran penetrar en el castillo, nuestra 
partida eligió descender pasando por de- 
lante de la capilla , bajada acaso más rá- 
pida, pero también con más exposición á 
desnucarse, rodando de algún precipicio 
al arrecife ó al fondo de la caleta. La tur- 
bulencia de los primeros años goza en 
arrostrar obstáculos y en encontrar difi- 
cultades vencibles. 

Más que ninguno se complacía Telmo 
en el ejercicio arriesgado de correr, me- 
jor dicho, de rodar por aquellas pendien- 
tes, desdeñando la senda abierta y fran- 
ca. Quería demostrará sus compañeros de 
una hora que atesoraba como cualquiera 
y mayor grado que nadie, valor, resolu- 
ción, agilidad y destreza. Ellos, dejándole 
precipitarse solo, iban en bandada, cru- 



4 6 



LA PIEDRA ANGULAR 



zando risas, insultos, excitaciones, retos, 
órdenes y empellones. Á la cabeza mar- 
chaban Froilán Neira y Restituto Taconer, 
sin dignarse mirar a\pandote , al que, con 
su presencia y su complacencia, hacía po- 
sible la representación del drama. 

Al llegar á la fuente que corta la senda, 
antes de que, haciéndose más impractica- 
ble y peligrosa, descienda á la playa, la 
partida se detuvo á tomar un resuello. Al- 
gunos, sofocadísimos, acercáronse ala 
fuente, con ganas de beber del caño el 
agua famosa de San Wintila, tenida por 
medicinal : hubo quien colmó de líquido la 
gorra, y acanalando la visera, apagó la 
sed en tal guisa : otros, menos sedientos 
y más deseosos de chachara, la empren- 
dieron con unas pobres mujeres que abre- 
vaban en el pilón dos ó tres parejas de 
grandes bueyes rojos. Fué aquello un di- 
luvio de chanzonetas en dialecto. — « Co- 
madre, ¿me da á mí de beber?»— «Vénda- 
me los bueyes, comadre.» — «Á cómo 
vale cada cuerno?»— «¿Quiere dos perros 
chicos por la pareja?»— «Ese tiene un so- 
brehueso en el rabo : aguarde, que se lo 



POR E. PARDO BAZÁN. 



47 



voy á amputar. » Rompieron las mujeru- 
cas en gritos y denuestos , lo mismo que 
si las pellizcaran. Telmo vio en la broma 
pretexto de asociarse , de intimar con la 
partida, y llegándose bonitamente á uno 
de los bueyes , sacando una navajiila ó 
cortaplumas que siempre llevaba consi- 
go, y ocultándola en la mano cerrada, la 
clavó con disimulo en el hocico del ani- 
mal, que saltó enfurecido, bramando y 
mugiendo, arrastrando en pos de sí á la 
mujer que tenía la cuerda. ¡Aquí de Dios 
y del rey! Ya no fué refunfuñar ni gruñir; 
no fueron gritos ni quejas, sino alarido 
de muerte el que alzaron las aldeanas. 
«Socorro, socorro.... Lambones, papuli- 
tos del infierno, cochinos, señoritos de 
basura, hemos de ir al juez que vos eche 
á presidio....» A la sazón reparó una de 
las mujeres en Telmo, á quien conocía 
por razón de vecindad , y su fisonomía 
descompuesta se inflamó aún más de des- 
precio y odio. « ¡Tú habías de ser, hijo de 
mal padre, malacaste, tiñoso, retoño de 
la horca!.... ¡Á tu padre y á ti os habían de 
agarrotar, en vez de ser vosotros quien 



4 8 



LA PIEDRA ANGULAR 



agarrota á los enfelices !.... ¡Valientes se- 
ñoritos de estiércol esos que se juntan con 
una pudrición como tú!.... > 

Fué como perdigonada repentina que 
dispersa un bando de gorriones. Los chi- 
cos alzaron el vuelo, dejando en pos de 
sí clamoreo confuso, un ¡uuü! largo y 
burlón, impotente recurso para ocultar 
la vergüenza y el interior berrinche. Tel- 
mo también clamaba , también gritaba 
¡muí! ; pero sus mejillas iban carmesíes 
y sus pupilas preñadas de cierto salado 
licor que reabsorvió con sobrehumano 
esfuerzo. 

Ya pisaban el arrecife y deteníanse al 
pie de las murallas del castillo. Allí era 
preciso celebrar nuevo consejo. Cartucho 
y Edisón centraron el corro, dejando á 
Telmo fuera. Instintivamente, por movi- 
miento propio del alma humana, y sobre 
todo de la infantil, cerrada á la generosi- 
dad y á la equidad, los chicos , al sentir 
la mortificación del incidente ocurrido, 
echaban toda la culpa á Telmo, á Telmo, 
que iba á ser su víctima dentro de breves 
instantes. Al cargarle la parte más dura 



P©R E. PARDO BAZÁN. 



y peligrosa del juego, se les figuraba ser 
justicieros, justicieros á raja tabla. ¿No 
había dicho la mujer aquella que Telmo 
merecía el garrote? Cuanto más se le 
apretase, más se cumpliría la ley de la 
justicia, que infama á su propio ejecutor 
hasta pasada la cuarta generación — me- 
jor dicho, eternamente.— No juraría yo 
que estas filosofías las razonasen y dedu- 
jesen con rigor los alumnos del Instituto 
marinedino ; pero llevaban el germen de 
ellas en el corazón y en el cerebro y á su 
impulso obedecían. 

Después de haber conferenciado obra 
de un minuto, intimaron á Telmo las dispo- 
siciones militares. «Oyes tú...., hazte bien 
cargo...., no nos fastidies. Tú eras la guar- 
nición del castillo, y nosotros lo tomába- 
mos por asalto. Te metes en él , y desde 
allí te defiendes como puedas. Pero, ¡bara- 
jas!, si te escondes, no vale. Hemos de 
verte en las ventanas ó en las troneras 6 
en la puerta ó en lo alto del muro..... en 
fin, que hemos de verte. Si te escondes, 
eres un camastrón, mamalón, mulo, mie- 
doso. ¿Entendiste?» 

4 



Su 



LA PIEDRA ANGULAR 



Telmo levantó su graciosa cabeza, de 
negrito blanco ; sacudió briosamente la 
ensortijada zalea ; una sonrisa vanidosa 
dilató sus labios gruesos, y afianzando la 
mano en la cadera, respondió enérgica- 
mente : «¡Contra! Ni soy miedoso, ni me 
escondo, ¡barajas! Para entrar en el cas- 
tillo, tendréis que matarme.» 

¡Genio eminentemente español délas 
defensas heroicas de plazas y castillos, 
en que un puñado de hombres entretiene 
y domina á un ejército numeroso! ¡More- 
11a, Numancia, Zaragoza, Sagunto! Nunca 
vuestro espíritu impulsó á nadie con más 
fuerza que al bizarro Telmo, cuando á 
brincos, á gatas, veloz como una lagar- 
tija, se encaramaba por el interior del 
ruinoso y destechado fortín para apare- 
cer , descubierto el cuerpo todo, derra- 
mando denuedo, sobre el adarve. En los 
minutos anteriores á su ascensión por las 
paredes , no le había faltado tiempo de 
llenar bolsillos y boina de piedras redon- 
deadas y no muy gruesas, — las mejores 
para arrojadizas ,— é improvisar una hon- 
da con la manga de la camisa, que arran- 



POR E. PARDO BAZAN. 51 



có de un tirón. Más que en aquel imper- 
fecto instrumento, fiaba en sus brazos 
fuertes y nerviosos. Era ambidextro , y 
contaba ayudarse con la izquierda. 

El ejército sitiador, replegado en com- 
pacta masa á la entrada del arrecife, 
exhaló un grito viendo aparecer sobre 
el adarve á la guarnición. Era el aullido 
que corea la salida del toro del toril. 
Cada muchacho escondía su proyectil en 
el hueco de la mano : más de doce brazos 
hicieron á la vez el molinete, y una nube 
de piedras, venciendo la gravedad , subió 
en busca de la cabeza del intrépido ada- 
lid. La ley caballeresca de las pedreas 
infantiles, que manda no disparar sino á 
las piernas, allí no se observaba ; ¿ni qué 
ley habia.de observarse con semejante ad- 
versario? Pero él, raudo y precavido, 
esquivó la nube corriendo como un gamo 
á la parte opuesta del adarve ; y sin per- 
der paso ni carrera, hizo el molinete á su 
vez, y la piedra, silbando al ras de la tie- 
rra como un reptil , fué á percutir la ca- 
nilla de Cartucho, que exhaló un grito de 
dolor. «¡Barajitas con ese, que me ha 



S2 



LA PIEDRA ANGULAR 



roto la espinilla! ¡Piedras, puño, pie- 
dras en él!» 

Como los otros se reían, Cartucho rumió 
entre dientes dolorosos ayes; sus ojos se 
llenaron de lágrimas , pero no flaqueó 
su energía. Al contrario : diríase que la 
rabia del golpe inflamaba su coraje. Te- 
nía fama de excelente tirador de piedra : 
eligió del suelo una, bien lisa y monda, 
afilada lo mismo que un hacha, y antes 
de arrojarla, se detuvo. Telmo esquivara 
la nueva descarga de piedras lanzada 
contra él por medio de una maniobra aná- 
loga á la anterior : huyendo prontamente 
al otro extremo del adarve , y refugián- 
dose en un cubo. Esta ocasión aguardaba 
Cartucho. Calculó adónde se replegaba 
Telmo, y allá disparó el guijarro con mano 
certera. El proyectil alcanzó á Telmo en 
un hombro. El sitiado se detuvo, parali- 
zado sin duda por el golpe. No obstante, 
ni llevó la mano á la parte lastimada, ni 
se abrió su boca para exhalar una queja. 
Lo que hizo fué evitar la segunda peladi- 
lla, adoptando una estrategia de salvaje. 
Presentaba el derruido murallón bastan- 



POR E. PARDO BAZÁN. 



53 



tes desigualdades, y los huecos de los 
arrancados ó desquiciados sillares deja- 
ban sitio para que pudiese una persona 
agarrarse, sostenerse, ocultarse, y para- 
petarse en caso de necesidad. Telmo eli- 
gió uno de esos huecos, favorables á su 
plan de defensa, colocándose de tal suer- 
• te , que si, para lanzar las piedras , sacaba 
fuera del adarve todo el pecho, al ver 
venir la granizada, podía descolgarse 
apoyando un pie en el hueco, y quedar pro- 
tegido por el muro. Sus dos brazos , como 
aspas de molino , salían por cima del adar- 
ve, arrojando proyectiles con tanto acier- 
to, que ya tres sitiadores cojeaban; lo 
cual revelaba la caballerosidad de Telmo, 
que, acosado , sitiado por enemigos nume- 
rosos, solo allí para defenderse contra un 
ejército, acataba la ley del código de ho- 
nor : disparaba únicamente álas piernas. 

Comprendían sin embargo los asaltan- 
tes que aquello era cuestión de tiempo, 
y esto mismo cebaba más su fiereza y su 
coraje. De trece ó catorce piedras lan- 
zadas á la vez, ¿no había de tocar alguna 
al defensor? ¿No habían de herir aquella 



54 



LA PIEDRA ANGULAR 



cabeza que incesantemente se alzaba y 
hundía, á modo de diablillo en caja de 
chasco ? En lucha tan desigual, á Telmo le 
tocaba sucumbir. Froilán Neira (a) Edi- 
són, el más listo de la partida, la única 
inteligencia calculadora de la reunión, 
tuvo una idea luminosa. 

—No haremos nada, ¡puño! mientras 
nos estemos aquí apiñados.... Así él sabe 
de dónde viene la piedra y se escabulle.... 
Á repartirse. Callobre, Augusto y Mon- 
tenegro , allí.... Rafael y Santos , á la de- 
rocha.... Los demás, en aquella peña alta.... 
Yo, en esta otra.... ¡ Y á la cabeza! En el 
pecho duele pero no aturde.... Á la cabe- 
za, entre los dos ojos, que eso derrenga 
á un buey. 

Diciendo y haciendo, el hábil Edisón 
fué á empericotarse en el arrecife, punto 
señalado para consumar su hazaña. Era 
un peñasco negro, picudo, resbaladizo 
por las verdes algas que lo revestían, y 
en su centro, una excavación contenía 
agua de mar , clara y tibia , especie de en- 
senada en miniatura, en cuyo fondo se 
veía vibrar sus tenazas á los cangrejos 



POR E. PARDO BAZÁN. 



y? 



y esponjarse á un pólipo verde botella. 
El mar, el mar verdadero, bañaba el pie 
del escollo , y Edisón se mojó las botas 
para tomar aquella ventajosa posición.No 
le importaba. Estribó firmemente en la 
meseta superior del peñasco ; acechó , y 
al ver rebasar del muro la cabeza del si- 
tiado, apuntó á la rizosa vedija de cabe- 
llos, alzó el brazo, lo revolvió tres veces 
con pausa,... ¡Ah! lo que es esta sí que 
h;ibía hecho blanco. 

La cabeza desapareció de la rasante del 
murallón.... Los sitiadores exhalaron un 
grito de triunfo ronco y fiero.... Pero la 
cabeza reaparecía, pálida, surcada por 
un hilo de sangre ; serena , fruncido el 
ceño, sublimada por radiante expresión 
de gozo y de heroísmo , y las dos manos, 
á un tiempo, enviaban á las piernas de 
Edisón dos proyectiles.... Ambos acerta- 
ron, y sin causar grave daño al caudillo, 
lograron no obstante, por la falsa posición 
en que se encontraba, — parecida á la del 
coloso de Rodas, — derribarle de su pe- 
destal. Cayó, y cayó al mar de plano , y el 
agua salobre penetró en sus orejas y en 



5.6 



LA PIEDRA ANGULAR 



sus pulmones, aturdiéndole. Mas como 
allí se bacía pie, el chico , guiado por el 
instinto de conservación , braceó y logró 
salir al playal. El incidente había distraído 
y aun asustado un poco á sus compañe- 
ros : todos abandonaron sus posiciones y 
se dirigieron á la arena , con la vaga 
aprensión de al gún trágico suceso. Edisón 
surgió chorreando y bufando de vergüen- 
za, enseñando el puño á la guarnición del 
inexpugnable castillo. Como si fuese una 
consigna, todos los de la partida arrojaron 
áTelmo, en defecto de las inútiles pie- 
dras, algún insulto. «¡Cobardón, man- 
dria, bocalán; á que no te pones como 
antes sobre la pared!.... ¡Te escondes, y 
desde el escondite disparas! ¡No vale, 
miedoso! ¡Traición!» 

Con la serenidad de la tarde, la quietud 
de las olas , el silencio de aquellos parajes 
solitarios, las injurias llegaban altas y 
estridentes al defensor de San Wintila. Y 
no se sabe cuál fué más pronto, si oirías 
ó trepar por las grietas y presentarse de 
cuerpo entero sobre el adarve, con las 
manos vacías, los brazos desdeñosamente 



POR E. PARDO BAZÁN. 



57 



cruzados sobre el pecho, ensangrentada 
la faz, el traje desgarrado. Su actitud era 
de reto y provocación, de un reto orgu- 
lloso, de vencedor y héroe. 

Los chicos, sin consultarse, se inclina- 
ron para coger cada uno su piedra, y sin 
concierto, á intervalos desiguales, hicie- 
ron el molinete, lanzaron el proyectil.... 
Telmo, inmóvil , sin descruzar los brazos, 
ni poner en práctica sus acostumbrados 
medios de defensa , sin correr por el adar- 
ve ni descolgarse buscando la protección 
del muro, aguardaba.... ¿ Cuál de aquellas 
piedras fué la que primero le alcanzó? La 
escrupulosidad histórica obliga á confe- 
sar que no se sabe. Probablemente le to- 
caron dos á un tiempo : una en el brazo 
izquierdo, otra sobre una oreja, junto á la 
sien. Y tampoco se sabe por obra de cuál 
de las dos abrió los brazos como el ave 
que quiere volar, y se desplomó hacia 
atrás, precipitado en el vacío. 

Quedáronse los muchachos aturdidos 
ante su victoria. No la celebraron con gri- 
tos ni con clamoreo triunfal. Hagámosles 
justicia : la conciencia les argüía. Sus co- 



58 



LA PIEDRA ANGULAR 



razones nuevos y frescos, sus almas no 
baqueteadas aún por las componendas de 
la experiencia y de la vida, les decían á 
gritos que el lauro estaba manchado de 
infame cieno. Reinó entre ellos el silencia 
más profundo. Se miraron. El ruido blan- 
do y sordo del mar al estrellarse en la 
playa, el chapoteo de las olitas contra los 
escollos del canal, les parecieron voces 
acusadoras. 

— ¡Contra! — se atrevió á decir Cartu- 
cho, el más desalmado guerrillero.— ¡ Lo 
hemos jericopleado, señores! Duro, por 
hacer burla de nosotros. 

— ¡Barajas! ¿Y si está muerto? La hi- 
cimos buena.... — indicó Edisón, el más 
previsor, hablando muy bajo, por si le 
oía el juez. 

— ¡Qué muerto, ni qué!.... Un croquis ó 
dos en la cabeza.... Un chichón más ó me- 
nos,— opinó Augusto , rapaz de dos lus- 
tros y algunos meses, ya asiduo fumador 
de elegantes. 

— Á verlo, á verlo, — exclamó Monte- 
negro, tomando á brincos el camino de la 
fortaleza. 



POR E. PARDO BAZÁN. 



59 



Siguiéronle los demás. Era el arrecife 
peligroso, resbaladizo; pero los chicos 
saltariqueaban por él lo mismo que gavio- 
tas. La entrada del fortín no tenía puerta 
alguna; únicamente amontonadas piedras 
obstruían el ingreso, y grandes dovelas 
caídas y poderosos sillares volcados for- 
maban una especie de barricada , que 
zarzas y ortigas hacían más inaccesible» 
Salvado aquel obstáculo, tenían que cru- 
zar los sitiadores una poternita baja, y 
entraban en lo que debió de ser cuerpo 
de guardia de los antiguos defensores de 
la fortaleza, pues aún se veían, en el mu- 
rallón, señales del fuego de la chimenea 
ó cocina en la pared denegrida por el 
humo. Allí, sobre un montón de escom- 
bros que había recibido su cuerpo al caer 
de lo alto del adarve, yacía Telmo, ensan- 
grentado, blanco como la cal , sin movi- 
miento ni señal alguna de vida. Los ven- 
cedores se quedaron de una pieza. 

—Ó está muerto ó lo parece ,—• dijo 
Montenegro con pavor. 

— ¿ Qué muerto ni qué muerto ? Se finge 
para asustarnos, — declaró Cartucho. 



6o 



LA PIEDRA ANGULAR 



—No seas bárbaro, — respondió Edisón, 
siempre en competencia con el hijo del ar- 
mero, que le vencía en vigor, y á quien 
él vencía en meollo.— No seas cafre. Está 
muy mal. La hicimos, ¡barajas! 

—Pues ahora.... no hay más camino que 
liscarse. \ Y pronto ! 

— ¿Y ese? ¿Lo dejamos así, como á un 
gato que se cayó de la buhardilla? 

—¿Qué remedio? ¿Te quieres quedar tú 
á cuidarlo? 

— El padre vive ahí cerca, al lado del 
Camposanto,— advirtió Augusto el fuma- 
dor. — Podíamos avisar.... 

— Cállate tú, cállate tú , tapón.... Á ver 
si te moneas conmigo.... ¿Avisar al padre? 
Á mí no me da la gana de ir á casa del pa- 
dre, i contra! 

— Ni á mí.... 
— Ni á mí.... 

— Ni á mí, aunque me ofrezcan cien 
duros.... 

— Pues largo, que á lo mejor los muni- 
cipales nos pillan.... Cada uno por su lado. 
¡Arre! 



IV 



El hombre que se había consultado con 
Moragas, no extrañó, al salir de casa 
del Doctor, el no encontrar á su hijo. Sa- 
bía que el rapaz era aficionado á dormir 
hasta muy tarde, mejor dicho, á estarse 
en la cama soñando despierto, y achacó 
a inexactitud á pereza. Ya parecería en 
casa de Rufino.... ó donde Dios dispusiese. 
Tomó el enfermo calle arriba. Al pasar 
por delante del edificio que encierra á la 
vez el Gobierno civil y el Teatro de Mari- 
neda, un instinto ó un hábito le impulsó 
á buscar lá sombra de los soportales . y 
antes de llegar á la calle Mayor, que se 
columbraba á poca distancia rehirviendo 
en gente y llena de animación, giró hacia 



62 LA PIEDRA ANGULAR 



la izquierda y metióse bajo otra fila de 
arcos, que forman la soportalada del mue- 
lle: Era aquello el reverso de la medalla; 
no cabía más marcado contraste que el 
de las tiendas de la calle Mayor — surti- 
das, desahogadas, luciendo hermosos es- 
caparates de altos vidrios, bien alumbra- 
das de noche por el claro gas — con los 
pobres tenduchos y figones, y las sospe- 
chosas aguardenterías de las arcadas de 
la Marina, donde celebraban sus conven- 
tículos cargadores, pescantinas, habane- 
ros recién desembarcados, vestidos de 
dril y con el rostro color de caoba, sol- 
dadetes y carreteros del barrio de la Ol- 
meda, que antes de picar á su yugada 
para que arrastrase el horrible peso de 
los bocoyes que abrumaban el carro, 
aguijaban su propia brutalidad con una 
dosis de alcohol.... 

El cliente de Moragas.... — á quien atri- 
buiremos el nombre de Juan Rojo, — se 
detuvo á la puerta de la aguardentería 
más sórdida, más tenebrosa, la que fre- 
cuentaba gente más perdida y de donde 
se oían salir voces más avinadas y pala- 



POR E. PARDO BAZÁN. 



63 



brotas más soeces. Antes de entrar, fluc- 
tuó un instante. Al fin el Doctor le ha- 
bía mandado que no bebiese gota, que 
no lo catase siquiera. Luchaba en Rojo 
la ya imperiosa costumbre con el ins- 
tinto de conservación ó voluntad de vi- 
vir que no abandona , ¡ cosa extraña ! , 
ni á los mismos suicidas, en el crítico 
instante de atentar contra su existencia. 
«Cuando el médico lo dice....» Pasados 
diez segundos, transigía ya con un vasi- 
to, un vasito de á medio cuarterón, una 
miseria. «Poco veneno no mata», pensó, 
encogiéndose de hombros. Y tendiendo al 
vaso una mano mal delineada, — larga y 
fuerte, de dedos rudos,— lo trasegó al 
gaznate. Aquel espolazo le infundió reso- 
lución. Al salir del tabernucho era su paso 
menos furtivo" y cauteloso; su rostro os- 
tentaba cierta seriedad provocativa, arro- 
gante, como de persona determinada á 
arrostrar cualquier hostilidad, imponién- 
dose. «Me dan ganas de ir por la calle 
Mayor», pensaba. «La calle es de todos, 
y quisiera yo saber quién puede oponerse 
á que me pasee por donde se me antoje. » 



6 4 



LA PIEDRA ANGULAR 



Caló más el sombrero, metió las manos 
en los bolsillos del pantalón, y enhebrán- 
dose por el callejón del Arancel, hizo 
irrupción en la calle Mayor, — emporio de 
Marineda. 

Las gentes marinedinas , no siendo 
en tiempo de verano, prefieren pasear 
antes que anochezca del todo; y huyen- 
do de la temperatura desapacible y del 
cierzo húmedo que sopla en el Ensan- 
che , se hacinan en la calle Mayor, abri- 
gada por su misma angostura. Llena 
estaba la calle de una multitud muy em- 
perifollada y muy deseosa de mirarse y 
divertirse , cuando entró Juan Rojo. Éste 
no produjo ningún efecto ; el gentío se lo 
bebió. Las señoras subían y bajaban, en- 
tretenidas , ó en criticarse , ó en obser- 
varse de reojo los trapos de cristianar , y 
ni vieron á aquel hombre, que, si podía 
interesar al observador, debía pasar inad- 
vertido entre el bullicio de una concu- 
rrencia tan apiñada como brillante. De 
las damas que ostentaban su mejor ropa 
y se paraban á saludarse y á curiosear 
los escaparates de los comercios, ningu- 



POR E. PARDO BAZÁN. 



65 



na conocía á Juan Rojo. Si algún caballero 
recordaba su cara y su talle , ya se colige 
que había de hacerse el desentendido. 
Juan miraba á diestro y siniestro , sin 
encontrar más que fisonomías distraídas 
é indiferentes. 

No obstante, á la puerta del Casino de 
la Amistad, en sillas colocadas fuera del 
vestíbulo , Juan divisó un importante gru- 
po. Componíanlo el Presidente de la Di- 
putación, el rico fabricante y concejal 
Castro Quintás, el brigadier Cartoné, el 
novel abogado y á ratos periodista Artu- 
rito Cáñamo, el magistrado Palmares, el 
Fiscal de la Audiencia D. Carmelo Noza- 
Ies, y el señor Alcaide de Marineda en 
persona. Rojo, al acercarse al Casino, 
mitigó el paso , y puede decirse que se 
encaró con el corro ; miróles fijamente, 
y como , al parecer, no le reconociese nin- 
guno, saludó casi en voz alta : «Señor de 
Palmares.... señor Alcalde.... felices....» 
Volviéronse, como picados de la víbora, 
el oidor y la autoridad popular: sus sem- 
blantes se anublaron, sus labios exhalaron 
una especie de sordo murmullo, que lo 

5 



66 LA PIEDRA ANGULAR 



mismo podía ser respuesta que injuria. 
Rojo , sin quitarles de encima la vista, 
siguió lentamente su camino. Al extremo 
de la calle, donde ya se ensancha para 
descender en ligero declive hacia el Tea- 
tro, y donde los paseantes escasean, Rojo 
tropezó con dos personas , una niña y una 
mujer del pueblo, modestamente trajea- 
das, que se quedaron mirándole de hito 
en hito. La niña, agazapada en las faldas 
de la mujer, con los ojos dilatados de 
terror, exclamó en voz trémula y baja: 

— ¡ Ay madre ! ¡ El verdugo ! 

Sintió Rojo la exclamación como si 
recibiese una bofetada fría en el rostro. 
Volvióse, y acercándose á la criatura, 
que ya no se agarraba á las faldas, sino 
que abrazaba, convulsa, llorando á gri- 
tos , las piernas de su madre , dijo senten- 
ciosamente, alzando la huesuda diestra: 

— Como te libres de la justicia, de mí 
bien libre estás. 

Y continuó andando, mejor dicho, co- 
rriendo, porque había perdido todo el 
aplomo facticio debido al trago y desple- 
gado al atravesar la calle Mayor, y otra 



POR E. PARDO BAZÁN. 



67 



vez predominaba el impulso de buscar los 
rincones sombríos, los sitios desiertos 
de la ciudad , el que le movía á filtrarse 
por las calles más extraviadas y sospe- 
chosas, y á preferir, para sus salidas, las 
horas en que cendra su velo de neblina el 
crepúsculo. Arrimado á las casas, prote- 
gido por los soportales, alcanzó la cuesta 
que asciende al Cuartel de Infantería , y 
una vez en la explanada del Campo de 
Belona, sintió cierto desahogo. Estaba ya 
en sus barrios. Allí se encontraba , ya que 
no entre sus iguales,— pues no tiene igua- 
les Rojo , — al menos entre el pueblo indul- 
gente, que perdona todo lo que hacen los 
miserables por el pan. La sensación de 
bienestar de Rojo aumentó al cruzar la 
puerta de Rufino. 

Era la casa de Rufino una tendezuela 
de las llamadas antaño «de aceite y vi- 
nagre » , y donde hoy se mezclan la espe- 
ciería, el petróleo y los comestibles, con 
los fósforos, barajas, aleluyas, alparga- 
tas y otros artículos variados; por ejem- 
plo , pastillas de jabón rosa y verde, le- 
chuga y botellas de cerveza. No todos 



68 



LA PIEDRA ANGULAR 



los líquidos que se despachaban allí eran 
de origen sajón , pues en la trastienda 
de Rufino, y alrededor de una mugrienta 
mesa, solía enzarzarse por las tardes la 
partida de brisca, jugándose muy espa- 
ñolas copas de aguardiente. Hacían la 
partida Rufino el tendero; Antiojos, zapa- 
tero de viejo; Marcos Leira, hojalatero y 
lampista, y Juan Rojo. Quizá algún afi- 
cionado á meterse en lo que menos le im- 
porta tendrá la pretensión de averiguar 
cómo podían el remendón y el artista en 
lata dedicar sus tardes al cultivo de la 
brisca y del tute real , abandonando la 
lezna y el soldador. Responderé al suso- 
dicho curioso, que las familias de Antiojos 
y Marcos Leira estaban organizadas con 
arreglo al usual patrón siguiente: la mu- 
jer descornándose y reventándose á tra- 
bajar, mientras los borrachínes maridos 
cultivaban el ocio con dignidad.... y con 
brisca. 

La esposa de Antiojos era operaría en 
el taller de Peninsulares de la Fábrica de 
Tabacos; sus ágiles dedos y los de su hija 
mayor, ganaban el sustento de la familia. 



POR E. PARDO BAZÁN. 



6 9 



La hija menor, raquítica , que no había 
conseguido aún el suspirado ingreso en 
la Granera, se dedicaba á « preparar la- 
bor» á su respetable papá, cuyo taller 
consistía en una de las barracas que á 
manera de rojos hongos pululan á la som- 
bra del Cuartel de Infantería , al pie del 
Campillo de la Horca, hoy Rastro.— Allí se 
pasaba la vida la mísera segundona de 
Antiojos, esperando la problemática lle- 
gada de un parroquiano para c orrer á avi- 
sar al remendón, que solía recibirla con 
malas palabras y mucho peores obras. 
Mientras no aparecía el parroquiano, la 
muchacha, que, por tener desgracia en 
todo hasta había recibido en la pila el feo 
nombre de Orosia, no estaba ciertamente 
mano sobre mano ó dándose aire con el 
abanico. Ella remojaba la suela ; ella la 
batía sobre la chata piedra, estropeán- 
dose las rodillas; ella señalaba con el 
punzón las distancias del clavillo ; ella 
cosía el material; ella enceraba el hilo y 
recortaba y engrudábalas plantillas; ella 
abría los ojales , y cuando Antiojos llega- 
ba despidiendo rayos por la inflamada 



7© 



LA PIEDRA ANGULAR 



nariz y los encandilados ojos , apenas 
tenía ya que hacer sino lo indispensable 
para no perder la dignidad de maestro, 
la cual se cifraba especialmente en la 
formajes decir, en la hormaza de mar 
dera donde encajaba la bota ó zapato 
que debía restaurar.— ¡Cabra, vaca sucia, 
malditona! — solía decir á Orosia en su 
pintoresco lenguaje. — ; Como me toques 
á la forma.... te estripo!— Y la sin ventura 
Orosia lo ejecutaba todo.... menos tocar 
á la forma, que era por lo visto la miste- 
riosa clave del arte zapateril. 

Á Marcos Leira, el hojalatero, le daba 
el vino por distinto lado : por el buen hu- 
mor y la sandunga. Si á la mañanita, antes 
de matar el gusano, solía vérsele alicaí- 
do, con una murria siniestra, en diciendo 
que se echaba al cuerpo el primer vasito 
de caña rubia y melosa , — esa excelente 
caña que se vende en la más ínfima ta- 
berna marinedina,— ya estaba el honrado 
Marcos lo mismo que unas pascuas de 
alegre , y suave como el terciopelo con 
su esposa y sus chiquitines. Concha la 
hojalatera, morena, buena moza, de fogo- 



POR E. PARDO BAZÁN. 



7 I 



sos ojazos, juraba y perjuraba que no sabíá 
ella cómo ciertas mujeres se lamentaban 
de que sus maridos trajesen, al volver á 
su hogar, «un poquito de aquel de bebi- 
da». Sobre este delicado punto andaban 
siempre á la greña la cigarrera, mujer de 
Antiojos, y la de Marcos. Esta, [alabado 
sea Dios!, nunca más contenta que cuan- 
do su cónyuge tenía « la gotita en el 
cuerpo». Entonces no sólo se mostraba 
decidor, cariñoso, galante, sino que se 
tumbaba en la cama ó salía, dejando en 
paz á Concha y al oficial, que trabajaban 
mucho más solos. Las malas lenguas se 
despachaban á su gusto comentando la in- 
clinación de la bella hojalatera á zafarse 
de su esposo ; pero tal vez fuese exceso 
de malicia el roer los zancajos á la mujer 
del borrachín, puesto que su tienda y trá- 
fico andaban lucidísimos, dirigidos por 
ella, que, siempre limpia y repeinada, 
semejaba una reina entre tanta alcuza, 
regadera, colador, reverbero, linterna y 
palangana, fulgentes como la plata bruñi- 
da. Si la hojalatera cojease del pie que los 
vecinos sospechaban, su comercio no se 



7 2 



LA PIEDRA ANGULAR 



vería tan próspero , sus chiquillos tan 
saludables. Se murmuraba, ¡claro está!, 
¿de quién no se murmura? No podían 
avenirse las comadres del barrio del 
Cuartel á que la buena moza tuviese su 
casa «llenita de todo», lo mismo que si el 
marido no fuese un solemnísimo beodo, 
holgazán y jugador; y el reconcomio de 
la envidia era sin duda el que las movía 
á atribuir tan negros móviles, no sólo al 
celo y asiduidad del joven oficial de hoja- 
latero , sino á las visitas de algún teniente 
que por allí se entretenía un rato al salir 
del Cuartel. 

Los cuatro jugadores de brisca eran 
cuatro ejemplares de alcoholismo muy 
diferentes entre sí. Casi deberíamos des- 
contar uno , el especiero-tabernero Rufi- 
no, Este no bebía más caña de la nece- 
saria para impulsar á los otros ; econo- 
mizaba su vaso á la vez que colmaba el 
ajeno.— Marcos Leira era el sér abyecto 
conducido por la bebida á la atrofia del 
sentimiento del honor popular (tan enér- 
gico como el caballeresco), ó forzado á 
beber sin tino para olvidar la vergüen- 



POR E. PARDO BAZÁN. 



73 



za, y capaz ya hasta de soltar un chiste 
cuando, no recatándose de él, agarraba 
el teniente á la hojalatera por el talle. 
Antiojos, el beodo brutal, en quien el al- 
cohol despertaba el sordo impulso de la 
locura sanguinaria. Á veces , cuando re- 
gresaba á su casa tambaleándose, hacien- 
do eses sobre el pavimento desigual de 
las míseras callejas, por su cerebro obtu- 
so cruzaba purpúrea nube, y sus manos 
trémulas é inciertas sentían hormigueo 
feroz , prurito de estrujar destruyendo.... 
En cuanto á Juan Rojo, pocas vecéis llega- 
ba al estado de verdadera intoxicación al- 
cohólica : tenía la cabeza resistente, el 
estómago firme, terco el pensamiento, y 
si la bebida le reanimaba al pronto , tar- 
daba mucho en abstraerle completamente 
de la realidad. Él no le pedía sino olvi- 
do.... ¡y el olvido tardaba tanto en acu- 
dir! Aquel día, sin embargo, al sentarse 
ante la mesa de la trastienda de Rufino, 
recordábalas palabras del Doctor, y se 
había propuesto reprimirse. Á la primer 
ronda, no bebió. Mientras daba cartas, 
la abstención le sumía en una especie de 



74 



LA PIEDRA ANGULAR 



marasmo,— el marasmo insufrible que no 
desconoce ningún vicioso, si ha intentada 
la enmienda.— En el profundo y desconso- 
lado abatimiento que le invadía, se le hin- 
caba en el espíritu el recuerdo de aquel 
grupo sentado á la puerta del Casino, 
{Finchados de señores! ¡No responder al 
saludo sino con despreciativo murmullo! 
I Ah! ya estaba él cansado de tragar ajen- 
jo, y si un día hablaba, le iba á acusar las 
cuarenta al Alcalde, á los señores de la 
Audiencia, al mismo Presidente en per- 
sona! ¿No era Rojo también funciona- 
rio? ¿Valía de algo lo que dispusiesen 
los de la Audiencia, si no estuviese él 
allí para cumplirlo? ¡El Alcalde! ¿Con 
qué altanería se había negado días atrás 
á admitir ai hijo de Rojo en la Escuela 
municipal ! ; No admitir á su hijo en la Es- 
cuela! ¿Querían que fuese un píllete, sin 
instrucción ni oficio? ¿Querían que.... ? 

Los ojos de Juan se volvían hacia el 
vaso lle'no. Resistió no obstante , ¡ rara 
firmeza ! , durante las primeras horas de 
la tardecita. Sostuvo con heroísmo la ba- 
talla. Por fin, cuando ya el sol se acer- 



POR E. PARDO BAZÁN. 



Ib 



caba á su ocaso y los sucios vidrios de 
la tienda hacían más turbia la escasa luz, 
aquellas sombras, cuya lobreguez caía á 
un tiempo sobre sus pupilas y sobre su 
espíritu, fueron cómplices de la transac- 
ción. Tendió la mano temblorosa hacia 
el licor, y lo apuró, sintiendo con recónr 
dita alegría que las sensaciones y senti- 
mientos habituales , calor y esperanza, 
acudían á su llamamiento, y que una es- 
pecie de palanca moral le soliviantaba, 
sacándole del pozo de hiél en que momen- 
tos antes yacía. Una grosera chanza de 
Marcos le hizo reír; y, á una barbaridad 
de Antiojos, contestó bromeando. — Ai 
mismo tiempo advertía cierta inquietud 
vaga, aprensión de un mal desconocido, 
inquietud que en los hipocondríacos es 
estado normal, pero que, a posteriori, 
suele llamarse presentimiento. ¿ Dónde 
estaría el chiquillo? 

La partida de brisca se deshacía gene- 
ralmente á las cinco ó cinco y media, por- 
que á Juan Rojo le gustaba recogerse 
temprano, cenar con su hijo y acostarse. 
Antiojos y Marcos no se retiraban tan 



7 6 



LA PIEDRA ANGULAR 



pronto : ¡ para lo que se les perdía en sus 
casas! Allí se quedaban hasta las diez ó 
las once, y Antiojos algunas veces dormía 
á la estrella, pues su mujer, de ordinario 
paciente y sufrida , tenía días de súbita 
rebelión en que atrancaba la puerta, ju- 
rando que estaba «harta de pellejos» y 
que á lo mejor « hacía una > con semejante 
bigardón.... Salió Rojo aquel día más tar- 
de que de costumbre. Había cerrado la 
noche, pero era hermosa: una pacífica 
noche de esas que anuncian la primavera 
y alaban al Creador. Para ir de la tienda á 
su morada, tenía que dar la vuelta por la 
calle del Peñascal 3^ subir por la del Faro, 
no sin costear unos paredones altos y li- 
sos , doble línea de tapias que forman 
mezquina callejuela, en invierno solada 
de fango, en verano de polvo é inmun- 
dicias. De uno de los tapiales Rojo oyó 
como si brotase un hervor de palabras 
confusas: tenían, en su turbia articula- 
ción, algo de blasfemia, y algo también 
de queja y lamento amarguísimo. Sintió 
un impulso compasivo, mezclado á esa 
sugestión de la vanidad, que nos dice, en 



POR E. PARDO BAZÁN. 



77 



presencia del infortunio que podemos ali- 
viar: «Aquí eres necesario; aquí sirves; 
aquí vales.» Al pie del paredón se rebu- 
llía un informe bulto humano, el que 
exhalaba aquella melopea confusa. Rojo 
lo reconoció. Era su vecina la Jarreta, 
la borracha de oficio, que diariamente 
recogían los polizontes en distintos pun- 
tos de la población sobre las losas de la 
calle, ya en el Muelle, entre despojos de 
sardinería, ya en el paseo del Terraplén, 
al pie de algún banco, ya en los soporta- 
les del malecón, ya entre los puestos de 
la Plaza de Abastos, siempre hecha «un 
templo», siempre escupiendo de aquella 
pestífera bocaza , entre vahos de perrita, 
la hez y el espumarajo del lenguaje. Sin 
duda el ataque fulminante de parálisis que 
acompaña á cierto período de la borra- 
chera había sorprendido á la mujerota á 
poca distancia de su casucha , y de la 
inútil lid que sostenía con sus piernas 
negándose á llevarla, eran fruto aquellos 
gruñidos , aquellos gemidos sordos y 
aquellas furiosas imprecaciones. 
Rojo se aproximó, diciendo solícito: 



7« 



LA PIEDRA ANGULAR 



— Ea, señora Hilaria.... Upa.... yo la 
ayudo.... ya verá cómo la pongo en cami- 
no de su casa.... en la puerta.... 

La borracha gruñó más fuerte : sus vi- 
driosos ojos se entreabrieron , fijándose 
en su interlocutor, primero vagos, luego 
atónitos. Como la luz del farol y lo entre- 
claro de la noche permitiesen á la Jarre- 
ta distinguir las facciones de su salvador, 
sus pupilas destellaron ira, la sentina de 
su boca despidió una furiosa tufarada, y 
recobrando habla expedita, bramó ron- 
camente : 

—¡Largo de ahí, sayón; como me to- 
ques, te escupo á la cara! No he dado de 
puñaladas á nadie, ¿lo entiendes?, ni he 
robado tres cochinos cuartos, ¿lo oyes?, 
,¡ para que tú me pongas la mano en el 
cuerpo! ¡Con Lucifer del infierno me voy, 
y no contigo! ¡Como te arrimes, llamo á 
los vecinos y á la guardia de la Maes- 
tranza! ¡Arre de ahí...., que manchas á 
las señoras! 



V 



ojo se tambaleó. Aquello era peor 



de las altanerías del Alcalde. El magis- 
trado, al fin, aunque de la misma escala, 
era un funcionario superior, una persona 
de respeto.... y podía desdeñarse de.... 
¡Pero que aquella hembra miserable, ver- 
güenza de su sexo y ludibrio de la huma- 
nidad, tuviese á menos aceptar de él, no 
amistad ni trato , sino el servicio más 
casual, lo que se admite de cualquiera! 
¡La Jarreta! ¡Vean Vds. quién le hacía 
ascos, á él ! ¡La Jarreta, aquella barre- 
dura! 

No contestó. La harpía continuaba vo- 
ciferando. El insultado bajaba la cabe- 
za y se internaba ya en la calle del Faro, 




saludo al magistrado y lo 



8o 



LA PIEDRA ANGULAR 



en dirección al Faro mismo. Según ade- 
lantamos por esta calle, algo pendiente, 
dirigiéndonos ai cementerio y viendo en 
lontananza, sobre el erguido promonto- 
rio, la misteriosa torre fenicia vestida por 
Carlos III con túnica neo-griega , las ca- 
sas van siendo más pobres, más bajas, 
más irregulares, hasta que , cerca ya del 
cementerio, desaparecen por completo á 
la izquierda del arroyo, transformado en 
camino real, y sólo se divisa á la derecha 
hasta media docena de ranchos seguidos, 
compuestos sólo de una planta baja y un 
desván gatero, ó fayado, como en Mari- 
neda suele decirse. Los cinco primeros 
ranchos debían de hallarse deshabitados, 
porque un papel blanco se destacaba 
sobre las vidrieras. En el último rancho, 
lindante con el cementerio, vivía Juan. 
La pintura de almazarrón que cubría uni- 
formemente las maderas de las seis ba- 
rracas , de día trazaba una línea de san- 
gre sobre el fondo verdoso ó plomizo del 
Océano.— Llegó Rojo á su puerta, encor- 
vado y encogido, á modo de quien huye 
de la persecución de un látigo, y alzó el 



TOR E. PARDO BAZÁN. 



Bj 



pestillo y se filtró cautelosamente en la 
casa, como el que penetra á escondidas 
en el domicilio ajeno á cometer reprobada 
acción. Ya dentro , echó cerillas y encen- 
dió el reverbero de petróleo colgado de 
la pared. 

Cual si aquella luz sirviese para ilu- 
minarle con una idea en cierto modo 
consoladora, acordóse entonces nueva- 
mente, redobladas sus inquietudes, del 
niño, i Telmo ? ¿ Dónde estaría metido 
Telmo? Era raro no haberle visto en todo 
el día, y más raro aún no encontrarle es- 
perando ó jugando á la puerta á aquella 
hora, en que el apetito, excitado por un 
día entero de travesear por las calles , te- 
nía que empujarle hacia la cena. Cuando 
su padre se retrasaba en volver á casa, 
el chico solía aguardarle en la de una ve- 
cina, esposa de un botero del Muelle, y 
madre de cuatro criaturitas, — encanto de 
Telmo, pues aquella caterva le obedecía 
y respetaba, por ser mayor.— -Á esta bue- 
na mujer, llamada Juliana la Marinera, 
y medio ciega de una persistente oftalmía, 
acudía Rojo en demanda de servicios do- 

6 



82 



LA PIEDRA ANGULAR 



másticos, que remuneraba con bastante 
largueza; verbi gracia, arrimar el puche- 
ro á la lumbre, echar algún remiendo á 
su ropa ó á la de Telmo, planchar tal cual 
camisa, mondar patatas ó fregar el suelo 
— cada semestre, á lo sumo. — Trabajando 
casi á tropezones, la Marinera lo hacía 
todo muy mal ; sus remiendos eran mapas 
en relieve, y sus planchaduras tostones ; 
pero Rojo no la trocaba por otra operaría 
más hábil, ya que ésta le servía con afa- 
bilidad, y no desdeñaba el dinero de sus 
manos. Viendo, pues, que Telmo no ron- 
daba la casa propia, ni se hallaba dentro, 
pensó Rojo que estaría en la de la Mari- 
nera. — Salió á enterarse. — No : tampoco 
el niño estaba allí, ni había parecido en 
todo el santo día. La Marinera, ocupada 
en echar piezas á unos calzones de su 
hombre, soltó al punto la labor, y se ofre- 
ció á recorrer las casas del vecindario, 
por si alguien tenía noticia del rapaz. En- 
tretanto Rojo se volvió á su vivienda , con 
esperanzas de que allí estuviese ya el 
niño. Pero en el momento de entrar, una 
impresión parecida á la del aire helado 



POR E. PARDO BAZÁN. 



8 5 



que exhala una sepultura le clavó en el 
umbral.... ¿Qué era? 

En ciertos momentos de la vida, bajo 
el peso del miedo indefinible é ilimitado 
que sobrecoge al espíritu cuando pre- 
siente un mal sin poder apreciar su ex- 
tensión, este mal desconocido reviste la 
forma concreta de otro mal ó de una se- 
rie de males viejos pasados, que resuci- 
tan y salen de la sombra como del mar el 
cadáver del náufrago, desfigurado, lívido 
y terrible. El silencio y soledad de la mo- 
rada de Rojo; la cazuelita con el guiso, 
puesta sobre los tizones ; la luz ardiendo ; 
y, más que nada, el temor, la incertidum- 
bre, la inexplicable desaparición del hijo, 
volvieron á Rojo seis ó siete años atrás, 
recordándole una hora muy semejante y 
muy decisiva en su arrastrada existencia. 
Aquella hora, mejor dicho, aquel mo- 
mento, venía cerniéndose, preparándo- 
se desde tiempo atrás, cuando llegó, y 
sobre todo, desde que fué favorablemente 
despachada cierta solicitud pretendiendo 
la plaza de oficial público. Rojo, sin em- 
bargo, no veía ó no quería ver cómo se 



«4 



LA PIEDRA ANGULAR 



había oscurecido la densa nube. Que su 
mujer andaba así , distraída.... que estaba 
fuera de casa largas horas.... que á la de 
comer, si su marido le dirigía la palabra r 
no contestaba apenas.... que á veces se 
quedaba como embobada, pensando en. 
las musarañas , sin entender lo que le de- 
cían.... que en el lecho común se volvía 
de espaldas , encogiendo los pies y ha- 
ciéndose un ovillo para rehuir todo con- 
tacto.... que apenas cuidaba de Telmo, ni 
le hacía caricias.... ¡ella, tan madraza!: 
que las labores de la casa las desempe- 
ñaba mal y á empujones, / ella, tan hacen- 
dosa!: y que un día, porque el marido re- 
clamaba una comunicación íntima y 
tierna que de derecho le pertenecía, había 
sufrido ella una convulsión , resuelta en 
un diluvio de lágrimas, ¡ella, tan dócil, 
tan pronta en pagar su deuda de compla- 
cencia conyugal ! 

Todo esto, que en realidad era para 
notado y advertido, no lo notaba Rojo, 
tal vez porque no había sido crisis repen- 
tina, sino gradual , insensible en sus co- 
mienzos, y porque no sería tan exacto 



POR E. PARDO BAZÁN. 



85 



decir que procedía de la solicitud , como 
afirmar que ya antes la indicaban mil 
pormenores, síntoma fijo, pero rara vez 
apreciado, de las transformaciones del 
corazón. El marido, si percibía la frial- 
dad, el hielo moral que iba cuajándose, 
no le atribuía la importancia que tuvo 
realmente, por su concepto del literalis- 
mo de la vida , que le llevaba á estimarse 
dueño, no en sentido figurado, sino en el 
más real y positivo , de aquella criatura 
humana. jP>a su mujer! Le pertenecía á 
él , á él solo , ¡ á Juan Rojo ! ; Y por infernal 
que el destino de Juan Rojo pudiera con- 
siderarse, el destino de María Roldán 
estaba á él indisolublemente unido! Al 
casarse , María había aceptado cuanto 
viniese de su esposo, lo mismo la gloria 
que la última infamia.... Esto lo creía Rojo 
un dogma , y si le escocía la variación del 
carácter de María , no por eso imaginaba 
que de esta variación hubiese de seguirse 
nada grave y radical.... 

Por más imprevisto , fué más recio el 
golpe. Lo había sentido casi físicamente, 
á manera de porrazo en el cráneo. Ahora 



86 



LA PIEDRA ANGULAR 



le parecía volverlo á sentir, porque las 
circunstancias exteriores le retrotraían al 
cruel instante. También aquella nochehdi- 
bía notado , al entrar en su casa, extraña 
soledad y medroso silencio; tambiényacía, 
sobre los tizones del hogar, la cazuela del 
estofado, bien arropada, bien tapada con 
el tiesto cubierto de ascuas vivas; sólo 
que en la alcoba, y no en su camita, sino 
en el centro del lecho matrimonial, Telmo 
dormía tranquilamente: la madre le había 
acostado allí, como para que llenase el 
hueco que dejaba ella.— Y Rojo lo recor- 
daba todo con aguda precisión: la espera, 
la salida á preguntar á las vecinas « si ha- 
bían visto á su mujer», las sonrisas des- 
preciativas, irónicas, rara vez compasi- 
vas, que contestaron á la pregunta, la 
primer noticia de la fuga, no creída, el 
aferrarse á la convicción de que todo era 
una broma que María le daba, la noche 
pasada entre esa angustia del dudar que 
precede á la convicción de una catástrofe 
y es cien veces más intolerable que la 
misma certidumbre, las investigaciones 
desesperadas del día siguiente, el llanto 



POR E. PARDO BAZÁN. 



8 7 



desgarrador del niño que á toda costa 
quería ser vestido, lavado, atendido por 
mamá, las noticias ya seguras, adquiri- 
das en el Gobierno civil, de que se había 
visto á María en un carro , camino de 
Lugo, acompañada de un individuo , los 
ofrecimientos de traerla al ofendido es- 
poso «por puestos de la Guardia civil», 
la inesperada forma que en su espíritu 
tomaron el desengaño y la afrenta, con- 
virtiéndose en una total renuncia del 
derecho.... y el empeño que había tenido 
por espacio de muchos días en represen- 
tarse á María — que aún era fresca y jo- 
ven — extraviada, enloquecida por una 
pasión delirante, ilusionada hasta el fre- 
nesí con otro hombre, y disculpable por 
la fiebre del cariño.... 

Mas este concepto del motivo de la de- 
serción conyugal, no pudo prevalecer.... 
Amigotes, vecinas, guardias municipa- 
les, gente oficiosa, se encargaron de des- 
engañarle un día y otro día.... Qué amor, 
ni qué.... ¡El hombre con quien María 
había huido le era casi indiferente!.... Lo 
había conocido puede decirse que de la 



88 



LA PIEDRA ANGULAR 



noche á la mañana, y ni las tristezas , ni 
las rarezas, ni las distracciones anterio- 
res tenían nada que ver con el persona- 
je.... Por lo demás, todo el barrio sabía 
que María estaba resuelta á tomar el tole 
«con el primero que se presentara....» Se 
lo había dejado decir muchas veces.... «Y 
si no encuentro un desesperado, lo mis- 
mo da; yo me gobernaré.... No faltan ca- 
sas de las Nueve tejas por el mundo....» 
La casa de las Nueve tejas,— Rojo lo re- 
cordó,— era un lugar infame, llamado 
así por lo angosto de su fachada, que 
coronaban únicamente nueve tejas , y 
famoso por esta misma singularidad en el 
mapa del vicio marinedino. — No era, 
pues , la fatalidad pasional lo que había 
deshecho el hogar de Rojo...., sino otro 
sentimiento , el que impulsa á huir de una 
ignominia refugiándose en distinta igno- 
minia.... ¿mayor ó menor? Arduo proble- 
ma, que las comadres del barrio tenían 
resuelto de plano en sentido desfavorable 
al cónyuge. «Á mujer de bien no me gana 
ni la reina, —decía una varonil tocinera 
del mercado, — pero si Dios y la Virgen 



POR E. PARDO BAZÁN. 



89 



me castigasen con tomar el marido mío 
semejante oficio, á fe de Colasa que me 
iba con los soldados del Cuartel. > Y esto 
lo profería la comadre delante de su pro- 
pio legítimo dueño y señor, el cual res- 
pondía con mucha flema y convencimien- 
to : «Y que te sobra decir verdá, mu- 
jer.... Porque ciertas cosas abochornan la 
cara.... Yo soy matachín, con perdón, de 
puercos, y á mucha honra, que nadie tie- 
ne por qué despreciarme; pero primero 
me metía á recoger mundicia en las cua- 
dras, que á matachín de cristianos.» Po- 
cos meses después de la fuga de María, 
cuando fué público que, abandonada por 
su cómplice, se había dado completamen- 
te á la vida airada en Vivero, y que roda- 
ba por las calles, las comadres tuvieron 
para ella más piedad , para el marido 
más aversión.... Sólo la Marinera decía 
sin rebozo que ella no aprobaba á María 
Roldán , teniendo María Roldán una cria- 
tura.... Y esta opinión, defendida valerosa- 
mente, le había costado devorar insultos, 
porque, según las mencionadas coma- 
dres, « ella defendía á Rojo porque le ser- 



9 o 



LA PIEDRA ANGULAR 



vía de criada, lo cual era una bajeza muy 
indecente». 

Si no precisamente en estos incidentes 
mismos, en lo que se relacionaba con ellos,, 
estaban fijos los pensares de Rojo cuando 
entró á esperar que se averiguase el pa- 
radero de su hijo. Tanto, que necesitó 
hacer un esfuerzo para volver á la reali- 
dad y concretar sus ideas en esta sola i 
«¿Y Telmo?» Dos golpes á la puerta, con 
el puño, apresurados, rápidos, y la voz 
quejumbrosa de la Marinera, que decía 
ahogándose:— Señor Rojo...., señor Rojo.... 
i Ay ! ¡Madre mía de la Guardia! Señor 
Rojo...., ¡que dicen que el niño suyo está 
muy malito, muy lastimado, sin poderse 
mover!.... Que se lo dijeron á mi chiquilla 
unas mujeres de las que bajan á la fuente 
del Castillo....— Rojo salió con ímpetu, y 
cogiendo de un brazo á Juliana, gritó: 
— ¿Dónde está el muchacho? ¿Dónde? 
—En San Wintila.... Crucificado á pedra- 
das.... Vaya allá, señor Rojo.... Yo no tengo 
vista, que si la tuviese....— El padre no es- 
cuchaba ya: volaba por la cuesta arriba, 
para precipitarse luego por las pendientes 



POR E. PARDO BAZÁN. 



9 I 



del sendero tortuoso. La difusa claridad 
de la noche , ayudada por la argentina luz 
de la saliente luna, que empezaba á sur- 
gir de los montes que cierran la bahía, 
ayudaba á Rojo, salvándole de rodar y 
batir con su cuerpo en la escollera. 

En la playa tranquila, misteriosamente 
iluminada por la claridad lunar, que de- 
rramaba sobre la superficie del agua como 
una lluvia de hoces de plata bruñida, no 
se oía sino el blando murmurio de las 
olas al encontrarse acariciándose; y el 
sosiego y quietud del aire, la negrura de 
las peñas contrastando con el fosfórico 
verdor del mar, la majestad que á tal hora 
y en tal sitio adquiría el castillo desman- 
telado, eran como ironía mofadora de la 
angustia del hombre que buscaba en 
aquellas peñas y rocas lo único que tenía 
y amaba en el mundo. 

Saltaba Rojo por la escollera, sin cui- 
darse de la probabilidad de un peligroso 
traspié. Á pocos brincos estuvo dentro del 
fortín. La luna alumbraba claramente el 
interior; á su luz el padre pudo salvar 
la escombradura, y sobre un montón de 



9 2 



LA PIEDRA ANGULAR 



piedras divisó á Telmo, ensangrentado 
y exánime : ni se movía , ni se que- 
jaba. 

Rojo se abalanzó como á una presa al 
cuerpo inerte, y lo palpó con ávidas ma- 
nos, rugiendo de gozo al sentir calor y 
flexibilidad de vida en los magullados 
miembros. Un suspiro le dilató el pecho: 
tomó al niño en brazos, se lo cargó al 
hombro, y emprendió la subida, sin la 
precipitación de antes, porque tenía que 
cuidar de su inestimable carga. Ahora el 
herido gemía; sin duda el movimiento, 
por poco que fuese, reavivaba sus dolo- 
res. Rojo multiplicaba las interrogaciones 
entrecortadas y ansiosas, las palabras de 
bronca ternura dichas á media voz, tra- 
tando de acomodar al muchacho lo mejor 
posible para que no sufriese, apoyando la 
dolorida cabeza en su propio seno, co- 
giendo á Telmo con manos de algodón, 
por decirlo así. Sin duda que el niño 
no estaba ni muerto ni moribundo....; pero 
¡Dios que perdonas y castigas! ¿Estaría 
herido muy gravemente ? ¿Tendría pierna 
ó brazo roto? ¿Le sobrevendría mortal 



POR E. PARDO BAZÁN. 



93 



complicación? ¿Quedaría para toda su 
vida estropeado y deforme? 

Cuando Rojo iba calculando estas pro- 
babilidades, había rebasado ya la mon- 
tuosa pendiente que se inclina hacia el 
castillo, y entraba en la carretera, orilla- 
da por las tapias de los dos camposantos 
de Marineda, el católico y el protestante 
ó disidente. La rotondita de la capilla 
católica se recortaba sobre el cielo claro, 
y su cruz infundió al corazón de Rojo 
deseos de implorar á la Divinidad, de 
pedir á alguien que todo lo puede lo que 
no esperaba de los hombres. Aquella sú- 
plica brotó con energía inmensa , con 
salvaje ímpetu , con esa fuerza que parece 
suficiente para imponer la voluntad de la 
criatura humana hasta al mismo Arbitro 
de la creación. Sin pretensión alguna de 
heroicidad, como quien hace la cosa más 
natural, Rojo se encaró con su Dios, — 
porque lo tenía, — y le dijo como quien 
propone un trato : « De morir alguien , que 
sea yo.... El niño que viva , que sane. » Al 
hacer esta deprecación, la mirada de Rojo 
pasó, de la cruz del cementerio, á la lin- 



94 



LA PIEDRA ANGULAR 



terna del Faro que se alzaba á lo lejos; 
alto, solitario, sublime, y como en aquel 
punto mismo la intermitente mirada de 
luz reapareciese con purísimo destello, 
refulgiendo entre las nubes, Rojo perci- 
bió una voz interior que decía: «Vivirá, 
sanará.» 

La puerta del rancho se había quedado 
abierta de paren par, el quinqué lucien- 
do, y Juliana la Marinera, medio á tientas 
como solía, y atortolada además por el 
susto, daba vueltas, mudando de sitio un 
cacharro, atizando la lumbre, y repitien- 
do á media voz : «¡Jesús, Jesús! ¡Virgen 
de la Guardia!» Al entrar Rojo con el 
niño á cuestas, la mujer exhaló un chilli- 
do de conmiseración, se apresuró, quiso 
enterarse.... Pero ya el padre, con delica- 
deza de nodriza que deposita en la cuna 
al crío , colocaba al herido sobre la cama, 
y se volvía para exclamar anheloso: 

—Vaya á buscar un médico , señora 
Juliana.... ¡ Por el alma de su padre, trái- 
game un médico!.... 



VI 



La exasperación de Moragas tardó en 
disiparse más de diez minutos : paseá- 
base de arriba abajo por su gabinete de 
consulta, olvidado de todo, hasta de la 
presencia de Nené. Sentía esa desazón, 
ese malestar sordo é irritante que se 
apodera de nosotros después de una sa- 
cudida nerviosa que no reporta placer al 
organismo. Las injurias despreciables, 
las disputas largas con personas de poco 
caletre ó de mala educación, las ingrati- 
tudes odiosas, la vista de un insecto re- 
pugnante, diversas causas morales y físi- 
cas , engendran tan penoso estado de áni- 
mo. El Doctor principió á sentir alivio 
mediante una circunstancia puramente 



96 LA PIEDRA ANGULAR 



accidental: el sol , venciendo al fin la ne- 
blina, batió alegremente en los cristales; 
como si aquel rayo benéfico la atrajese, 
Nené se acercó, é intimidada aún, con 
hechicera zalamería, preguntó en su len- 
gua de trapos : 

— No yeve.... ¿Amo alea? 

Acostumbrado á la sutil interpretación 
filológica que requería la charla de Nené, 
Moragas comprendió perfectamente , y 
tradujo sin vacilar: «¿Papá, no ves que 
no lloverá hoy? Vámonos á la aldea.» 

Moragas acostumbraba , despachada 
ya la diaria consulta, mandar que engan- 
chasen la berlinita ó el milor, tomar con- 
sigo á Nené, y emprender un paseíto de 
tres kilómetros hasta su quinta en minia- 
tura, enclavada al margen del camino 
real, en el alto de la Erbeda, graciosa 
aldeílla poblada de lavanderas y panade- 
ras y salpicada de casas de campo. Cua- 
tro tapias, ni muy altas ni muy recias; un 
trozo de verja de hierro que permitía ver 
desde la carretera los cenadores de ma- 
dreselva y la fuente del jardín ; un palo- 
marete en el patio ; sobre quince gallinas 



POR E. PARDO BAZÁN. 



97 



ponedoras; hasta dos docenas de frutales; 
cuatro ó seis coniferas de moda ; alguna 
col y mucha enredadera, animaban á la 
diminuta morada donde el Doctor pasaba 
las mejores horas de su vida. — ¿Y qué 
más podía necesitar un hombre de estudio 
y pensamiento , sino aquella sala fresca y 
silenciosa, aquel despacho donde las cle- 
mátidas y las francesillas se metían por 
la ventana á curiosear los libros, aque- 
lla galería encristalada que brindaba el 
siempre movido espectáculo de la ca- 
rretera, aquel palomar lleno de nidos y 
arrullos, aquel comedor que tenía en los 
chineros, en vez de ricas porcelanas, lim- 
pios cristales y blancas lozas, entreve- 
radas con camuesas olorosas de la ante- 
rior cosecha — porque no había otro fru- 
tero? 

Además , en la aldea veía el Doctor una 
excelente compensación higiénica para 
la vida urbana , que á la larga podía ser 
funesta á Nené. Viudo desde pocas horas 
después de venir al mundo la criaturita en 
quien tenía puesto lo mejor de sí mismo, 
el Doctor la cuidaba como la cuidaría 

7 



LA PIEDRA ANGULAR 



ana madre.... fisióloga. La delicadeza y 
suavidad de aquella tierna florecita le 
tenían siempre alerta, sólo que en vez de 
abrigarla contra el cierzo y la helada 
detrás de las paredes de cristal de un in- 
vernáculo , quería someterla á un trata- 
miento que la permitiese vegetar al aire 
libre, desafiando la inclemencia de las 
estaciones. «Rusticar á Nené» era el pro- 
grama. Esto de la rusticación se ejecuta- 
ba tan al pie de la letra , que cuando esta - 
ban en la Erbeda padre é hija , la criatura 
se chapuzaba en el pilón, se enfangaba en 
el bebedero de las gallinas, rodaba abra- 
zada á un pato , se revolcaba en el polvo 
y sacaba su linda madeja rubia hecha 
una perdición : todo con gran contenta- 
miento del padre, que regañaba mucho 
si por casualidad la veía limpia. «Vamos, 
hoy me han tenido á esta chiquilla debajo 
de un fanal.... Á ver si juegas , á ver como 
te me presentas bien marrana.... » 

Así, pues, cuando no apretaba el tra- 
bajo, cuando en Marineda había epidemia 
de salud y ninguna señora de la clientela 
deMoragas estaba próxima á bifurcarse, 



POR I£. PARDO BAZAN. 



99 



el Doctor se iba á la Erbeda después de 
su consulta, y unas veces regresaba al 
caerla tarde, para la visita , y otras se 
quedaba á dormir, lo cual era ya el colmo 
de la expansión. Cuando podía lograr 
tanta fortuna, dedicábala noche á leer 
de política ó de ciencia, sobre todo de 
aquellas cuestiones palpitantes de la mo- 
derna medicina que llevan involucrado 
algún problema metafísico, algún miste- 
rio del espíritu, alguna generalización 
filosófica. Si Moragas estudiaba por obli- 
gación la medicina curativa, por recreo 
andaba siempre á vueltas con los mal 
conocidos resultados de la sugestión, con 
las revelaciones de la frenopatía y con 
los efectos de ciertas substancias tóxicas 
sobre el cerebro humano. Gustábale mu- 
cho el estudio de las que llamaban nues- 
tros padres enfermedades mentales , y 
era franco admirador de los médicos mo- 
dernos que aplican atrevidamente á los 
problemas del orden moral el método po- 
sitivo y analítico de la ciencia presente. 
Como de esto se escribe mucho en el día, 
y Moragas lo hacía venir todo de París 



100 



LA PIEDRA ANGULAR 



en grandes remesas, sus orgías de lectu- 
ra tenían el retiro de la Erbeda por tes- 
tigo y cómplice. 

No hay que decir si asentiría gustoso & 
la proposición de Nené. Al cuarto de hora 
de haber visto aquel primer rayo de sol 
después de una mañana nublada, el padre 
y la niña , sentada en brazos de su niñe- 
ra , corrían al trotecillo de la yegua por 
el camino real. Ya sabemos que era la 
tarde de esas apacibles de la más tem- 
prana primavera , que dan ganas de en- 
tonar el cántico de Fausto « Cristo resu- 
citó». Sobre el diáfano azul del cielo r 
agraciado por copos de nubecillas blan- 
cas y finas como pluma de cisne, revo- 
loteaban las primeras golondrinas ; y en 
el aire había la frescura sana y entonada 
de la buena estación. Nené gorjeaba muy 
contenta, mirándose los calcetines, que 
por ser calados la tenían reventando de 
orgullo. La criatura no permitía á su pa- 
dre separar la vista de los calcetines fa- 
mosos. Apenas volvía el Doctor la cabeza 
para mirar á las quintas que festonean el 
camino, al paisaje ó á la gente de á pié ó 



POR E. PARDO BAZÁN. 



IOI 



de á caballo, ya estaba Nené agarrándo- 
dole de la solapa, y obligándole á bajar 
las narices. « ¡Mia tacetines...., mia taceti- 
nes de ujo! ¡ Y ayer (Nené siempre de- 
cía ayer por mañana), ayer tú ayoha 
me tompas entanados, y vedes, y amai- 
los...., toos talaos, de ujo, talaos!» Y la 
chiquilla trincaba un dedo de su padre, y 
lo paseaba de malla en malla, riendo. «Ta- 
laos así.» — «Bueno, preciosa...., te com- 
praré horror de calcetines, calados así...., 
pero no me arranques el dedo.» Después 
ele un intervalo de dos minutos, volvía á 
su témala Nené, preguntando á su ma- 
nera si le sería lícito enseñar lo% calce- 
tines á las gallinas y á los Espíritus 
Santos (las palomas), y á Bismar , el 
mastín, á ver si eran de su agrado. Con 
la charla de la niña, lo agradable del pa- 
seo y la esperanza de una tarde aldeana 
deliciosa, Moragas se sentía como si le 
hubiesen hecho de nuevo el alma. De la 
irritación de antes, ni rastros. La llegada 
á la quinta y la irrupción en la huerta 
fueron triunfales. 

Salió á recibirles el hortelano , veje- 



102 



LA PIEDRA ANGULAR 



zuelo ochentón , como una tapia de sordo, 
quitándose respetuosamente el serón de 
paja que le cubría la chola. Y el Doctor, 
encaminando la voz de modo quefuese de- 
rechita al tímpano, le dirigió la pregunta 
sacramental: «¿Qué hay de novedades, 
Sr. Jacinto ?> 

— Novedades....—contestó lentamente el 
patriarca. — Novedades..,. Que el viento 
tronzó una pola de la cacia de flor...., y 
que un vidro de la galería está hecho pe- 
dazos...., y que la gallina pedriscada está 
clueca...., y que ayer noche mataron á un 
hombre en la parroquia. 

—¿Mataron á un hombre?— repitió Mo- 
ragas sin gran sorpresa, porque sabía la 
condición belicosa y levantisca de los 
mozos erbedanos, y creyó que se trataría 
de alguna riña de taberna. 

— Á la fuerza lo mataron de noche (pro- 
siguió el hortelano , creyendo que su 
amo le preguntaba la hora del suceso)^ 
Es Román, el carretero que iba y venía 
á Marineda con carretos de paja y de 
leña, y con sacos de trigo. Apareció esta 
mañana en el monte de Sobrás...., ¿ve? 



POR E. PARDO BAZÁN. 



103 



allí.... (y el viejo señalaba hacia un punto 
bastante próximo). Toda la cabeza le hi- 
cieron miajas con una piedra ó sabe Dios 
con qué.... Dice que parece un Ceomo,..* 

— Quimera ó robo; nada, sobre-vino 
una pendencia (pensó Moragas, metién- 
dose hacia su despacho, deseoso de un 
par de horitas de pacífica y jugosa lectu- 
ra). Mas apenas daba principio á un capí- 
tulo de un libro nuevo de Maudsley , vio 
entrar despavorida á la niñera , y pegó un 
salto en el sillón, temiendo que se trata- 
se de alguna peripecia ocurrida á Nené. 

— ¡Señorito, señorito! (Moragas con- 
servaba, no obstante su pelo blanco, aire 
muy juvenil, y las criadas le señoril ea- 
ban á todo trapo.) ¡ Señorito...., asóme- 
se...., que ahí va el Juzgado á prenderá 
los que mataron á ese carretero ! 

La muchacha hablaba con el tono me- 
droso que adopta la gente del pueblo 
para referirse á la Justicia, á la cual 
nombra con inflexiones de terror que no 
tiene quizá para los ladrones ni para los 
asesinos. — Moragas se levantó y se aso- 
mó á su galería, que dominaba el cami- 



LA PIEDRA ANGULAR 



no, fijándose con cierta curiosidad en el 
grupo. Iban delante, en malos caballe- 
jos, el Juez y el Secretario ; seguíanles 
á pie dos parejas de la Guardia civil, 
cuatro hombres de rostro atezado y mi- 
litar, de ágiles y airosas piernas bien 
modeladas por las polainas de camino; y 
detrás, á lo que puede llamarse sin me- 
táfora distancia respetuosa , sobre una 
docena de aldeanas y chiquillos, pelotón 
que iba engrosándose á medida que la co- 
mitiva avanzaba. Moragas conocía al 
Juez, y aun había asistido en cierta gra- 
ve dolencia á un hermano suyo; y al mo- 
vimiento de cabeza y la sonrisa con que 
el representante de la ley le saludó, con- 
testó vivamente gritando : 

—Adiós, Priego.... ¿Quieren Vds. su- 
bir y refrescar ? ¿ Una botellita de cer- 
veza? 

—Tantas gracias.... Ahora, imposible — 
contestó Priego deteniendo un instante á 
sujaco, que no deseaba otra cosa. — Á la 
vuelta. Llevamos prisa. 

— ¿ Y.... eso ?— preguntó con significati- 
vo gesto el Doctor. 



POR E PARDO BAZÁN. 



IO5 



— ¡Hmmm! — contestó el Juez entono 
significativo , que respondía plenamente 
á la expresiva interrogación de Moragas, 
dando á entender del modo más claro 
«No crea V. que se trata de un crimen 
vulgar. Se me figura que hay tela.» Y to- 
cando rápidamente al sombrero, los dos 
funcionarios consiguieron de sus mon- 
turas un mediano trotecillo, alejándose 
el grupo, que, al desaparecer en la re- 
vuelta, dejó, en opinión de Moragas, 
cierto silencio extraño en la atmósfera. 

Intentó el médico recomenzar la lec- 
tura , pero no pudo. Sus ideas habían 
tomado otro giro ; su fantasía, distraída 
y excitada, seguía al grupo, asistiendo á 
las escenas siempre dramáticas y grotes- 
cas á veces, que acompañan á eso que se 
llama en lenguaje técnico levantar el 
cadáver. Existe en todo hombre, en el 
menos literato, en el último burgués, lo 
que puede llamarse un novelista natu- 
ral, capaz de urdir en pocos minutos 
treinta argumentos complicados y es- 
trambóticos. Moragas poseía en alto gra- 
do esa facultad : tenía de sobra imagina- 



106 LA PIEDRA ANGULAR 



ción, aun dentro de la esfera de sus es- 
tudios profesionales ; y, sin ser precisa- 
mente de la condición de aquel individuo 
que se murió de pena porque al vecino le 
habían sacado el chaleco corto, ello es 
que se interesaba mucho en los asuntos 
ajenos , con verdadero interés altruista; 
no por curiosidad, como tantos, sino por 
la condición esencialmente expansiva y 
generosa de su carácter. Dos minutos an- 
tes, le era indiferente el suceso de la muer- 
te del carretero Román; pero después 
de la indicación del Juez , su fantasía 
trabajaba sobre el tema del crimen y del 
enigma probable que se encerraba en él. 
Al pronto no se dio cuenta del verda- 
dero origen de aquella excitación, mas 
no tardó en comprender que se relaciona- 
ba con el extraño cliente que había acu- 
dido pocas horas antes á su consulta. 
«Quienquiera que sea el asesino, valdrá 
más que aquel tunante. ¡ Si yo creyese que 
es lícito asesinar científicamente á algún 
prójimo, lo creería de ese bicho.... que ni 
prójimo conceptúo siquiera! ¡Así revien- 
te de los malos hígados que Dios le dio! 



POR E. PARDO BAZÁN. 



107 



Pero vamos, que hoy es día de piedra ne- 
gra. Aquel individuo por la mañana , y 
por la tarde este suceso.... que aún no 
sabemos en que parará.» Para distraerse, 
Moragas bajó al jardín, tamaño como un 
pañuelo, dió vueltas por sus calles, que 
más parecían callejones, se enteró del 
estado de salud de legumbres y hortali- 
zas, mandó espallerar un pavío , hizo 
fiestas á Sismar, se indignó porque dos 
ó tres insolentes babosas se comían el 
fresal con todo el descaro del mundo...., 
y al mismo tiempo no cesó de atisbar por 
la verja el instante en que regresase «la 
Justicia ». 

Un poco antes de la puesta del sol, oyó 
un vocerío y divisó un tropel de gente 
que bajaba por la carretera, en dirección 
déla ciudad. Moragas se encaramó al mi- 
radorcillo que, desde el ángulo de la ta- 
pia, registraba el camino perfectamente. 
Abría la marcha, como siempre, turba 
de pilludos descalzos, de esos que van 
adonde hay ruido y drama callejero, y 
que se reclutan lo mismo en los lavaderos 
de la Erbeda que en las plazuelas mari- 



io8 



LA PIEDRA ANGULAR 



nedinas : seguían, graves y ceñudos, los 
cuatro números de la Benemérita, y entre 
ellos caminaba, sueltas las largas trenzas 
sobre el vestido de oscuro percal, una 
mujer joven. Cuando pasaba la comitiva 
por debajo del mirador de Moragas, el 
sol poniente alumbró de lleno la figura 
de la presa. Representaba de veintiséis á 
veintiocho años : tenía el rostro cubierto 
de palidez ; era menudita de cara y cuer- 
po, de facciones delicadas y regulares, 
de formas cenceñas, y con cierta pureza 
de líneas en el contorno del seno, alto y 
pudoroso, sobre un talle plano. El pelo 
muy negro, partido á ambos lados, alisa- 
do sobre las sienes y colgando atrás en 
dos trenzas , contribuía á prestarle expre- 
sión y aspecto de recato casi místico. Mo- 
ragas sintió una impresión profunda de 
sorpresa. ¿Por qué llevaban entre Guar- 
dias civiles á aquella criatura ? ¿Sería po- 
sible que fuese una criminal? 

La multitud, que seguía al grupo de los 
Guardias y la presa , se componía de gente 
aldeana. Iban en actitud más triste que 
hostil, con caras y actitudes de gente que 



POR E. PARDO BAZÁN. 



acompaña á un entierro. Sólo algunos 
hombres y algunas viejas cuchicheaban, 
mostrando indignación. Había mujeres 
que alzaban las manos al cielo ; otras se- 
ñalaban á la presa ; muchas volvían la 
cabeza hacia atrás, mirando al objeto que 
cerraba la comitiva : uno de esos carros 
del país, de primitiva forma, con rueda 
sin radios, que caminaba lentamente, al 
paso de la yunta de bueyes rojizos, muy 
animados por la carga relativamente tan 
ligera. En efecto, detrás de la armazón de 
entretejidos mimbres que otras veces ser- 
viría para retener el carreto de arena ó 
piedra, no se distinguía sino un bulto de 
poca alzada, cubierto con groseros paños ; 
Moragas no necesitó mirarlo dos veces 
para conocer que era un cuerpo humano, 
un cuerpo muerto.... Ni en los paños , nt 
alrededor del bulto , ni por parte alguna 
se veía mancha ni señal de sangre, y, sin 
embargo, Moragas creía notar en todo el 
carro un tono bermejo.... Era que el sol se 
ponía, y su luz oblicua inflamaba cuanto 
tocase.... 

Ya había desaparecido la turba en la 



I 10 



LA PIEDRA ANGULAR 



revuelta del camino ; ya no se oían sus 
voces , y aún Moragas no se había menea- 
do del mirador. Le dejara profundamente 
pensativo aquella muchacha, tan débil, 
tan dulce en apariencia, llevada á la cár- 
cel entre una muchedumbre acusadora. 
El aspecto de la mujer le había desperta- 
do viva curiosidad, parecidísima al inte- 
rés. Tenemos, ó, por mejor decir, tienen 
las personas del carácter de Moragas, de 
esos chispazos compasivos, que con re- 
pentina vehemencia se apoderan del alma. 
Moragas era lo que en la época de Rous- 
seau se llamó hombre sensible , y lo que 
hoy nuestro endurecimiento nombra, con 
cierto matiz de desdén, persona impre- 
sionable. Su profesión dolorosa, lejos 
de embotarle la sensibilidad, se la refi- 
naba cada día. Con la misma vivacidad 
con que había arrojado por la ventana 
los dos duros de la consulta de Rojo , 
hubiese bajado entonces.... ¿á qué? Á co- 
meter la ridiculez de ofrecer un refresco, 
una moneda , un consejo , una sonrisa, 
algo que tuviese forma consoladora, á 
aquella mujer tan pálida , de mirada tan 



POR E. PARDO BAZÁN. 



I I 1 



fija, de labios tan convulsivamente apre- 
tados, de tan modesto porte.... 

Diez ó doce minutos hacía que ni el 
polvo levantado por la comitiva se veía 
flotar en la atmósfera , cuando Moragas 
descendió de su observatorio , porque se 
oía el trotecillo de dos jacos, y no dudó 
que fuesen las monturas del Juez y del 
Secretario, los cuales volverían cumplida 
su tareade iniciar las diligencias sumaria- 
les. Así era en efecto: el trote se detuvo 
ante la puerta de ía quinta, y los funcio- 
narios descabalgaron prontamente. El 
Doctor comprendió que aceptaban el re- 
fresco , del que debían de estar bien nece- 
sitados, y al tiempo que salía á recibir á 
sus huéspedes, llamó á la niñera, dando 
órdenes para que la cerveza, la grosella, 
los pasteles, que por fortuna había traído 
de Marineda calentitos, se sirviesen en 
la mesa de piedra del cenador. 

Entró el Juez con sobrealiento de hom- 
bre rendido de fatiga, limpiándose el su- 
dor de la frente, y más serio y preocupa- 
do que antes. Era rubio , grueso, flemá- 
tico, jovial , y no solía ahogarse en poca 



112 LA PIEDRA ANGULAR 



agua, pordonde Moragas infirió queloque 
así le preocupaba tenía que revestir ver- 
dadera gravedad. Al encontrarse en el ce- 
nador, donde corría un fresco deleitoso, y 
los jazmines olían regaladamente, y la 
cerveza sonreía en el limpio tanque, la 
fisonomía de Priego se sosegó y aclaró, y 
exclamando, como lo haría cualquiera 
en su caso , « ¡ Uff ! », se derrocó en el ban- 
co de madera rústica, y contestó á lo que 
preguntaba su huésped, más con los ojos 
que con la lengua. 

—Pues.... ¡cosa gorda.... gorda! Ó mu- 
cho me engaño , ó este crimen va á dar 
que hablar, no sólo aquí sino en la pren- 
sa de la corte.... ¡ Ay, qué agradecido que- 
do á esta bebida! He sudado el quilo, y 
como no era cosa de que el Juez se pu- 
siese á refrescar con vino en la taberna.... 
Sí , yo también pensé, al recibir el parte, 
que se trataba de una riña....; aquí son el 
pan nuestro de cada día, porque no he 
visto gente más dispuesta á andar á esta- 
cazos que la de estas parroquias. Pero ya 
desde que tomé los primeros vientos com- 
prendí que era algo má?.... Y á la verdad me 



POR E. PARDO BAZÁN. 



Il 3 



hizo poca gracia, porque si los perió- 
dicos dan en jalear estas cosas , raro es 
el juez que sale bien librado. Que si fué, 
que si vino, que si debió hacer esto ó lo 
otro.... Y á nadie le gusta salir á pública 
vergüenza. ; Señor! Esta cerveza con- 
forta. 

— Y la mujer que va presa, ¿qué papel 
juega en todo ello?— preguntó con afán 
Moragas. 

-—¡Una friolera! ¿La ha visto V. tan.... 
así.... que parece que no rompe un plato? 
Pues ó mucho me engaño.... ó es autora 
material.... ó por lo menos coautora é ins- 
tigadora delcrimen.Esla mujer del muer- 
to...., mejor dicho la viuda del interfecto, 
— añadió Priego festivamente, empezan- 
do á mascullar un pastelillo de hojaldre. 

Moragas se había quedado pensativo. 

— ¿Dice V. que esa mujer ?.... 

— ¡ Como V. la ve ! Por ahora , en rigor, 
es prematuro todo cuanto se diga ; y sin 
embargo , apostaría yo mi toga á que fué 
ella. 

—¿Ella sola? ¿Cree V. que ella sola ha- 
brá asesinado al marido ? 

8 



U4 



LA PIEDRA ANGULAR 



—Sola , no. El amante debe de ser cóm- 
plice. 
—¿Hay amante? 

—Ya lo creo. En las aldeas, si V. es- 
carba bien, salen sapos y culebras, lo 
mismo que en las grandes capitales. So- 
mos de igual pasta aquí ó acullá. Hay 
amante, y lo mejor del caso es que parece 
ser un cuñado.... uno que estuvo casado 
con la propia hermana del muerto. Yo no 
he tomado aún declaración á nadie, más 
que á la mujer que va presa, la cual, por 
ahora, no ha contestado sino vaguedades ; 
yo tampoco insistí mucho ; todo se andará, 
y al principio se debe tantear más que 
ahondar; pero los civiles habían charlado 
con las comadres de la aldea, y desde 
que me informaron de que ella y el cuña- 
do.... (Priego juntó las yemas de los ín- 
dices), dije yo para mí...., tate, aquí tene- 
mos el hilo. 

— ¿Y ha preso V. al cuñado? 

—Se le busca.... Ya caerá. El tunante, 
por aparentar, dijo ayer que se marcha- 
ba de la parroquia , que iba á Marineda 
á no sé qué diligencias y menesteres.... y 



POR E. PARDO B^ZÁM. 



en vez de marcharse á la noche, se largó 
de madrugada, realizado ya el gatupe- 
rio.... La hazaña (prosiguió el Juez, com- 
prendiendo por la fisonomía de Moragas 
que oía con avidez los detalles) debió de 
suceder ayer noche, cuando Román el 
carretero volvía de llevar un carreto de 
arena á dos leguas, al alto de Chouzas. Á 
la cuenta , él solía venir algo peneque. No 
sé cómo harían el pájaro y la pájara para 
sacarlo de casa y convencerlo de que se 
fuese al montecito, donde lo despacharon 
á;hachazos, deshaciéndole la cabeza.... 

—La tiene terrible (confirmó el Secre- 
tario). Parece una sandía machacada.... 
Lo que á mí me llama la atención es ver 
allí tan poca sangre , cuando debía estar 
inundado el suelo.... 

—Eso es raro (indicó Moragas). Me hue- 
le á que lo matarían en otro sitio.... Ver- 
dad que por ahora.... 

— Estamos empezando, Sr. Moragas; 
estamos empezando (respondió el Juez, 
que no empezaba, sino que acababa de 
atizarse el segundo tanque del Gallo). 
Ahora también les toca á Vds. emitir dic- 



I I 6 LA PIEDRA ANGULAR 



tarnen.... Ahí va la víctima , en su propia 
carro, á que le hagan en Marineda el de- 
bido reconocimiento y una autopsia for- 
mal.... Y en poniendo á buen recaudo la 
pájara y el pájaro, ellos cantarán y todo 
saldrá á relucir.... Advierta V. que no 
hace seis horas que he tenido conoci- 
miento del caso (añadió el Juez, que no 
se hallaba, realmente, muy descontento 
de sí mismo y de su penetración y saga- 
cidad para coger desde luego una pista). 

—¿Y.... ella?— preguntó Moragas que 
no perdía de vista á la acusada. 

—Ella...., ella , tan agua mansita y tan 
modosa como V. la ve, debe de tener un 
rejo demil diablos. Estaba tranquila, igual 
que V. está ahí, rodeada de dos ó tres ve- 
cinas que la acompañaban, desde que se 
descubrió el cadáver, y sin echar ni una 
lágrima. Tampocó las echó cuando la in- 
terrogué apretándola un poco , y cuando 
ordené la detención. Á mis preguntas ha 
contestado sin fanfarronería, sin miedo, 
sin precipitación, con una calma asom- 
brosa, diciendo que su marido volvió 
anoche á la hora de costumbre; que cena- 



POR E. PARDO BAZAN. 



II 7 



ron en paz ; que la mandó acostarse , di- 
ciendo que él tenia que salir, y que deja- 
se la puerta entornada; y que, como mu- 
chas noches se entretenía en la taberna, 
ella se durmió , y sólo á la madrugada, 
al despertarse, echó de menos al marido, 
sabiendo á cosa de las once que había 
aparecido muerto en ei pinar. — Le digo 
á V. que la individua.... 

—¿Tiene hijos ese matrimonio? 

—Sí: una chiquilla de tres años.... Su 
abuela queda encargada de ella.... 

— Y V. cree que ella y el cuñado fueron 
los autores.... ¿y para qué? 

— ¡Bah! ¿Para qué había de ser? (ex- 
clamó riendo el funcionario. ) ¡ Parece 
mentira que V. haya sido despensero an- 
tes que guardián ! Para que nadie les es- 
torbase ; para verse libres y campar por 
sus respetos. 

El médico movió la cabeza. El crimen 
se le aparecía como un drama vulgar del 
adulterio ; pero no pensaba lo mismo de 
la heroína , en la cual olfateaba algo ex- 
traño, algo digno de aquel misterioso in- 
terés que sentía despertarse en su mente 



n8 



LA PIEDRA ANGULAR 



de observador y de curioso del espíritu. 
Acaso influía bastante en esta disposición 
de su alma, la coincidencia de haber visto 
y hablado, por la mañana , al hombre que 
probablemente desenlazaría el drama, 
apretando el gaznate y deshaciendo las 
vértebras de aquella mujer tan joven y de 
tan apacible aspecto : perspectiva que te- 
nía la virtud de hacer saltar á Moragas. 
¡La sola idea de ver alzarse el cadalso, y 
para una mujer, le ofendía como un ultra- 
je hecho á su misma persona ! Nervioso 
ya, preguntó á Priego : 

—Y esa mujer.... ¿irá al palo? 

—No creo (respondió el Juez con cierta 
entonación clemente). — Yo supongo que 
autora , lo que es autora.... El guisado lo 
haría el querido. Ella sacará la inmedia- 
ta. Y confiese V. que la merece. 

Algo iba á contestar Moragas , que pen- 
saba sobre el particular muchas cosas, 
pero le cortaron la palabra sus huéspedes, 
levantándose como el que tiene prisa de 
marchar. Vió el Doctor al través de la 
verja que estaba enganchado su coche, y 
propuso á los funcionarios llevarles áMa- 



POR E. PARDO BAZÁN. 



rineda. Siempre irían mejor que en un 
penco de alquiler, y ganando tiempo: así 
como así, él aún tenía que hacer alguna 
visita antes de cenar. Accedieron ; fiaron 
sus monturas á un espolista ; subieron 
al cochecillo, que empezó á rodar con 
sosiego; y la divina paz de la tarde; la 
hermosura de la ría que se divisaba á lo 
lejos teñida de carmín por el último y ya 
expirante reflejo del sol ; la quietud del 
viento ; la frescura de primavera y de ver- 
dor temprano que enviaban los campos en 
plena germinación; las madrugadoras en- 
redaderas que , ya algo floridas , se aso- 
maban á las tapias de las quintas de re- 
creo...., todo fué causa de que ni Moragas 
ni sus acompañantes volviesen á mentar 
el crimen, que parecía profanación de la 
sagrada hermosura de la naturaleza. Ren- 
dida por una tarde de rusticación , llena 
de polvo, con manchas en el traje, y barro 
en aquellos calcetines tan monos, Nené 
dormía. 



VII 



La Marinera salió, dándose toda la pri- 
sa que le permitían sus pies guiados 
por sus casi inválidos ojos, mientras el pa- 
dre se esforzaba en desnudar al herido. 
Quitóle la ropa exterior con el esmero 
imaginable, dejándole sólo la rota cami- 
sa ; y por medio de pañuelos y ropa blan- 
ca que desgarraba, estancó como pudo la 
sangre que manchaba la frente y el cuello 
del guerrero vencido. Durante estas ope- 
raciones , Telmo se quejaba sordamente. 
Pero al querer descalzarle el borceguí 
del pie derecho , fué un grito tan agudo 
y lastimero el que lanzó la criatura, que 
Rojo se detuvo, sin resolverse á termi- 
nar la operación. 



122 



LA PIEDRA ANGULAR 



— ¿ Te duele mucho, rapaz ? ¿ Te duele 
mucho?— preguntóle afanosamente. 

No contesto el muchacho, volviendo 
á su amodorramiento febril. Indudable- 
mente no estaba su cabeza para discur- 
sos , ni su lengua para explicaciones. Sólo 
al cabo de dos ó tres largos minutos, 
balbuceó la exclamación de todos los mal- 
tratados, de todas las víctimas : 

—i Agua , agua !.... Tengo sed. 

El padre llenó un vaso y lo acercó á los 
labios del niño, que bebió con ansia, de- 
jando caer otra vez sobre la almohada la 

frente. Rojo apoyó en ella la mano 

Temperatura altísima, sequedad y aridez 
de la piel invadida por la calentura. Bus- 
có Rojo una silla, la colocó á la cabece- 
ra, y la ocupó alterado y sombrío. Por 
dentro sentía una ternura , un delirio de 
doloroso afecto , que le ahogaban ; pero 
la manifestación de aquel íntimo senti- 
miento, tan natural en la paternidad, era 
ruda , concentrada , como todo en él. 

Tascando el freno de la impaciencia 
que aguija al que á la cabecera de un 
ser amado aguarda al médico y con él la 



POR E. PARDO BAZÁN. 



123 



certidumbre, quizá la salvación, Rojo 
meditaba sobre el suceso , y entreveía en 
él una nueva humillación agregada al ya 
innumerable catálogo délas que le habían 
ulcerado el espíritu. Sólo que ésta dolía 
más, porque daba en la carne viva, en el 
sentimiento que , enérgico y soberano 
hasta en la fiera montés, es en el hom- 
bre más fuerte que la muerte, — porque 
es amor. 

¿Por qué le habían apedreado á su 
niño? ¿Era razón desahogar en Telmo los 
odios que infundía Juan Rojo? ¿Era justo 
dejar al muchacho, agonizando, bañado 
en sangre, en un lugar desierto? ¿Qué 
daño hacía á nadie la criatura? ¿No ha- 
bría para ella perdón, olvido, indulgencia? 
¿No era Telmo una persona como las de- 
más? ¿Por qué le ponían fuera de la ley — 
hasta el extremo de matarle á pedradas? 

Interrumpió estas reflexiones el rodar 
de un carruaje, que resonaba sobre el 
seco piso de la carretera como sobre 
sonoro pavimento de metal, y la voz de la 
Marinera, apresurada , loca de júbilo, re- 
sonó gritando : 



124 



LA PIEDRA ANGULAR 



—Señor Rojo.... ¡ Gracias á la Virgen de 
la Guardia ! ¡ Ay qué suerte ! ¡ Dar yo la 
vuelta por la calle del Peñascal, pasar 
delante de la capilla de la Angustia.... y 
oir rodar el coche del Sr. de Moragas ! 
i Ay qué chillido di! Me agarré á la puer- 
ta del coche.... conté lo que pasaba.... Y el 
Sr. de Moragas, como es tan humano, en 
seguidita mandó dar vuelta al cochero.... 
¡Alabada sea la Virgen! Le he de rezar 
hoy mismo tres Salves. 

Apeábase ya Moragas de su cansada 
berlinita, saltando con movimiento vivo 
y juvenil, y atravesando la puerta del 
rancho sin mirar siquiera á Rojo, fuese 
derecho á la cama en que Telmo yacía, 
diciendo con voz alta , animada, cariño- 
sa, de médico que al entrar en casa de 
los pobres sabe que debe ante todo con- 
solar al afligido : 

— ¿Qué pasa? ¿Quién se ha pernique- 
brado ? ¿Un niño? Travesuritas,¿eh? Aho- 
ra arreglaremos esa cabeza rota. 

Inclinábase ya hacia el doliente, cuando 
la luz que Rojo había descolgado y apro- 
ximado alumbró de lleno el rostro del pa- 



POR E. PARDO BAZÁN. 



125 



dre. Es indecible el asombro que expresó 
el de Moragas al reconocer á su cliente 
de por la mañana, al de los dos duros ti- 
rados á la calle. Ira, pasmo, menospre- 
cio, chispearon en sus redondas pupilas, 
que giraron con furor, en las finas múlti- 
ples arrugas de su frente, en su abierta 
boca, en sus puños instantáneamente 
crispados.— « i Usted , usted U ,— repitió con 
las variadas expresiones de los senti- 
mientos que le agitaban.... Y serenándose 
de pronto por la misma fuerza de su cóle- 
ra, y mirando al niño que gemía opaca- 
mente y al padre que bajaba los ojos y 
quería ocultarse, pronunció entono grave 
é incisivo : 

— El niño, ¿es de V.? 

—Mío, sí.... Es mi hijo,— declaró Rojo 
con apagada y terrosa voz. 

— Pues esa es la peor enfermedad de 
cuantas pueden sobrevenirle, y esa, ni se 
la curo yo, ni se la cura nadie, — replicó 
el médico volviendo la espalda y dirigién- 
dose hacia la puerta. 

Aún no había dado tres pasos , cuando 
sintió que una mano se atornillaba al fal- 



I2Ó 



LA PIEDRA ANGULAR 



dón de su levita, atirantándolo de un modo 
violento. Volvióse con repugnancia; miró 
de alto á abajo á Rojo como se mira á 
un sapo muy feo , y dijo , vibrando las pa- 
labras cual otros tantos restallidos de 
tralla: 

— No me toque V., ó haré un desatino. 
Ya bastó el atrevimiento de por la maña- 
na. Los duros que dejó V. sobre mi mesa 
los arrojé á la calle, por no conservar 
nada en que V. hubiese puesto las manos. 

Rojo soltó al Doctor; pero dando rápida 
vuelta, maniobró de suerte que vino, co- 
locándose delante, á caer á sus pies sin 
decir palabra. Moragas se detuvo. El niño 
gemía. 

—Está muy malito. Herido. No sé qué 
tiene roto en su cuerpo. Sr. D. Pelayo, 
¡por el alma de su madre! 

Don Pelayo siguió ganando terreno ha- 
cia la puerta, pero en ella encontró otro 
obstáculo : la Marinera, que le apostro- 
faba con energía. 

—Señor, caridad. La caridad no distin- 
gue de personas , señor. Y el inocente 
no tiene la culpa de nada. Dios, nuestro 



POR E. PARDO BAZÁN. 



127 



Señor, nos manda caridad hasta con los 
perros. 

Moragas luchaba consigo mismo; no 
entre encontrados sentimientos , que es 
lucha fácil, casi elemental, sino entre sen- 
timientos análogos, todos amasados con 
aquella generosidad semi quijotesca y 
semi-filantrópica que, diga lo que quiera 
el vulgo, no está reñida con las tenden- 
cias positivas del científico. Abandonar á 
un enfermo, parecíale, dentro de su pro- 
fesión, monstruoso; y detenerse en aque- 
lla casa, cuidar al enfermo aquel, era, 
en su entender, una degradación, una es- 
pecie de estigma que debía verse después 
en las manos. Moragas había prodigado 
los socorros de su ciencia á personas bien 
viles. Sabía de memoria las huellas he- 
diondas que marca el vicio en el cuer- 
po del disoluto y de la ramera. Aunque 
hombre delicado en su vida interior y en 
el pulcro aseo de su persona , jamás había 
retrocedido ante ninguna enfermedad, por 
repulsiva que fuese: y al asistir á la huma- 
nidad doliente, gracias á una maravillosa 
analgesia , hija de la firme voluntad— esa 



128 



LA PIEDRA ANGULAR 



analgesia que hacía decir á un santo que 
las llagas del leproso huelen á rosas — 
perdía el sentido del olfato, dominaba los 
del tacto y de la vista, y prescindía de la 
laceria para consagrarse enteramente al 
deber. Por primera vez retrocedía ante 
una llaga moral, y su imaginación viva 
redoblaba la impresión de horror, que, de 
puro violenta, llegaba ya á parecerle 
ridicula. De todas suertes , en el carácter 
de Moragas , no cabía que durase aquella 
lucha; de no haberse marchado en los 
primeros momentos , no se iría ; y el pre- 
texto para flaquear se lo dió la Mari- 
nera, insistiendo y repitiendo con una 
especie de severidad respetuosa : 

— ¡ Ay, señor!... ¿pero va á dejar al ino- 
cente? Señor, Dios no manda eso. Mire 
que es una crueldad semejante porte. 

— ¿ Es V. madre de ese niño ? —preguntó 
Moragas. 

— ¡Ay! ¡no señor, alabado sea Dios! — 
contestó espontánea y vivamente la Ma- 
rinera.— Mi marido es un hombre de bien, 
botero del Muelle.... 

A su pesar sonrió Moragas; se estiró los 



POR E. PARDO BAZÁN. 



129 



puños, canturreó, y como el que se deter- 
mina pensando « pecho al agua » se dirigió 
al catre del herido.— Con la pericia del ve- 
terano en estos penosos reconocimientos, 
comprobó muy enbreve que el chico tenía 
rota la cabeza por dos partes ; y descal- 
zándole sin hacer caso de sus lamentos, 
advirtió que estaba dislocado el tobillo. 
De contusiones y magulladuras no se 
ocupó : eran numerosas, pero sin mayor 
importancia. Lesión interna no parecía 
que la hubiese, pero sí fiebre altísima. 
La Marinera alumbraba, y Rojo, inmó- 
vil y como estupefacto, esperaba el des- 
enlace. 

— ¿Cómo ha ocurrido esto? (preguntó 
el médico interrumpiendo su tarea.) ¿Han 
sido pedradas, ó se ha caído además? 

— ¡Si no lo sabemos! (exclamó Rojo 
consternado.) Yo tuve noticia de que el 
niño estaba en el castillo de San Wintila, 
muy maltratado.... fui, lo recogí, lo traje 
en brazos, y no le he podido sacar nada 
sobre el lance. 

—Debió de ser una pedrea—advirtió la 
Marinera. 

9 



130 LA PIEDRA ANGULAR 



— Sí, pero hay magulladuras en todo el 
cuerpo.... Ha caído de alto, no cabe duda, 
— advirtió el médico sin dejar de palpar 
al muchacho. 

Cuando, terminada la cura, puestas las 
vendas, reducida la luxación, Moragas 
se enderezó exhalando un «¡uf!» de can- 
sancio evidente, entonces— sólo enton- 
ces—se aproximó Rojo al médico, y con 
honda ansiedad le preguntó : 

—¿Quedará cojo el muchacho? ¿Que- 
dará resentido del pecho? 

Moragas se volvió y por primera vez 
desde que conocía la condición social 
de su cliente , le miró cara á cara, 
como se miran unos á otros los seres hu- 
manos. 

La casualidad le mostraba al hombre 
excluido del concierto social bajo el as- 
pecto más capaz de conmover las fibras 
de su alma, aunque sólo fuese por analo- 
gía de sentimiento. ¡Moragas, el mayor 
padrazo de Marineda, el enamorado de la 
niñez, el derrochador de juguetes y con- 
fites, el hombre que después de una tra- 
queotomía había mezclado sus lágrimas 



POR E. PARDO BAZÁN. 



con las de la familia de la operada cria- 
tura ! 

Aquel fué el primer instante en que los 
sentimientos de Moragas, que tanto ha- 
bían de influir en el destino de Juan Rojo, 
Sufrieron un cambio de posición, giraron 
sobre su eje, por decirlo así, yá la indig- 
nación y al horror de algunas horas antes 
reemplazó una especie de interés extraño, 
de esa fascinación que la misma repug- 
nancia produce, y que se asemeja á la 
vocación del casto apóstol que entra en 
una casa de perdición á convertir mere- 
trices; porque la suma piedad va al sumo 
mal. — No era la primera vez que adver- 
tía Moragas esa propensión, que él cali- 
ficaba humorísticamente de manía re- 
dentorista. Le había costado por cierto 
la tal propensión graves disgustos, com- 
probaciones penosas de negras ingrati- 
tudes, enredos gratuitos, molestias sin 
cuento y desazones magnas.... Lo menos 
que le había costado, costándolebastante, 
era dinero y tiempo. Sin embargo , al me- 
nor pretexto, la inclinación resurgía en 
Moragas, y la perpetua ilusión del redento- 



132 



LA PIEDRA ANGULAR 



rismo volvía á presentársele vestida con 
todos los adornos y galas que de ordina- 
rio ostentan nuestros sueños. < Si yo (pen- 
saba el Doctor) acierto á nacer en la Edad 
Media, época en que las deficiencias del 
estado social y del organismo jurídico 5 
dejaban abierto tanto camino á la ini- 
ciativa individual , \ sabe Dios lo que hu- 
biese podido hacer! Pero en la socie- 
dad presente , no cabe duda que esta bo- 
bería de sentir como propios los males 
ajenos, de meterme en lo que ni me da 
ni me quita , se parece mucho al oficio de 
enderezar tuertos y desfacer agravios 
que ya ridiculizó Cervantes.» 

Al advertir que la condición y estado 
de Rojo ¡de Rojo ! provocaban en él los 
primeros síntomas de la conocida enfer- 
medad , el redentor se rió de sí mis- 
mo. «Moraguitas, esto es el acabóse. 
Ahora te ha dado por compadecerte de 
este sujeto. Ya has llegado al límite ex- 
tremo de la chifladura benéfica , hijo. No, 
pues aquí si que no te suelto yo la rien- 
da. Á este hombre no es lícito ni conside- 
rarle como hombre. Si quieres interesarte 



POR E. PARDO BAZÁN. 1 33 



por algo raro y estupendo, interésate en- 
horabuena por la parricida á quien viste 
pasar hoy, entre civiles, por la carrete- 
ra. ¡Esa podrá ser una criminal, y admi- 
tamos, desde luego, que lo es ; pero cri- 
minal en caliente..,., criminal pasional, 
que al delinquir obró, sin duda, por irre- 
sistible impulso , sin importarle que al 
otro lado del foso que iba á saltar estu- 
viese la expiación de una muerte afrento- 
sa.... Ésa mujer, Moraguitas, es una en- 
ferma como otra cualquiera de las que 
asistes. .. Ahí se explica y se justifica la 
compasión.... Pero con el tío este, que á 
sangre fría y á mansalva ha tomado por 
oficio matar.... Á éste, como á una víbora 
se le debía aplastar la cabeza.» 

Mientras Moragas discurría así, Rojo 
repitió la pregunta : 

—¿Quedará cojo? ¿Imposibilitado? 

— No, — contestó el médico en voz se- 
vera.— Ni quedará imposibilitado, ni cojo. 
Más que las lesiones, me preocupa el es- 
tado general.... Voy á ponerle á V. unas 
recetas.... 

Apareció por allí un recado de escribir, 



134 



LA PIEDRA ANGULAR 



no tan malo ni tan descabalado como era 
de temer en aquel tugurio, y Moragas es- 
cribió sus fórmulas. No se oía en la habi- 
tación más que el angustiado respirar del 
padre y el quejido sordo del enfermo, al 
cual se acercó el Doctor, sorprendido de 
que la cura , en vez de calmarle , parecie- 
se haberle producido más desasosiego, 
mayor inquietud. 

—Convendría que no se moviese, por 
la dislocación.... — observó Moragas.— 
Pero, ¿quién le sujeta? Con esa calentu- 
ra de caballo.... Aguarde V Ya delira. 

Telmo, en efecto, se agitaba en la 
cama , y su inarticulado gemir se conver- 
tía en palabras articuladas penosamente, 
aunque claras y expresivas. El Doctor 
prestó oído. 

— Soy valiente, — afirmaba Telmo. — 
¿Quién es el que me llama cobardón? 
Embusteros.... Veréis si.... Tirar , que 
aguardo.... Os desdeñáis de mí, porque.... 
¡Piedras y más piedras, contra!.... Soy 
hombre para todos.... Los cobardes vos- 
otros.... Venga de ahí.... ¡pedrea!.... Yo 
solo.... 



POR E. PARDO BAZAN. 



135 



—¿Qué dice? — preguntó el padre. 

— ¡Bah!— respondió Moragas. — Por lo 
visto se han reunido muchos chiquillos 
para apedrearle.... Lo que era de espe- 
rar.... ¡ No se quede V. tan espantado, 
hombre!— añadió irónicamente, cediendo 
otra vez á la malevolencia.— ¿ Cómo? ¿no 
encuentra V. muy natural que la huma- 
nidad le apedree en la persona de su 
hijo?.... 

— ¡Es una maldad! — exclamó sorda- 
mente Rojo, apoyándose en la pared y 
escondiendo la faz demudada. — Que me 
apedreen á mí...., santo y bueno...., es de- 
cir...., tampoco.... ; pero, en fin, de ape- 
drear.... Lo que es al chiquillo...., ¡valien- 
te cochinada, señor de Moragas!, y V. 
me perdonará que me exprese con esta 
franqueza...., ¡valiente indecencia de esos 
pilletes sucios ! 

— Bien, hombre.... V. creía que no había 
más que echar hijos al mundo, y que lue- 
go , aunque V Caramba con el hombre 

este.... 

—Pero, señor,— intervino con fuego la 
Marinera.— el inocente ¿ por qué ha de pa- 



LA PIEDRA ANGULAR 



gar? ¡Sólo unos corazones negros hacen 
eso , señor ! 

— Ea, déjense de historias ,— ordenó el 
médico con hastío.— Denle eso que dice 
ahí, que rebajará la calentura.... Busquen 
limones ó naranjas , y que beba, que beba 
sin tasa naranjada fresca.... Humedecerle 
con el árnica disuelta los vendajes.... Nada 
de comida.... ¿eh?, ni un caldo, ni cosa nin- 
guna.... Cuidadito.... 

Rojo, humilde y cabizbajo, murmuró 
llegándose al Doctor: 

—Señor de Moragas , yo no le puedo pa- 
gar.... Es decir, que no tengo medios...., 
porque V., si á mano viene no que- 
rrá...., vamos...., tomar la pobreza que yo 
pueda darle.... Por el alma de su padre no 
se enfade.... Si yo lo que le pido es que 
no me deje al rapaz abandonado.... Si su- 
piese que mañana había de volver.... 

Moragas titubeó un instante. Al fin pre- 
valeció el impulso. 

— Volveré,— contestó con firmeza.— Se 
lo prometo. Mañana, al anochecer. 

Y en el momento de reclinarse en el 
rincón de su berlinita, antes que el co- 



POR E. PARDO BAZÁN. 



l 37 



chero tocase con la fusta á la yegua, 
Moragas oyó una voz de mujer, que decía 
fervorosamente, como rezando: 

—¡Dios y la Virgen de la Guardia le 
conserven la niñita! D. Pelayo, hoy gana 
el cielo. ¡Nuestro Señor lo acompañe, que 
tampoco nuestro Señor se desdeñaba de 
persona ninguna de este mundo! 

Era la Marinera quien hablaba así.... 
Moragas sacó la cabeza, y para poner 
coto á las bendiciones de la infeliz, con- 
testó con gracejo y picardía : 

— Adiós, cacho de buena moza. 



VIH 



espertóse la capital marinedina co- 



±J mentando, rumiando, desfigurando,—- 
iba á decir saboreando la noticia del cri- 
men de la Erbeda, si no me pareciese ca- 
lumnia, porque realmente los marinedi- 
nos no son tan ávidos de emociones fuer- 
tes como los parisienses, y el malsano 
gusto de la sangre y del cieno les suble- 
va el paladar. Algo , no obstante, habían 
conseguido estragarlo la creciente inva- 
sión de la sección criminal en la prensa 
de la Corte, el noticierismo que registra 
al día, y con minuciosidad digna de más 
alto objeto, los pasos , movimientos, ac- 
tos y dichos más insulsos y vulgares del 
criminal sujeto á la acción de la ley , des- 
de que la fuerza pública le echa el guan- 




140 



LA PIEDRA ANGULAR 



te, hasta que los hermanos de la Paz y 
Caridad depositan en el nicho sus des- 
pojos. 

El vulgo de Marineda, como el vulgo 
de todas partes, había ido , gracias á la 
prensa, acostumbrándose ála terminolo- 
gía jurídica y penal, á cierta crítica aguda 
de la ley y de sus representantes é intér- 
pretes, crítica que, si no ponía el dedo 
en la llaga, era por lo menos indicio de 
ese descontento social que clama por re- 
novación, pidiendo agua fresca de nue- 
vos manantiales. Andaba mezclado en 
este movimiento de la opinión marinedi- 
na, como en todos los movimientos de la 
opinión , algo de mecánico y pueril y algo 
de inspirado y fecundo ; combinación que, 
transformada en instinto, ayuda sin sa- 
berlo álós verdaderos precursores cons- 
cientes de la marcha progresiva de la hu- 
manidad. 

Ello es que aquella mañana, con la pri- 
mera luz diurna; con las primeras devo- 
tas que madrugaron á oir las misas de los 
Jesuítas; con los primeros barrenderos 
que, mal despiertos aún, comenzaron á 



POR E. PARDO BAZÁN. 



141 



adecentar las calles y expulsar de ellas á 
canes y gatos errabundos; con las prime- 
ras mujerucas de las cercanías, de cesta 
en ruedo, que despertaron á los vigilan- 
tes de consumos para abonarles la alca- 
bela ; con las primeras criadas ó amas 
hacendosas que salieron á aprovechar la 
comprita de temprano ; con los primeros 
lulos que desatracaron para inquietar á 
la sardina y á la merluza ; con las prime- 
ras cigarreras que entraron en la Fábri- 
ca; con el bureo matinal de una población 
que cuenta por decenas de millar sus ha- 
bitantes, que tiene doce ó catorce perió- 
dicos, seis ú ocho fábricas entre grandes 
y chicas, Audiencia, Capitanía general, 
Colegiata, Instituto, puerto, movimiento 
aduanero.... y todas las etcéteras que aún 
pueden añadirse en honra y justo encare- 
cimiento de la gentil capital de Cantabria, 
se esparció, rodó , creció , dió mil vueltas, 
adquirió más formas que un Proteo y 
tuvo más versiones que la Biblia, el ho- 
rrendo y memorable crimen de la Erbeda. 

Según unos, tratábase de un marido 
beodo y brutal que amenazaba y pegaba 



142 



LA PIEDRA ANGULAR 



constantemente á su mujer, y á quien ésta, 
en un arranque de cólera provocado ya 
por tanto abuso, hiciera picadillo á hacha- 
zos. Según otros, la pasión de un pobre 
jornalero por la esposa de su cuñado le 
había inducido á matar á éste en la sole- 
dad de un pinar. Según los que parecían 
mejor enterados, había de todo un poco : 
el marido maltrataba á su mujer, el cuña- 
do la quería, ella se entendía con el cuña- 
do, y entre los dos tramárase la muerte, 
la cual no se ejecutara en despoblado, 
sino en la propia morada de los esposos, 
en ocasión de dormir confiadamente la 
víctima en el nupcial lecho , teniendo á 
su lado á una inocente criatura, niña de 
tres años.— Fué esta horrible versión la 
que prevaleció , la que con los rayos del 
sol , según ascendía á la mitad del cielo, 
fué esparciéndose siniestra y categórica 
por la indignada ciudad ; la confirmaron 
plenamente los periódicos de la mañana, 
que se cantaron y repartieron entre nueve 
y nueve y media, y á eso de las once vo- 
ceóse un extraordinario, especie dehoji- 
11a volante muy borrosa, que noticiaba la 



POR E. PARDO BAZÁN. 



*43 



captura del amante y su ingreso en la 
cárcel pública. 

Á buen recaudo los dos criminales, no 
por eso se calmó la efervescencia de las 
conversaciones: más bien arreció á la 
hora del almuerzo. La tarde, en vez de 
apaciguar los ánimos, los encrespó, por 
ser precisamente la hora en que se forman 
en Marineda— y en todas partes, pero 
especialmente en pueblos donde por fin 
algo se trafica y negocia— los corrillos, 
los grupos de esquina, las tertulias de las 
tiendas, los peñascos de las sociedades, 
los areópagos de banco de paseo, con 
otras manifestaciones de la sociabilidad 
humana. La opinión matutina de un pue- 
blo es siempre democrática: la forman las 
clases madrugadoras, trabajadoras, po- 
bres , y estas condenan el crimen con 
menos dureza, como si comprendiesen 
que es una enfermedad aguda á que están 
predispuestos los que ya padecen otras 
dos, crónicas y siniestras, miseriaéigno- 
ranciaba, opinión vespertina— que acaba 
porprevalecer— la condensan los burgue- 
* ses, siempre más severos, más recelosos 



M4 



LA PIEDRA ANGULAR 



de la indulgencia y más celadores del or- 
den moral externo. Por la tarde, pues, 
cuando la marea de discusiones y comen- 
tarios fuécreciendoy reventando en espu- 
ma contra las peñas de las dos sociedades 
directivas,— cada cual por suestiloy ensu 
terreno, — que se llamaban la Pecera y el 
Casino de la Amistad, fué cuando un re- 
dactor de diario marinedino , encargado 
de telegrafiar á importante publicación 
de la corte, pudo fiar al alambre estas pa- 
labras : « Reina verdadera indignación 
todas clases sociales. Excitados ánimos 
coméntanse detalles horribles». 

Nosotros, deseosos de ilustrar como 
compete la opinión del lector, nos guar- 
daremos bien de llevarle á la Pecera, 
frivola reunión de pollos y gallos (toda- 
vía en Marineda se dice así) desocupados 
y enemigos de calentarse los cascos 
metiéndose en honduras científicas. Para 
ellos, el drama de la Erbeda fué un tema 
de charla profana, humorística y picante. 
Para el Casino de la Amistad, sobre 
todo para cierto senado (no en el sentido 
etimológico de edad , sino en el simbólico 



POR E. PARDO BAZÁN. 



M5 



de respetabilidad y cordura) el drama de 
la Krbeda fué muy otra cosa: dió ocasión 
á que se luciesenprofundos conocimientos 
jurídicos y á que se aquilatasen y depura- 
sen intrincados y difíciles puntos de dere- 
cho penal. 

Como que allí se congregaban, asocia- 
dos por la comunidad de gustos y profe- 
siones, Celso Palmares, magistrado de 
la Sala de lo criminal en la Audiencia 
marinedina; Carmelo Nozales, fiscal de 
la misma; el nunca bien ponderado juris- 
consulto Arturito Cáñamo , alias Siete 
patíbulos; D. Darío Cortés, delegado de 
Hacienda, persona muy ilustrada; el bri- 
gadier Cartoné , á quien no faltaba su tin- 
tar illa ; y algunas veces ¡atención! el 
joven abogado Lucio Febrero, sobrino de 
un Presidente desala muy anciano, que 
había muerto en Madrid. Lucio Febrero 
tenía fama de gran talento — de uno de 
esos talentos exagerados, peligrosos, re- 
volucionarios , de los cuales se suele 
hablar en provincias, y aun fuera de ellas, 
en el mismo tono que se empleapara nom- 
brar una caja rellena de fulminato de 

10 



146 



LA PIEDRA ANGULAR 



mercurio.... i qué digo!.... de panclastita...! 

También solían entretejerse en este 
círculo, de tan competentes entidades for- 
mado, otras profanísimas , que no cono- 
cían ni de vista á Justiniano, pero que (si 
puede decirse sin irreverencia notoria) 
toreaban de afición. Mirándolo bien, ¿qué 
pito tocaba en ciertas cuestiones el mis- 
mo brigadier Cartoné? ¿Qué sabía de 
leyes el director del Horizonte Galaico ? 
¿Qué el bueno de Castro Quintas , enri- 
quecido con la honesta industria de fabri- 
car bujías esteáricas? ¿Qué Ciríaco de la 
Luna, modelo de honrados propietarios 
rurales, nata y espejo de detestables poe- 
tas? ¿Qué Mauro Pareja, desertor momen- 
táneo de la Pecera, solterón incorregible? 
¿Qué Primo Cova, el sempiterno guasón? 
¿Qué otros tantos como podríamos citar, 
y forman aquel núcleo , — renovado en al- 
gunos dé sus elementos por la inevitable 
entraday salida de militares y empleados, 
pero bastante fijo, en el fondo, para que 
se pueda calcular de antemano' cuál gé- 
nero de opinión y forma de discusión pre- 
valecerán en él. 



POR E. PARDO BAZÁN. 



M7 



Cuenta el Casino de la Amistad entre 
sus atractivos mayores el de un encris- 
talado vestíbulo, desde el cual la mirada 
avizor registra muy á su gusto la arteria 
principal de la población, ósea la calle lia 
mada Mayor por antonomasia, aunque no 
lo sea en tamaño, sino sólo en importan- 
cia y concurrencia. No presume este ves- 
tíbulo de compararse á la Pecera,o$\e debe 
precisamente su nombre á los altos cris- 
tales que, rodeándola por tres lados, la 
convierten en una especie de transparen- 
te caja; pero en fin, tal cual está, difícil 
es que á ios tertulianos de la Amistad se 
les escape una rata, y el vestíbulo tiene 
bastante partido, sobre todo desde que 
cesa el frío y se puede tomar allí café. 
Los días de marejada de noticierismo, el 
vestíbulo rebosa, y las sillas se desbordan 
de sus estrechos límites , pretendiendo 
invadir hasta el arroyo — porque aceras, 
dígase la pura verdad, no las posee la 
calle Mayor.... 

La tardecita del estreno del crimen, 
no bajaría de treinta personas el grupo. 
Era aquello el grand completa Se discu- 



148 



LA PIEDRA ANGULAR 



tían las versiones , se depuraban, y se iba 
cristalizando la definitiva , la que ya no se 
discute. Mauro Pareja — alias el Abad — 
gran indiscretista , tenía noticias déla 
mejor tinta posible ; como que acababa de 
echar un párrafo con Priego, el juez que 
había estado en la Erbeda á levantar el 
cadáver y á instruir diligencias. Pareja 
pronunciaba instruir con cierto retintín, 
añadiendo que no era su ánimo violar 
cosa alguna y menos el secreto de un su- 
mario tan tiernecito , impúber por decirlo 
así ; pero que seguramente, transcurridas 
las horas reglamentarias, se elevaría á 
prisión provisional la detención de la 
esposa y cuñado del interfecto , y se dicta- 
ría auto de procesamiento contra ambos, 
porque juntos habían hecho la gracia. 
Añadía Pareja otra noticia de interés: 
Priego descansara de su «penoso come- 
tido» en la quinta de D. Pelayo Moragas, 
y Priego creía que Moragas estaba.... ena- 
morado , ó punto menos, de la reo, según 
se deshacía en elogios de su aire modesto 
y simpático , el recato de sus modales y la 
dulzura de su rostro. 



POR E. PARDO BAZÁN. 



149 



Menos que esto se necesitaba para agu- 
zar la malicia de los oyentes. «¿Pero Mo- 
ragas la conoce?— ¿Qué apostamos á que 
le lavaba á Moragas la ropa sucia?— Cla- 
ro, de la Erbeda los dos....— Un idilio....» — 
Todas estas chanzonetas, agridulces en 
los más, y sólo en alguno amargas, ce- 
saron por encanto al ver perfilarse sobre 
el fondo de la venerable botica conque 
principia la calle Mayor, la figura á un 
mismo tiempo atildada y suelta, la cabeza 
canosa y el cuerpo juvenil y cenceño de 
Don Pelayo. Venía más que nunca perfila- 
do y peripuesto, de gabán gris y chaleco 
blanco, de terso y fino piqué; el sombrero, 
algo ladeado y encajado sin descuido, los 
guantes prietos, en los labios la sonrisa, 
departiendo con una señora cliente suya, 
la marquesa de Veniales, á quien acababa 
de encontrarse sin duda. Cuando iban lle- 
gando cerca del Casino , despidióse la 
señora para entrar en una tienda , y Mo- 
ragas , serio ya , como hombre que al que- 
darse solo recobra una preocupación, 
siguió caminando , fijos los ojos en las 
baldosas. Entonces Cartoné, que era cam- 



LA PIEDRA ANGULAR 



pechano, le ceceó: «Moragas, psí, amigo 
Moragas....» 

Moragas entraba rara vez en el Casino, 
ni en la Pecera, ni en ninguno de los 
círculos y sociedades de Marineda. No le 
sobraba el tiempo; su existencia estaba 
llena como un huevo, y apenas concebía 
el pugilato de ociosidad que congregaba, 
á la misma hora y en torno de la misma 
mesa, todos los días, á las mismas perso- 
nas. Sin embargo, apresuróse á acceder 
á la indicación de Cartoné, y aceptó, en 
defecto de una taza de café, que entre 
horas le encalabrinaría los nervios, un 
sorbete, que se trajo del café más próxi- 
mo, pues no tenía botillería el Casino. Y 
principiaron á llover sobre Moragas pre- 
guntas y' bromas. «Aquí se trata de dete- 
nerle á V. como complicado en el crimen 
de la Erbeda.... ¿No fué su lavandera 
de V. la que mató al marido ? Á ver, que 
declare el testigo D. Pelayo Moragas....» 

—¡Alto!— dijo Moragas festivamente.— 
Ni aun como testigo me pueden á mí me- 
ter en ese berengenal. Esta mañana, cuan- 
do leí los periódicos, pensaba para mis 



POR E. PARDO BAZAN. 



adentros : ¿no es raro que, viviendo ella 
en el mismo lugar donde tengo mi huerte- 
cilio, no conozca á esa mujer? Puede que 
sea de las pocas de allí que yo no haya 
visto, ni mirado. Y no es mal parecida.... 

—¡Hola! 

— ¡ Vamos! 

—¿Conque guapa ella? 

—Guapa.... no. Lo que tiene es un aire 
de compostura, un buen modo.... que gus- 
tan y sorprenden, por lo mismo que con- 
trastan con el hecho que se le atribuye.... 
Y digo que se le atribuye, porque en rea- 
lidad, por ahora, nada se ha concre- 
tado. 

— Hombre , pónganos V. en el secreto.... 
Sus noticias son autorizadas.... Ha confe- 
renciado V. ayer con Priego.... 

— i Conferenciar !....— Y Moragas se rió, 
descabezando por medio de la boca del 
barquillo la pirámide del sorbete. — Si es 
que estaba yo en la galería...., y como 
Priego pasaba cansado y fastidiado de la 
tarea, entró á refrescar con un tanque 
de cerveza alemana.... Ni él mismo sabía 
gran cosa. Eran los primeros instantes.... 



152 



LA PIEDRA ANGULAR 



— ; Respetemos el secreto del sumario ! 
— dijo Primo Cova. 

— Vds. lo meten á barato, — observó 
con melancolía el magistrado D. Celso 
Palmares, sacudiendo una cabeza amari- 
llenta, pálida, color de legajo viejo, asaz 
entristecida por el tono telarañoso del ca- 
bello ralo;— pero nosotros.... nosotros, á 
cargar con la cruz. Esperaba yo que en 
esta Audiencia no se ofrecería nunca un 
caso así.... 

— Lo que es de ésta.... — interrumpió 
Carmelo Nozales, el fiscal, — me da es- 
pina de que el Sr. D. Celso no podrá 
mantenerse fiel á su propósito de jubi- 
larse sin haber firmado una sentencia de 
muerte.... 

La fisonomía del magistrado se enlo- 
bregueció más aún, y sus cejas se frun- 
cieron, como indicando gran desagrado 
en la conversación. Mauro Pareja com- 
prendió que ésta era muy indiscreta , y la 
torció, llevándola al terreno de la actua- 
lidad. 

—Lo cierto es que crímenes de este ca- 
libre no se ven todos los días, si se con- 



POR E. PARDO BAZÁN. 



«53 



firma la versión última.... que parece la 
verdadera.... 

—¿Qué versión ?— preguntó Lucio Fe- 
brero , el cual llegaba en aquel mismo ins- 
tante y se incrustaba en el círculo, sin 
tomarse ni el trabajo de dar las buenas 
tardes. 

Su llegada produjo impresión. Las ca- 
bezas se volvieron hacia él ; los ojos bus- 
caron sus ojos. 

—¿Así está V.? — exclamó Moragas.— 
¿Tanta afición á la criminología , tanto 
revolver autores franceses, italianos y 
rusos, y desdeña V. la parte experimen- 
tal? Porque, para V., el estudio de un 
crimen es como para mí el de un caso pa- 
tológico.... mal que le pese al amigo señor 
Cáñamo, que á cada cosa que V. hace ó 
dice toma el cielo con las manos. 

— ¿ Yo ?.... — murmuró el jurisconsulto 
aludido , con una sonrisa que quería pare- 
cer almíbar y era rejalgar muy carga- 
dito de arsénico.— No; si á mí el Sr. Fe- 
brero ya me lleva convencido. Tales ar- 
gumentos me va presentando , que me 
rindo : no hay diferencia alguna entre el 



*54 



LA PIEDRA ANGULAR 



criminal y el hombre de bien, y á los reos 
los debe sentenciar el tribunal.... á co- 
merse una libra de yemas. 

Lucio Febrero — mozo de buen talle y 
gallarda figura, digno sobrino carnal de 
aquel hermoso anciano que conocimos en 
Morriña — se sonrió con indulgencia iró- 
nica , mirando serenamente á Arturito 
Cáñamo , el cual , por su parte , evitaba la 
mirada del joven abogado, á quien de 
muerte aborrecía. Ha de saberse que Cá- 
ñamo, acabado de establecer en Marine- 
da, con propósitos de barrer — calculaba 
para sus adentros — los demás bufetes 
importantes, y persuadido de que para 
conseguirlo necesitaba filosofar de pala- 
bra y en letras de molde, Arturito Cáña- 
mo, digo, era un implacable penalista, y 
ya tenia escritos dos folletos abogando 
por la pena capital — por lo cual los mari- 
nedinos, que no carecen de travesura, le 
habían puesto el apodo de Siete patíbu- 
los ,y, bien que con menos éxito, el de 
Una horca encada esquina,-— así como al 
fiscal Nozales le llamaban Grocio y Pu- 
fendorf, por su afición á citar á estos dos 



POR E. PARDO BAZÁN. 



*55 



tratadistas siempre juntos, como si fue- 
sen uno solo. — Al aparecer en Marineda 
Lucio Febrero, con su aureola de brillan- 
tes estudios, con el prestigio de su figura 
y de su dicción enérgica, y con la arrolla- 
dora fuerza de sus ideas «disolventes», 
Cáñamo presintió, venteó en él al rival, 
al que podía cerrarle para siempre el ca- 
mino de la fama y de la gloria. Á la ver- 
dad, Febrero siempre advertía que no 
pensaba fijarse en Marineda, sino que 
residía allí temporalmente, para evacuar 
ciertos negocios de intereses relaciona- 
dos con la testamentaría de su madre; 
pero ¿no sería hábil disimulo? ¿No lleva- 
ría el maquiavélico fin de ir insinuándose 
con el público y minándole á él, á Cáña- 
mo, el terreno donde principiaba á sentar 
el pie? ¿No tenía Cáñamo en Febrero el 
enemigo natural que acosa á cada ser? 
Y aunque así no fuese, ¿cabía la menor 
duda de que Febrero había de eclipsar y 
deslucir á Cáñamo , y era el innovador, 
el nihilista, el anarquista del derecho pe- 
nal, que con sus insensatas pero fascina- 
doras teorías había de arruinar las espe- 



i 5 6 



LA PIEDRA ANGULAR 



ranzas de Cáñamo.... y el edificio social 
por contera? 

Los ojos de Siete patíbulos vagaban 
por la mesa, huyendo la franca, risueña 
y desdeñosa ojeada de Febrero: sin em- 
bargo, continuó, exajerando su sonrisita 
empapada en hiél : 

— Señores, lo dicho: el Sr. Febrero 
ha llevado el convencimiento á mi áni- 
mo. Ya me tienen Vds. convertido...., á la 
blasfemia, al ateísmo jurídico, al mate- 
rialismo, al darwinismo desenfrenado y 
radical. Nada : discípulo me hago del se- 
ñor Febrero; hay que amoldarse á los 
tiempos y dejarse ir con la corriente. 
Aquí me tienen Vds. dispuesto á ser pro- 
tector y defensor de todo asesino... ¡Digo 
asesino! ¡Si no los hay ! El Sr. Febrero me 
los identifica con el hombre intachable. .. 
Para él tanto monta el que estrangula á 
la madre que le dio el ser y el que la cui- 
da y vela amoroso.... 

Volvió Febrero á mirar á Cáñamo fija- 
mente, ya con más desprecio que chun- 
ga , y buscando en el bolsillo la petaca, 
respondió alzando los hombros al ataque 



POR E. PARDO BAZÁN. 



*57 



de su adversario. Era Febrero vivo, apa- 
sionado, y su temperamento sanguíneo- 
nervioso le impulsaba á la discusión, como 
impulsan al atleta á la lucha sus músculos 
de hierro: no obstante, había resuelto — 
y era hombre que se cumplía las palabras 
á sí propio— no dejarse conducir al terre- 
no polémico por Siete patíbulos. Dos 6 
tres frases sueltas, más ó menos contun- 
dentes ó festivas...., con eso sobraba. Á 
Cáñamo este sistema le llevaba al frenesí. 
• —La verdad— aseveró Palmares— que 
las teorías del amigo Febrero son.... fuer- 
tecillas, fuertecillas. Echan por tierra la 
administración de justicia. 

— Si se aplicasen al ejército— observó 
Cartoné— me lo tenían Vds. disuelto en 
una semana. Sembraría en las filas la in- 
disciplina y la insubordinación.... Repito 
que no había ejército posible. 

— Ni administración publica— argüyó 
el delegado de Hacienda.— Tenemos que 
penar severamente los atentados contra 
la propiedad, sea pública ó privada. El 
conceptodel delito es labase déla respon- 
sabilidad administrativa. Sin embargo, 



I5 8 



LA PIEDRA ANGULAR 



me parece que Vds., al pinchar al amigo 
Febrero (que ya nos deja por cosa per- 
dida y renuncia á defenderse), le atribu- 
yen teorías que él no profesa, ó al menos 
interpretan las que profesa de un modo 
muy violento, extremándolas y dándoles 
un alcance que no tienen. ¿Me equivoco, 
Febrerito? 

—Usted lo ha dicho, Sr. Delegado — 
respondió Febrero sacando la primer chu- 
pada de un pitillo y enarcando las cejas, 
movimiento que trazaba dos ó tres arru- 
gas sobre su tersa frente, bien calzada de 
negro pelo. 

— Pues claro está, (apoyó Moragas, 
gran admirador y simpatizador de Febre- 
ro). El que oiga á Cáñamo , pensará que 
Lucio se empeña en convertir á la socie- 
dad en presidio suelto, y que va á fundar 
premios para el que saque los hígados á 
su suegra y se meriende una chuleta de 
niño recién nacido.... Lo que hace Febre- 
ro es estudiar esas cuestiones desde un 
punto de vista científico, y nada más. 

— ¡ Ah!....— vociferó Arturito, cuyos ojos 
parados y abultados, que Primo Cova 



POR E. PARDO BAZÁN. 



159 



comparaba á dos huevos duros, se inyec- 
taron de sangre y bilis. — ¡ Ah ! , pues 
ahí esta precisamente el error, ¡el error 
funestísimo y de espantosas consecuen- 
cias! El punto de vista en que hemos de 
colocarnos para estudiar cuestiones tan 
trascendentales, no ha de ser científico, 
sino moral, moraal, moraaaal.... Es decir, 
que ese arduo, arduísimo problema, per- 
tenece de derecho á la esfera de las cien- 
cias morales y políticas.... No, señores; 
no es con el criterio de la materia inerte 
y ciega, del fatalismo y del determinismo 
absurdos, de Epícuro y Busnér, de la pie- 
dra que cae, ni con el escalpelo del ana- 
tómico en la mano, como han de decidir- 
se ciertas cosas.... Sólo que, en estos días 
aciagos, los partidarios de la evolución y 
la selección, el atavismo y la transmisión 
hereditaria , los ciegos esclavos de la filo- 
genia y la embriogenia, se obstinan, me- 
noscabando nuestra dignidad , arrastrán- 
dola por el lodo , en borrarnos el carácter 
de racionales, y en equipararnos al oran- 
gután, ó sea al mono antropomorfo, como 
ellos dicen !.... 



íóo 



LA PIEDRA ANGULAR 



Al oir esta erudita parrafada, Palmares, 
el magistrado, se puso aún más tétrico, la 
mismo que si ya se viese orangután hecho 
y derecho, ó le estuviesen enseñando por 
un cristalito la jeta de los antropomorfos 
de que descendía ; Moragas, con disimulo 
y por debajo de la mesa, hizo burlesca- 
mente el ademán del que da cuerda á un 
reloj , y Pareja, asestándole un codazo á 
Cartoné , dijo alto : 

— Á ver, á ver qué contesta Febrero. 
Me parece que el discurso no tiene vuel- 
ta. ¿Será V. capaz de pulverizará Cá- 
ñamo? 

—Bien seguro está Cáñamo de que yo * 
le pulverice — respondió el joven letrado 
determinándose á hablar y tirando el ci- 
garrillo.— ¿Cómo quieren Vds. que uno se 
atreva á discutir con persona de cono- 
cimientos tan vastos? La mitad de las 
cosas que acaba de nombrar Arturo, yo 
no sé lo que son, ni si se comen con cu- 
chara. De manera.... 

—De manera que si V. toma á guasa 
estas cuestiones, entonces.... — exclamó 
con ira Cáñamo. 



POR E. PARDO BAZÁN. 



l6l 



—Eso no, ¡vive Dios!— replicó Febre- 
ro, á cuya cara trigueña subió una lla- 
marada de sangre, y cuyos ojos brilla- 
ron.— ¡ Eso no ! Tan por lo serio las tomo.... 
que no las discuto con V. 

— Señor mío, esa apreciación..., sobre 
todo entendida al pie de la letra.... 

—Señor mío, es V. muy dueño de en- 
tenderla al pie de lo que le plazca.... y de 
continuar ilustrándonos.... 

— ¡Quiá! (respondió verdoso de despe- 
cho Siete patíbulos) ; si quien nos ha de 
ilustrar es V. De V. aprenderemos aquella 
peregrina y curiosa noticia, de que el cri- 
men empieza en el reino vegetal.... ¿Qué, 
Vds.no lo sabían? Pues Sr, Palmares, 
Sr. Nozales, el mejor día tendrán Vds. que 
juzgar y condenar á cadena perpetua á 
algún puñado de alfalfa ó á algún pimien- 
to.... porque según el Sr. de Febrero.... (¿á 
que no se atreve ahora á repetir la excen- 
tricidad?) hay plantas delincuentes, plan- 
tas ladronasy plantas asesinas.... asesinas, 
pero no crean Vds. que así de cualquier 
modo, sino con premeditación, alevosía, 
ensañamiento.... todas las agravantes! 

1 1 



IÓ2 



LA PIEDRA ANGULAR 



— Y diría la verdad el que lo dijese— 
advirtió Moragas recordando algo que 
había leído en su Revue de Psichyatrie. 
Son las plantas insectívoras.^ Ya lo 
creo que asesinan.... 

Las carcajadas del grupo no dejaron á 
Moragas explicar el fenómeno. Arturito 
había ganado mucho terreno al conven- 
cer á su adversario de sostener tan extra- 
vagante tesis. Febrero hacía señas á Mo- 
ragas de que callase, pero Moragas in- 
sistió : 

—Según eso, ¿se reirán Vds. de la cri- 
minalidad en las bestias? Pues la hay, y 
penalidad también. ¿No se acuerdan de 
que, en la Biblia, la ley de Moisés con- 
dena á muerte al buey que cause la de 
un hombre? ¿No hemos leído hace poco 
en los diarios que habían procesado á un 
toro, no recuerdo por cual desaguisado 
análogo? 

— Sí, todo eso es muy lógico — silbó 
Arturito, encarándose con Moragas; — 
admitamos que son criminales las beren- 
genas, y criminales los grillos...., jcon 
tal que no lo sea el hombre! Vds. quieren 



POR E. PARDO BAZÁN. 163 



suprimir la noción del crimen ; y al su- 
primir la noción del crimen, la de la res- 
ponsabilidad ; y con la noción de respon- 
sabilidad, la del libre albedrío ; y supri- 
mida la del libre albedrío , á tierra la del 
castigo; y con el castigo, la de la vin- 
dicta pública, ó sea la conciencia social, 
y otra noción más altísima , si cabe : la 
noción de.... 

— Eche V. nociones — interrumpió Fe- 
brero—y así que acabe, ¡hágame el fa- 
vor de permitir que me cuenten la última 
versión del crimen! Supe ayer que se ha 
cometido un parricidio en la Erbeda; pero 
dicen Vds. que hay nuevos datos, y yo, 
entretenido con unos libros que me lle- 
garon por correo, no he cogido un pe- 
riódico local esta mañana. 



1 



IX 



Pues hay detalles que espeluznan— con- 
testó Nozales.— De una ferocidad dig- 
na de salvajes, inconcebible, repulsiva. 

—¿Está V. ya informando?— preguntó 
con socarronería Primo Cova. 

—Como si estuviese,— replicó no sinim- 
paciencia el Fiscal,— Ni prejuzgo nada, 
ni los señores (señaló á Palmares), ni 
70, ni persona alguna, han de formar su 
opinión por lo que hoy se platique, sino 
por la luz que arroje el sumario ; pero 
admitamos provisionalmente que sea ver- 
dad lo que dice la mayoría de la prensa.... 
y reconozcan que el crimen es de los de 
patente.... Al anochecer se recoje á su ho- 
gar un trabajador honrado , un infeliz ca- 
rretero, y cena pacíficamente en compañía 
de su esposa y de una inocente criatura.... 



i 66 



LA PIEDRA ANGULAR 



Se acuesta en el lecho conyugal , á repo- 
sar las fatigas del día.... Apenas la inicua 
de su mujer le ve dormido, y dormida 
también á la criatura en la misma cama, 
¡qué horror! sale y se va en busca del 
querindango, que es por cierto el mismo 
cuñado de la futura víctima.... Y vienen; 
y ella le entrega al amante el cuchillo , y 
pone debajo de la cabeza del marido un 
barreño, y descuelga el candil, y alumbra, 
y lo sangran como á un cerdo, allí mismo, 
allí donde dormía su hija, la niña inocen- 
te , que ni siquiera abre los ojos.... Y luego 
desocupan en el río la sangre recogida en 
el barreño, y visten el cadáver, y el cuña- 
do lo atraviesa en un burro y lo deja en 
un pinar, no sin triturarle la cabeza á ha- 
chazos, para que se crea que fué muerto 
allí, en riña ó sabe Dios como.... ¡Todo 
para gozar á sus anchas una pasión impu- 
ra y brutal! 

El grupo escuchaba con interés tan ar- 
tístico relato. Al terminar la narración 
Don Carmelo, exclamó Cartoné, que ju- 
raba como los galanes de las comedias- 
viejas : 



POR E. PARDO BAZÁN. 



IÓ7 



—i Por vida !... \ Voto á sanes ! 

Y Moragas intervino con vivacidad : 

— Sr. Nozales, no sirve.... Aquí no es- 
tamos dramatizando una acusación, á lo 
Meléndez Valdés.... El honrado carretero 
era un borrachón muy holgazán y muy 
bárbaro, que le daba á su mujer cada pa- 
liza.... Esa noche gastaba una curditis 
que no se podía tener ; sóLo así se explica 
que se dejase matar sin el menor conato 
de defensa. Y en cuanto á que fué por 
gozar de una impura pasión...., dicen que 
ya la gozaban sin necesidad de matarlo, y 
que él estaba perfectamente al cabo de la 
calle.... Así pues, algo hay ahí...., algún 
misterio , algún enigma psicológico , ó 
fisiológico, ó las dos cosas, y á Vds., se- 
ñores míos, toca esclarecerlo. 

—Ya he dicho que no prejuzgo.... — ad- 
virtió Nozales mordiéndose los labios. 

— No prejuzga V.... pero acusa.... 

—Nada...., á estos señores, ¿sabe V. lo 
que hay que decirles, para que estén con- 
tentos? — intervino Siete patíbulos .—Pues 
hay que decirles que todo delincuente se 
encuentra en estado de demencia, y que 



i68 



LA PIEDRA ANGULAR 



sólo por eso cometió el crimen. Yo tengo 
un sobrinito que pega á sus hermanas; 
y cuando su madre le riñe , ¿acierten 
por dónde sale el chiquillo? Dice que 
no lo pudo remediar : que le subió por 
el estómago una cosa , una cosa.... , y 
que, ai llegar á la mano, se le convir- 
tió en bofetada.... Estos de la impulsión 
irresistible son como el rapaz...., y si á 
aquel lo curamos á fuerza de azotes, á 
estos.... 

— ¿Nos daría V. una azotaina?— interro- 
gó Febrero mirando á Cáñamo con sobe- 
rana insolencia festiva.— Ya meló sospe- 
chaba yo, Sr. de Cáñamo. Ya suponía 
que, por gusto de V., restableceríamos 
en todo su esplendor el trato de cuerda, 
las pesas, el potro, las cuñas, las seis 
azumbres de agua echadas por un embu- 
do, con otros modos finos de preguntar 
que gastaban nuestros insignes abuelos. 
Y también pondríamos en vigor la muti- 
lación de manos y pies, la perforación de 
la lengua con hierro candente, las pen- 
cas, las mujeres untadas de miel y em- 
plumadas, los hombres hechos cuartos y 



POR E. PARDO BAZÁN. 



169 



la marca roja en las espaldas.... Toda la 
penalidad infamatoria y torturadora, de 
la cual conservan Vds. con tanto celo lo 
poco que resta.... Y ¡ay del que toque á 
esos restos!.... ¿verdad , Sr. de Cáñamo? 
Eso es el Sancta Sanctorum.... 

La fisonomía verdosa de Cáñamo se 
contrajo, y sus acentuados pómulos pali- 
decieron de enojo : su voz era temblona 
y furiosa al contestar : 

—Ya.... ya.... ya sé que ahí va á parar 
todo...., que ese es el objetivo de las su- 
puestas reformas, y el fin á que tienden 
todas esas infames teorías. ¡Se quiere 
establecer la irresponsabilidad, para, á 
su sombra, echar por tierra lo único que 
sustenta este edificio minado por todas 
partes , atacando á la sociedad en sus mis- 
mos cimientos ! ¡Se quiere alcanzar con 
la piqueta la base, el centro misterioso 
en que descansan la paz, el orden , la jus- 
ticia , la concertada marcha de todo el 
organismo social! ; Se quiere.... , ¡horror 
causa el decirlo !...., tocar á la piedra an- 
gular, abolir la última pena!.... 

Al nombrar la última pena, armóse en 



LA PIEDRA ANGULAR 



el grupo una especie de motín : cada cual 
quería emitir su opinión, objetar, afirmar, 
negar, discurrir. Pero sobre la marea de 
tantas opiniones como iban á ilustrar el 
asunto, sobresalió la voz de Primo Cova, 
que chillaba en agudo falsete : 

— No le toquen Vds. ese punto á Cáña- 
mo.... j La pena de muerte! Pues si esa es 
su parte sensible.... ¿No lo sabían? Ha es- 
crito sobre el asunto en todos los diarios 
de la región, de la corte y de América, y 
se calcula que el total de los artículos que 
lleva publicados podrá pesar así como 
unos treinta quintales.... Las empresas 
Funerarias se han asociado para regalar- 
le una corona de abalorio negro.... Ha 
ilustrado la materia con profundísimas 
investigaciones ; se ha metido en el bol- 
sillo á Becaria, á Filangieri y á Silvela: 
Sólo nos ha dejado una duda , una incer- 
tidumbre horrorosa.... jNo ha podido de- 
cirnos categóricamente cómo se conjuga 
la primera persona del presente de indi- 
cativo del verbo abolir! No acaba de re- 
solver si ha de decirse yo abuelo ó yo 
abólo! Ya desesperado, optó por la solu- 



POR E. PARDO BAZÁN. 1 7 I 



ción mixta y escribió esta copla.... ¡Verán 
qué copla! 

« Mi abuela quiere que abuela 
Yo la pena capital : 
¡ Yo no soy bolo, y no abólo 
La garantía social ! » 

Grandes carcajadas corearon la imper- 
tinente gracia de Primo Cova. La conver- 
sación perdió su carácter de seriedad, 
borrándose el sombrío tinte que le comu- 
nicara el relato del crimen, y se enzarzó, 
entre chanzas y epigramas, alentadas por 
el visible enojo del amoscado Arturito, 
una contienda puramente gramatical, en 
que todos echaron su cuarto á espadas so- 
bre si debe decirse abuelo ó abólo, cau- 
sando indignación y ardientes protestas el 
parecer de Don Dario Cortés, quien afir- 
maba que no se dice de un modo ni de 
otro, sinoco abulo,y alegaba autorida- 
des y razones serias. Es increíble el fuego 
conque sostuvieron tan mezquina dispu- 
ta. Olvidadas quedaron las cuestiones que 
habían principiado á agitarse, el grado 



172 



LA PIEDRA ANGULAR 



de responsabilidad de los criminales y la 
conveniencia de la última pena ; y aquel 
grupo— relativamente consciente, ilustra- 
do , grave — más encrespado de pronto 
que el mar en día de tormenta, rompió 
en frases agrias y batalladoras , cruzó 
apuestas, voceó hasta echar abajo el Ca- 
sino y tener que advertirles el mozo que 
no gritasen, «que se oía mucho desde fue- 
ra». Finalmente, varios campeones «se 
jugáronla cabeza,» por una desinencia 
de mala muerte, como aquellos griegos 
de Bizancio que se mataban por el modo 
de persignarse, mientras cada vez más 
próximo retumbaba el casco del caballo 
del invasor! 

Tampoco de esto quiso disputar Febre- 
ro. Imitando su ejemplo Moragas (que en 
otra ocasión no dejaría de alborotar, lo 
mismo que cada quisque), al poco rato 
salieron juntos abogado y médico, y sin 
ponerse de acuerdo, sin decirse palabra, 
apenas doblaron la esquina que conduce 
al paseo del Terraplén, enlazaron los bra- 
zos como personas dispuestas á platicar 
largamente, á lo cual les convidaba la 



POR E. PARDO BAZÁN. 



*73 



serenidad del anochecer y la molicie de la 
atmósfera, ablandada por la primavera y 
entonada de vez en cuando por un hálito 
salitroso venido del mar. Ya bogaba en el 
cielo el ligerísimo esquife de la luna nue- 
va, y el lucero destellaba, como una mi- 
rada fija y amorosa de la cual parece que 
va á desprenderse llanto. 

Ninguno de los dos hombres,— que sin 
estar unidos por antigua ni por fuerte 
amistad , lo estaban en aquel punto por la 
afinidad de sus corrientes de pensamiento 
y de sentimiento , — pronunció palabra 
hasta verse fuera de la zona de arbolado 
tupido, recortado y simétrico que forma 
el lucido y amplio paseo del Terraplén. Y 
es que por allí no había solamente árbo- 
les, sino también seres humanos, pasean- 
tes ociosos. Traspasada la última hilera 
de plátanos y acacias, encontráronse en 
el Malecón , siempre solitario , y que tiene 
por horizonte las aguas, entonces apaci- 
bles y suavemente rizadas, de la bahía. 
Moragas fué el primero en estallar (Fe- 
brero era, aunque vehemente, más con- 
centrado, y tenía ya e'l hábito de reprimir- 



l 74 



LA PIEDRA ANGULAR 



se que adquieren á la larga los verdade- 
ros innovadores). 

— ¿Ha visto V.? i Qué caterva! ¡Valiente 
areópago! Así es que yo no pongo el pie 
nunca ahí.... 

—Yo sí suelo ir; — respondió Febrero. 
—Les dejo hablar, les oigo...., y aprendo, 
aunque parezca mentira. Y eso que ya 
delante de mí se recatan ellos bastante. 
No sé de dónde han sacado que me río 
de lo que dicen. Lo que no hago es to- 
mar parte en las disputas. Eso no; por 
nada del mundo. Siendo, como soy, un 
hombre que se cree nacido parala pro- 
paganda, considero que para esta propa- 
ganda oral, ni están maduras aquí las coñ- 
ciencias, ni preparado el terreno. No diré 
que fuese enteramente mala la propagan- 
da oral, siempre que recayese en un au- 
ditorio escogido, capaz de recibir la idea 
con cierta nitidez, y de devolverla y comu- 
nicarla, mas sin alterarla mucho. Arrojar- 
la ahí, en el Casino de la Amistad, ó en 
cualquier Casino, para que la ensucien, 
la desfiguren y la pisoteen.... , eso sí que 
no lo haré yo.... Sería profanarla...., y pro- 



PCR E. PARDO BAZÁN. 



»75 



tañarla en balde. — No crea V. que no me 
ha costado aprender á reprimirme, á son- 
reír y á callar , cuando oigo todo género 
de atrocidades y de absurdos; á no per- 
der jamás la sangre fría; á esquivar los 
ataques de los necios malignos, como ese 
Cáñamo, que siempre me andan buscando 
las cosquillas para poder decir que me 
refutan, y á imponerme por mi propia 
calma y retraimiento, que, tarde ó tem- 
prano, hacen efecto en la muchedumbre. 
Así es que.... me reprimo y me reprimiré, 
y á mino me han de meter en ninguna 
danza ridicula. Ya ve V. lo que ha sido la 
conversación de hoy ; una serie de inco- 
herencias y de extravagancias, y al final 
una de esas cuestiones gramaticales tan 
bizantinas y tan empalagosas...., de la 
cual sacarán todos lo que el negro del 
sermón. No: no hay más propaganda que 
la del periódico (sin aceptar tampoco la 
polémica periodística , á no ser con gente 
bien educada y de mucho fuste, y claro 
que me refiero á periódicos de Madrid), 
la del libro, y la acción parcial sobre la 
conciencia de algunas personas ilustra- 



176 



LA PIEDRA ANGULAR 



das, serias, debidamente preparadas, y 
que crean en Dios y en el progreso hu- 
mano.... , como cree V. 

— Á pies juntillas — aseveró Moragas, 
deteniéndose un instante y mirando á la 
bahía, espectáculo cuya magia le parecía 
mayor en aquel instante. — De lo primero 
se me figura que no dudo jamás : de lo se- 
gundo, sólo me entran hormigueos y es- 
cozores al verme entre mucha gente como 
la de hoy.... Cáñamo, sobre todo, es un 
tipo.... Asusta pensar que ese hombre as- 
pira á la magistratura.... ¿ V. cree que no 
sería capaz de restablecer el tormento? 
¡Como pudiese! 

— ¿Y qué tendría de extraño? Los tiem- 
pos del tormento están muy próximos; son 
de ayer...., ¡ qué digo !, de hoy ; esos proce- 
dimientos se emplean aún en muchos si- 
tios, y si sacamos bien la cuenta, resulta 
que hay todavía más humanidad que admi- 
te el tormento, que humanidad que lo re- 
chaza. El mundo no tiene hoy por hoy sino 
una cascarilla de civilización que puede 
levantarse con un alfiler, apareciendo de- 
bajo la barbarie primitiva. No hay que 



POR E. PARDO BAZÁN. 



177 



impacientarse : resignarse, tener cuajo.... 
y hacer lo que se pueda, que unas veces 
me parece poco y otras muchísimo.... se- 
gún el humor de que me encuentro y el 
punto de vista en que me coloco. 

Hablando así, habían cruzado la parte 
de barga del malecón que costea el paseo, 
y se acercaban al punto donde asombran 
y obscurecen la superficie de la bahía mu- 
chas embarcaciones chicas, vacías, con 
el velamen arriado, cruzados los remos 
sobre la borda, inmóviles. Un fuerte y 
penetrante olor de yodo y algas subía del 
agua, y allá á lo lejos, los faroles del ba- 
rrio de la Olmeda trazaban sobre la su- 
perficie deshechos rizos de luz. Sin darse 
cuenta de ello, nuestros paseantes toma- 
ron la dirección del muelle de madera ó 
Espolón, que les tentaba, por ser en él á 
aquellas horas la soledad no ya relativa, 
sino absoluta. Adelantaron por el tablado 
cimbrador, siempre misteriosamente es- 
tremecido por la acción de las olas, aun 
en días de completa bonanza, como era 
aquél. Y se internaron, se internaron, 
cual si al avanzar por aquel camino que, 

12 



178 



LA PIEDRA ANGULAR 



señalando la dirección del Océano, no 
conducía sino á una luz roja, adelantasen 
por el fatigoso y desierto Via Crucis del 
consabido progreso. Á uno y otro lado no 
tenían sino mar ; la tablazón mal junta 
les dejaba ver bajo sus pies agua, agua 
sombría ; á lo lejos distinguían la enor- 
me mole de una fragata alemana, que ha- 
bía entrado en puerto haría cosa de hora 
y media, y al extremo del Espolón larguí- 
simo , el mástil de la draga , que se erguía 
hacia el cielo, como afirmando lo que Mo- 
ragas acababa de reconocer tan esplíci- 
tamente — Dios y el progreso humano. 

Ya en la punta del Espolón, detuviéron- 
se los dos interlocutores, y convidados 
por la apacible temperatura, se sentaron 
en una gruesa viga, con el rostro vuelto 
hacia la extensión del mar, del cual venía 
ese aire tónico y esa frescura estimulante 
que parecen disponer el alma á la lucha 
y al peligro. La sábana de agua , limitada 
hacia la derecha por gracioso anfiteatro 
de redondeadas montañas, extendíase sin 
término á la izquierda, y á pesar de su 
completa serenidad, no cesaba un instan- 



POR E. PARDO BAZÁN. 



I 79 



te de exhalar ese quejido que recuerda el 
sordo rumor de una multitud humana, ó 
el bramido del viento al engolfarse en las 
selvas. 

Moragas se volvió hacia Febrero, y en 
voz baja (aunque allí nadie pudiese oír- 
les) le susurró : 

—Para mí el crimen es.... una dolencia, 
y el criminal, un enfermo. Y esa dolencia 
puede combatirse , y muchas veces cu- 
rarse. Castigarse.... ¿por qué? ¿Castiga 
V. al que tiene un cáncer, al que sufre de 
una úlcera? 

— Ahí empezamos á diferir — respondió 
Febrero. — V. es, por lo que veo, correc- 
cionalista. Yo.... ó voy más allá.... ó me 
quedo más acá.... No sé. Creo que hay un 
tipo humano que, por su organización, 
está dispuesto á ser criminal. No pien- 
se V. que supongo que ese hombre nace 
como un ser extraño, como una anomalía 
de la especie. Al contrario : es la humani- 
dad la que en su origen fué criminal toda: 
cuanto más atrás vaya V., ayudado por 
los escasos datos científicos que ya po- 
seemos, más verá al hombre de las épo- 



i8o 



LA PIEDRA ANGULAR 



cas primitivas ejerciendo como cosa co- 
rriente el homicidio, el robo, la violación, 
el canibalismo.... Los actos que más es- 
pantan hoy. Aún quedan en el globo ejem- 
plares de lo que pudieron ser las colecti- 
vidades primitivas, y son los salvajes de 
ciertas razas. ¿Que hacen los señores su- 
pervivientes de la edad de piedra? Co- 
merse los unos á los otros, entregarse li- 
bremente al instinto más bestial.... Y lo 
que en los salvajes permanece en forma 
colectiva, en los países que llamamos 
civilizados se presenta como caso aisla- 
do.... pero se presenta.... y es á lo que da- 
mos el nombre de criminal , cuando real- 
mente debía nombrarse un aparecido, un 
espectro de otra edad, un resucitado.... ó 
como se dice en lenguaje científico, un 
caso de atavismo 9 no porque en toda fa- 
milia de criminal haya ascendientes cri- 
minales, sino por ser criminal toda la as- 
cendencia del hombre.... Esto que le vo} T 
indicando á V., y que Cáñamo llamaría 
teorías infames , no es sino una aplica- 
ción, al estudio de la antropología , de dos 
profundos dogmas cristianos: el de la caí- 



POR E. PARDO BAZÁN. 



1S1 



da ó pecado original, y el de la reden- 
ción.... Por eso á la obra redentora — aun- 
que en mínima parte— podemos cooperar 
todos, grandes y chicos.... 

—Así lo he creído siempre— interrum- 
pió con entusiasta alegría Moragas.— En 
mi esfera, lo he practicado mucho.... si- 
quiera para compensar las ocasiones en 
que todos tenemos algo de humanidad 
primitiva.,., que son, por mi parte, las 
sexuales.... ¡A sangre fría , lo reconozco 
humildemente!.... 

Febrero sonrió de la sinceridad conque 
se expresaba el Doctor, muy notado, en 
sus tiempos, de afición á faldas 

—Ya ve V.— prosiguió Febrero — que 
pensando yo así, no hay calumnia más 
risible que la de acusarme de defensor y 
amigo de los criminales.,.. Al oir y leer 
ciertas críticas que se hacen de los que 
queremos plantear el estudio y conoci- 
miento racional del crimen, parece que 
nuestro propósito es santificar el grillete 
y elevar á los asesinos á la categoría 
de mártires. Yo estoy á cien leguas de 
ese sentimentalismo.... i Pero métaselo 



182 



LA PIEDRA ANGULAR 



V. en la cabeza á Cáñamo y comparsa! 

—Algo de eso me pasa á mí— interrum- 
pió Moragas.— Si no considero precisa- 
mente mártires á los criminales, confieso 
que tengo para ellos una indulgencia , una 
piedad especial.... 

— ¡Ah! — exclamó el joven abogado. — 
Lo sé: no tenía V. que decírmelo. Vds., los 
que creen en el arrepentimiento, en la co- 
rreción y en la enmienda, proceden impul- 
sados por el sentimiento ; empapados en 
ciertas ideas profundamente cristianas, 
son Vds. redentoristas : para Vds. carece 
de valor el fenómeno de la reincidencia, 
que tanto nos da en qué pensar á nosotros. 
Pues mire V.: la sabiduría popular les 
desmiente áVds.: «El lobo dejarálos dien- 
tes, pero no las mientes. Quien malas ma- 
ñas ha, tarde ó nunca las perderá. Genio y 
figura, hasta la sepultura....» ¡El sentimien- 
to! No importa que V. sea todo un hombre 
de ciencia, ni que en los asuntos de su 
profesión esté habituado á aplicar plena- 
mente el método esperimental y positi- 
vo.... En esto del estudio del crimen, pro- 
cede V. también por sentimiento, lo mis- 



POR E. PARDO BAZÁN. 



•8 3 



mo que Cáñamo.... ¡No se asuste! El ne- 
cio de Cáñamo obedece al sentimiento; 
pero al sentimiento malo, inconfesable, 
indigno, del rencor, el miedo y la ven- 
ganza. El criminal, para él, es un enemigo 
personal ; el verdugo, un aliado y un de- 
fensor; el patíbulo, la piedra angular. 
¿Quién lo duda? Cáñamo se inspira en la 
primitiva ley de la humanidad , que fué la 
del talión: ojo por ojo y diente por dien- 
te. Y así como todavía viven entre nos- 
otros ejemplares de humanidadprimitiva, 
todavía ese espíritu de venganza perso- 
nal subsiste en los códigos. El origen de 
la idea de justicia es egoísta ; empieza por 
el sentimiento de la propia defensa; en 
cuanto al concepto puro, desinteresado, 
moral, de justicia.... ese todavía está en 
estado de lo que los alemanes llaman wer- 
den. ¡La Humanidad es una persona co- 
lectiva que, con los siglos, va mejorán- 
dose y arreglándose.... y tal vez acabe por 
llegar á ser la gran persona!.... ¡ Vea us- 
ted por donde yo también resulto correc- 
cionalista.... pero no del individuo , sino 
de la especie! 



LA PIEDRA ANGULAR 



—-¿De modo que V.... no condena en ab- 
soluto la pena capital, que á mí me pare- 
ce una ignominia de la sociedad?— pre- 
guntó alarmado el Doctor. 

— No la condeno en absoluto; no por 
cierto — confirmó el abogado concierta 
solemnidad. — Lo que proscribo sin rebo- 
zo y á boca llena, es la pena de muerte 
como represalias y el concepto de vin- 
dicta pública. Eso me parece tan odioso 
y tan repugnante, que.... le voy á con- 
fesar á V. mi debilidad: á pesar del inte- 
rés que debieran inspirarme esa clase de 
estudios, y la obligación que en cierto 
modo me he impuesto de practicarlos, los 
días anteriores á una ejecución, cuando 
principian á anunciarla los periódicos, 
me entra un desasosiego, una especie de 
cuartana de león, y tan perturbado me 
pongo, que tengo que marcharme al cam- 
po. Es una ridiculez, y yo desearía curar- 
me de ella, porque realmente.... me con- 
viene, nos conviene á los innovadores, en 
este terreno, y en todos, mucha sangre 
fría ; la impasibilidad conque Vds. los 
médicos amputan un miembro ó registran 



POR E. PARDO BAZÁN. 



185 



un tejido.... Sí, créalo V.; el enemigo que 
principalmente necesitamos combatir es 
el sentimiento, los entes metafísicos que 
obstruyen el camino de la razón.... Nece- 
sitamos ser un témpano.... ¡un témpano 
que piensa! 

— Yo creo, amigo Lucio— objetó Mora- 
gas—que en eso no la acierta V. Para 
todo hace falta ímpetu, calor y entusias- 
mo. La razón alumbra, pero sólo mueve 
la voluntad. La generación joven actual 
es fría, es demasiado morigerada, ve 
demasiado los inconvenientes de la pro- 
paganda, el ridículo, la calumnia, las 
contradicciones de todo género que su- 
fren los que prueban á batir en algún 
terreno las cataratas del pensar. Los casi 
viejos— porque yo estoy mucho más cer- 
ca de los cincuenta que de los cuaren- 
ta—somos los únicos que conservamos el 
fuego sagrado. Aquí me tiene V. á mí, 
que lo que necesito es esforzarme en con- 
tener cierto quijotismo , eso que V. llama 
redentorismo, que me brota á cada ins- 
tante, y que si no lo tuviese á raya, ¡qué sé 
yo! ¡Pues eso, eso, y no el hielo perenne 



i86 



LA PIEDRA ANGULAR 



de la reflexión, es lo que se necesita para 
cooperar á la obra.... para poner el gra- 
nito de arena....! Carecen Vds. de pasión.... 

—Puede ser.... No crea V. que no se me 
ha ocurrido.... — asintió Febrero. — Nues- 
tra aspiración es puramente científica. 
Queremos suprimir esas concepciones 
morales que nos estorban. Queremos sus- 
tituir al estudio abstracto de la entidad 
crimen, el estudio concreto del sujeto 
criminal. Decimos como Vds. que no co- 
nocemos enfermedades, sino enfermos.... 
Fuera el ontologismo.... Al que el vulgo 
llama hombre culpable , nosotros le lla- 
mamos únicamente hombre peligroso.... 
Borramos la idea de castigo, y la reem- 
plazamos con la de método curativo.... 
Cuando eliminemos, nuestra acción será 
análoga á la de Vds. cuando aplican una 
sangría suelta al hidrófobo.... Y si vemos 
medio de evitar esa sangría, crea V. que 
la evitaremos. 

— ¡ Eso espero !— respondió Moragas ca- 
lurosamente.- ¡Busquen Vds., indaguenel 
modo— que debe de haberlo— para borrar 
de la frente de nuestra época ese horror 



POR E. PARDO BAZÁN. 



grotesco que se llama el cadalso, y para 
suprimir ese enigma social que se llama 
el verdugo! 

Al decir esto, Moragas creía oir, en el 
clapoteo del agua contra los pies dere- 
chos y pilotes que sostenían el Espolón, 
la voz ronca de Juan Rojo y los ahogados 
gemidos de Telmo. 

— Bien sabe V. que el cadalso no está 
en olor de santidad para nosotros, — res- 
pondió el joven letrado.— Tenemos mil 
razones para despreciar , literalmente 
despreciar, ese aparato de la justicia, 
tal cual hoy se ejerce. Observe V. el 
movimiento de las conciencias : estudíe- 
lo V. y note que uno de los pocos senti- 
mientos medio evales que persisten y 
hasta aumentan, es el odio al verdugo. 
El verdugo es hoy más paria que en la 
Edad Media. Existe, indeterminada, pero 
enérgica, la convicción de que no es más 
que un asesino pagado por la sociedad. 
Y vamos.... raciocinando...., ¿qué más da 
quitar la vida diciendo «fallamos que de- 
bemos condenar y condenamos....», que 
dando vuelta á una palanca? Pues el caso 



i88 



LA PIEDRA ANGULAR 



es que para el magistrado, respeto, y para 
el verdugo, reprobación. Note V. que en 
algunas naciones muy adelantadas, verbi 
gracia los Estados Unidos, se aspira sólo 
á quitar el verdugo, conservando la últi- 
ma pena. Ó se lincha lo cual revela un 
estado anárquico, pero franco y juvenil, 
en que todos juzgan y ejecutan , — ó se 
mata por la electricidad, en que el ver- 
dugo no existe. De todos modos , á mí no 
me horripila mucho más un verdugo au- 
téntico, que esos sustentáculos del garro- 
te, como Cáñamo.... 

—Según eso, ¿no recelaría V. entrar en 
relación con el oficial público— preguntó 
Moragas esperanzado — estudiarle, cono- 
cerle?.... 

—No lo recelaré en otro círculo más 
amplio. Aquí no, porque.... mi reino no es 
de Marineda. Por lo demás , creo que el 
estudio del verdugo, que está por hacer, 
completaría el de los criminales. Todo 
verdugo es necesariamente un caso, una 
anomalía regresiva , una monstruosidad 
psicológica. — Su situación es muchísimo 
más extraña que la del criminal. — Pero 



POR E. PARDO BAZÁN. 



189 



aquí.... ¡ qué diablos! Vale más no verá 
semejante alimaña. — Á quien veremos, y 
nos reuniremos para verla, si V. quiere, 
es á la parricida de la Erbeda 3^ á su com- 
pañero; no ahora, mientras dura el albo- 
roto y la vocinglería de los primeros ins- 
tantes , sino después , cuando haya sido 
fallada la causa; en fin, en alguno de esos 
períodos en que el público olvida al crimi- 
nal en la cárcel. ¿Dice V. que esa mujer 
tiene aspecto dulce? 

—Lo tiene ; — afirmó Moragas— tanto lo 
tiene, que se quedará V. asombrado si la 
ve. Yo no puedo ol vidar su aspecto. Nece- 
sito hacer un esfuerzo sobre mí mismo, 
para no erigirme en protector suyo. Ami- 
go Febrero : dichoso V. para quien los 
objetos sensibles toman forma de ecua- 
ción ó de algoritmio. Aquí me tiene V. con 
medio siglo encima, con bastantes desen- 
gaños.... y capaz todavía, por haber visto 
pasar á una mujer joven, modesta, atada 
y entre civiles.... de ponerme completa- 
mente en ridículo. 

— ¡Pues cuidadito!-— advirtió Lucio.— 
¡Mire V. que eso quieren los Cáñamos! 



X 



Despedido de Febrero, Moragas subió 
á su casa cinco minutos, volviendo á 
bajar transformado: sin levita, sin guan- 
tes, embozado en la capa, un tanto ladea- 
do el honguillo. Diríase que acudía á 
alguna clandestina cita , ó á algún conven- 
tículo de conspiradores. — Todo menos 
aturdir entonces los barrios con el estré- 
pito de su berlina.— Iba con ese andar cau- 
teloso y furtivo que se llama paso de lobo, 
y pronto salvó el Páramo de Solares y 
se metió, campo deBelona arriba, por la 
calle del Peñascal, que había de condu- 
cirle á la del Faro. 

Ya allí , seguro de que nadie le seguía 
ni le observaba, tendió la vista en derre- 
dor, y registró el lugar, asaz significati- 
vo y melancólico. Los sitios que un hom- 



LA PIEDRA ANGULAR 



bre habita y las mansiones que elige, 
dicen siempre al observador algo de su 
espíritu y de su alma. No en balde eligie- 
ra Rojo por residencia aquel rancho , pre- 
cisamente la última casa del pueblo , más 
allá de la cual.... sólo se alzaban las tapias 
blancas y frías del Camposanto. Aquel 
hombre tenía que ser vecino de la muerte, 
y vivir así , en el rancho sombrío con 
puertas y ventanas bermejas, parecido á 
sucio paño sobre el cual se extendiesen 
grandes placas de sangre. No en vano 
tampoco los cinco ranchos que enlazaban 
el de Rojo con las demás casas de la po- 
blación se encontraban siempre deshabi- 
tados; sin duda nadie había querido ocu- 
par aquellas barracas siniestras, conta- 
minadas por la inmediata vecindad del 
hombre ignominia. No en vano tampoco, 
la campiña de los arrabales, que hasta 
allí ostentara notas simpáticas , de ín- 
dole labriega— un pajar ó mecía de paja 
de maíz, un carro desuncido, algún arbo- 
lilio en que las yemas comenzaban á des- 
abrochar, algún patatal próximo á dar flor 
— se revestía, en torno del infame rancho. 



POR E. PARDO BAZÁN. 



193 



de tan hosca aridez, rompiendo en breñas 
negras y calvas ó desarrollándose en te- 
rrenos baldíos y arenosos. Y por último, 
no en vano servía de fondo al rancho y al 
cementerio, el mar; pero no aquel mar 
de bahía suave, arrullador, rumoroso, 
que en la punta del Espolón había corea- 
do con armonioso acento un diálogo de 
pensadores, sino el amplio, libre , y es- 
truendoso Cantábrico , que con tumbo 
ya ronco, ya sonoro, ya quejumbroso y 
lúgubre, ya airado y furibundo, azota la 
escollera, muerde retorciéndose el playal, 
escala los cantiles que guarnecen el pe- 
queño promontorio del Faro, y los corona 
de nevado diluvio de espuma bravia, tan 
pronto batida como deshecha. 

—El sitio lo expresa todo— pensaba Mo 
ragas. — Este hombre, oprobio de la so- 
ciedad, no podía vivir sino aquí, en una 
especie de cubil de fiera. Mas en buena 
ley y justicia, si así vive este hombre, 
Cáñamo y los que piensan como él debían 
agruparse en un barrio especial: el barrio 
donde radicasen la Audiencia, la Cárcel, 
el Penal, el campo de la Horca y la misma 

*3 



194 



LA PIEDRA ANGULAR 



casa de Rojo. Ellos , los que han creado á 
este indefinible ser, no cumplían con me- 
nos que levantarle el entredicho y hacer 
respetar en él lo que entienden por justi- 
cia.... Sí, pues váyanles con eso.,.. Capa- 
ces serían, por no acercarse á él, de dejar 
pudrirse al muchacho , víctima del estado 
social de su padre. 

Calculando así, y olvidando que la vís- 
pera tampoco él quería asistir al chico 
(lo cual demuestra que Moragas había 
andado mucho camino en veinticuatro 
horas), determinóse á efectuar lo que 
llamaba allá en sus adentros bajada á los 
infiernos, y volviéndose y girando las 
pupilas, observó si alguien podía verle 
entrar en el rancho. Cerciorado de que 
no había por allí fisgones, apoyó la mano 
en el pestillo.... y este movimiento hizo 
renacer la aversión y repugnancia de la 
víspera, algo que podía llamarse un es- 
panto frío, de esos que no van acompaña- 
dos de ningún temor positivo y real. Ven- 
ció esta impresión; venció también la que 
le produjo ver en el zaguán , arrimada á 
la pared, una escalera, que le recordaba 



POR E. PARDO BAZÁN. 



■95 



la que en otros tiempos llevaban en el 
sombrero los verdugos, como símbolo 
de la horca ; y lo mismo que en cierta 
ocasión se había arrojado á un charco 
fétido para sacar á un niño que se ahoga- 
ba , arrojóse al interior de la sórdida 
vivienda. 

La Marinera no andaba por allí : sólo el 
padre velaba á la cabecera de Telmo. No 
cruzaron palabra en los primeros instan- 
tes el Doctor y Rojo. Éste se puso en pie, 
y aquél aplicó la mano á la cabeza entra- 
pajada , y luego el termómetro á la axila 
del paciente. Cuando lo sacó, sacudió y 
consultó á la luz, vió que había cuarenta 
grados de devoradora calentura. 

— ¿Ha comido ? 

— Ni chispa, señor. Naranjadas. 

—¿Le ha dado V. la antipirina? 
. —Sí, señor. Todo lo que V. mandó. Por 
la mañana estuvo despejadito, aunque se 
quejaba mucho. Se ha recargado á la 
tarde. 

—Pues mañana ó esta noche, cuando 
se despeje, caldo de substancia. Tal vez 
la fiebre esté sostenida por la debilidad. 



196 LA PIEDRA ANGULAR 



—Debe de ser eso, porque delira ; es 
decir, ahora está amodorrado , y de re- 
pente se pone á charlar y dice cosas.... tre- 
mendas. 

—¿Cosas tremendas?-— preguntó Mora- 
gas dejando la capa en una silla, porque 
se disponía á reconocer debidamente las 
lesiones del niño.— ¿Y qué cosas tremen- 
das son ésas que dice su hijo de V.? 

— Siempre está con que es valiente y 
con que puede con todos.... y que le tiren 
más piedras, que por eso no se rinde.... 
Todo se le vuelve «me mataréis, me ma- 
taréis, pero no diréis que quedé vencido.... 
Soy el general Haches y el general Erres.... 
No tengo ejército, pero basto yo; yo de- 
fiendo el castillo.... Vengan piedras....» 
Sospecho , Sr. D. Pelayo , que á esta cria- 
tura le han jugado una partida atroz los 
chiquillos del Instituto : puede decirse que 
lo han reventado á pedradas. 

—Si es así, efectivamente es tremen- 
do.... aunque natural y explicable. 

No contestó Rojo : gruñó sordamente, y 
volvió á instalarse, de pie, á la cabecera 
del herido. Moragas, entretanto, alzaba 



POR E. PARDO BAZÁN. 



I 97 



suavemente el apósito para reconocer el 
estado de las lesiones en la cabeza, y, 
levantando la sábana, se informaba del 
dislocado pie. Deseoso, más que de re- 
conocer y estudiar aquellas lastimaduras 
físicas , de echar la sonda en otros dolo- 
res, se volvió á Rojo: 

—Supongo que V. se fijará bien en lo 
que hay que hacerle al niño , y seguirá 
todas mis instrucciones.... Porque V. debe 
de querer mucho á esta criatura. 

Rojo se encogió de hombros. 

—No tiene uno otra cosa , — respondió 
opacamente. 

Cumplido el deber profesional, mi- 
nuciosamente examinado el enfermo, da- 
das las instrucciones de palabra y por 
escrito, Moragas podía retirarse, pero 
consta de seguro que en vez de hacerlo, 
tomó una silla y se colocó en ella como 
quien no tiene urgencia. La víspera por 
la mañana, desmentiría él con tedio y 
enojo al que le pronosticase que había de 
tomar asiento en semejante mansión. Ha- 
ciéndose el distraído y acariciándose ma- 
quinalmente las patillas, clavó en Rojo 



198 



LA PIEDRA ANGULAR 



sus pupilas grises, llenas de luz, y pre- 
guntó como ai descuido: 

—¿No tuvo V. más hijos nunca? 

—Sí, señor.... otro murió de pequeñi- 
to.... de sarampión.... Era una chiquilla. 

— ¡Feliz ella! — comentó Moragas en 
tono expresivo. — Crea V., — prosiguió 
con la misma solemnidad, — que si me 
llama V. á asistir á esa criatura, y veo 
que su vida pende de una dosis de cual- 
quier medicamento ó de una sajadura de 
bisturí...., yo, que por salvar á un niño soy 
capaz de echarme en un horno ardien- 
do...., creo que me meto las manos en los 
bolsillos, y dejo morir sin escrúpulo á su 
hija de V. 

Rojo ni protestó , ni mostró que le su- 
blevasen tan duras palabras. Su mirada, 
esquiva y errante, recorría las junturas 
del piso , y sus labios , color de violeta , se 
agitaban como si quisiesen dar salida á 
cláusulas mal formadas y á truncados 
razonamientos. Al cabo balbuceó : 

—Tiene V tiene V. muchísima ra- 
zón. El mayor favor que V. le podía ha- 
cer al.... al angelito, era... dejarla morir. 



POR E. PARDO BAZÁN. 



I 99 



Ella sí que está bien. ¡Dichosa de ella! 

Al oir Moragas estas expresiones , ale- 
grósele el espíritu, pareeiéndole que to- 
maba buen sesgo el interrogatorio que 
proyectaba. 

—Según eso,— preguntó,— V. compren- 
de perfectamente cuál es su posición, 
y cuál la de sus hijos, originada por la 
de V. 

—¿No lo he de comprender? 

—Pero....— insistió el Doctor,— ¿lo com- 
prende Y. por completo? ¿Se da V. cuenta 
clara y exacta del destino que le está re- 
servado á ese pobre rapaz que delira en 
esa cama? ¿Puede V. formarse idea de su 
presente y de su porvenir, de los odios y 
las humillaciones que le deja V. por infa- 
mante herencia, de lo que es hoy y de lo 
que será mañana? ¿Se hace V. cargo de 
que este niño, si fuese capaz de calcular, 
como calculamos los viejos, debiera , en 
vez de pedir á Dios que le"conserve su 
padre, pedir que se lo quite? 

Ninguna respuesta dió al pronto Rojo 
á estas resueltas palabras, conque el 
Doctor entraba en materia, cortando in- 



200 



LA PIEDRA ANGULAR 



trépidamente por ]o sano. Sólo su azora- 
miento pudo descubrir que el Doctor ha- 
bía puesto el dedo en lo más enconado de 
la llaga. Ai fin rompió en interrumpidas 
frases. 

— Demasiado se hace uno cargo de 
todo.... No es uno ninguna persona que ni 
vea ni entienda.... Y mejor es que uno ni 
hable ni se acuerde de eso, porque cuan- 
do no tienen remedio las cosas.... 

—¡Al contrario!— interrumpió Moragas 
con energía. — j Hay que acordarse de 
eso.... ; hay que hablar de eso, y mucho! 
Puesto que se ha encontrado V. con Mo- 
ragas , no ha de poder decirse que el 
encuentro fué inútil y vano. V: ha ve- 
nido á consultar conmigo una enferme- 
dad del cuerpo...., y aunque tiene V. la 
enfermedad, y muy séria, lo de menos 
en V. es ese padecimiento.... De lo que 
V. está enfermo es de la conciencia , y ha 
contagiado V. á ese inocente, que por 
culpa de V. se halla fuera de la ley y ca- 
mino del presidio. ¿No le hace á V. re- 
flexionar el hecho que V. mismo me re- 
fiere, de que para apedrear á su hijo 



POR E. PARDO BAZÁN. 



201 



de V. se hayan asociado todos los alum- 
nos del Instituto? ¿No ve V. ahí claro el 
porvenir de este chiquillo ? Para ape- 
dreado le destina V., y apedreado será 
toda su vida. ¿ Por qué no lo estrangu- 
la V.... , V. que tiene por oficio estran- 
gular? 

Con tal vehemencia pronunció Moragas 
estas palabras, arrastrado por el impulso, 
que Rojo se puso, más que pálido, lívido, 
sintiendo como latigazos de alambre en 
el alma; y no sin alguna aspereza, con- 
testó : 

— Á otra cosa me podrá ganar cual- 
quiera, pero no á querer á mi hijo, y por 
mí sería rey de España. Si no lo es, no 
tengo yo la culpa. Una cosa es hablar y 
otra pasar por los casos de la vida de un 
hombre. Con mis manos no he de matar 
al hijo; ahora, si Dios se lo lleva...., él 
saldrá ganando y yo también. 

Estas últimas palabras fueron acompa- 
ñadas de una especie de gemido ronco, y 
Juan Rojo, olvidando ya toda etiqueta 
social, se derrumbó en un escaño, escon- 
dió entre las manos la cabeza, y dió se- 



202 



LA PIEDRA ANGULAR 



ñales de aflicción ó más bien de hosco 
dolor. 

Moragas se levantó. Cada vez era más 
vivo su deseo de saber la historia deRojo. 
Sabida ésta, bien se podía calcular y 
comprender si Rojo era ó no redimible. 
Empezaba á sentir Moragas la generosa 
fiebre, el ansia de bajar á los infiernos 
para sacar de ellos un alma...., y algo 
también el gustillo de mostrarle á Febre- 
ro que en todo fango, en la ciénaga más 
inmunda y vil, hay una perla que á fuer- 
za de bondad y de abnegación se encuen- 
tra, si se busca bien.— Acercóse á Rojo 
y le tocó en un hombro , estremeciéndo- 
se.... Rojo no se movió. 

—No sirve apurarse ni descorazonarse. 
Ya le he dicho á V. que nuestro encuen- 
tro ha de haber sido para bien. Algo he 
de haceí* por ese niño, que valga más que 
aplicarle unas vendas y reducirle una 
dislocación.... 

Rojo se puso en pie. Su cara inexpre- 
siva, angulosa, obscura, se iluminó todo 
lo que podía iluminarse.... con una luz 
sorda, esbozando una especie de sonrisa, 



POR E. PARDO BAZÁN. 



203 



operación á que no estaban habituados 
sus labios; y como si, para salvarse de 
morir ahogado, quisiese cogerse á una co- 
lumna, tendió los brazos hacia el cuerpo 
de Moragas , — quien , redentorista y todo, 
se echó atrás prontamente.— Lo que no 
hizo Rojo fué hablar. ¿ Para qué ? Su 
actitud bastaba. 

— Á ver, —ordenó Moragas, compren- 
diendo que ya tenía á su disposición y ar- 
bitrio á aquel hombre. — Siéntese V. otra 
vez...., así...., lejos de la cama, porque no 
molestemos al enfermo.... ¿Cómo se lla- 
ma?.... ¿Cómo se llama su hijo de V.? 

— Telmo, señor. 

—Pues para no incomodar á Telmo, 
póngase V. ahí...., cerca de la ventana...., 
así.... Yo también traigo mi silla.... Bien.... 
Ahora me va V. á contar toda su historia, 
punto por punto...., y cómo llegó V. á to- 
mar.... un oficio tan cochino y vil. 

— D. Pelayo,— respondió Rojo en voz 
siempre ronca, y manoteando torpemen- 
te. — V. me ha de dispensar.... Yo.... en per- - 
sonas ignorantes y llenas de preocupacio- 
nes...., pues.... no me admiro de que digan 



204 



LA PIEDRA ANGULAR 



ciertas cosas. Pero de una persona ilus- 
trada.... no deja de chocarme. No tome á 
mal ningún dicho mió.... , porque la mala 
explicación de las personas.... Quiero de- 
cir, vamos, que eso de oficio cochino y 
vil...., yo ya sé que lo dicen las mujeres 
de la plaza; aun ayer me lo espetó la bo- 
rrachona de la Jarreta; mire V. qué prin- 
cesa para despreciar á nadie.... Ahora, 
V., que tiene otra instrucción y otros co- 
nocimientos...., creí, la verdad, que no 
diese pábulo á esas.... aprensiones. Can- 
sado estoy...., ¡sí! ¡muy cansado! de oirá 
cada paso «infamia, infamia, vileza, vi- 
leza....» Infamia, ¿por qué? Vileza, ¿por 
qué? ¿Qué hago yo para que todos me 
canten el sonsonete de la vileza y de la 
infamia?— prosiguió Rojo, con la lengua 
ya expedita y el habla caldeada por la 
indignación hasta casi adquirir el tem- 
ple de la elocuencia.— ¿Robo yo el pan 
de nadie? ¿Soy algún criminal? ¿Soy un 
falsario? Falto, ni en tanto así, á la ley? 
¡Nadie más que yo la respeta.... y la cum- 
ple! ¡Á ver, señor de Moragas, si V. con 
su buen talento me aclara este enigma! 



POR E. PARDO BAZÁN. 



205 



Moragas oía reprimiéndose. Si al ver 
á Rojo humillado sentía cierta compa- 
sión, cuando Rojo se crecía y se revol- 
vía contra la sociedad, á seguir su im- 
pulso, le hubiese escupido y abofeteado. 
El silencio de Moragas infundió ánimos á 
Rojo, que prosiguió : 

—Sí, señor: ¡yo soy tan hombre de bien, 
ó más, como cualquiera de los que me 
vuelven la espalda y me tratan lo mismo 
que á un perro! Nadie me podrá probar 
que yo haya cometido el delito más leve. 
¡Delitos! ¡Crímenes! Por mí deja de ha- 
berlos : si no es por mí...., á paseo la jus- 
ticia. No soy un funcionario cualquiera.... 
soy el primero, el más indispensable. Á 
veces paso por la calle Mayor, y están 
allí muy tiesos y muy fonchos los seño- 
res de la Audiencia, el Fiscal, el mismo 
señor Presidente.... Les saluda uno, y ni 
contestan : vuelven la cara, y hacen que 
no le ven á uno.... ¡Qué risa me da!.... 
¡Cómo me río.... por dentro! (Rojo se rió 
convulsivamente. ) ¡ Qué ellos senten- 
cien.... y que yo no cumpla.... y verá V. 
en qué para todo eso de la justicia! Figú- 



20Ó 



LA PIEDRA ANGULAR 



resé V. que yo me cuadro.... y que otro 
como yo se cuadra.... que nos declaramos 
en huelga los oficiales públicos.... , y 
verá V. á los magistrados con la obliga- 
ción de cumplir ellos mismos lo que sen- 
tenciaron! ¡Á los magistrados!.... Y qué, 
¿no soy yo tan magistrado como ellos? 
¡Soy el magistrado último.... el que falla 
sincasación posible!.... La justicia, sin mí.... 
¡valiente paparrucha! ¡La justicia.... soy 
yo! (gritó dándose con el puño en el pecho). 

No creyó Moragas oportuno emprender 
la refutación de estos desesperados sofis- 
mas , al menos por entonces. Las palabras 
y argumentos de Rojo le aumentaban el 
deseo de saber su historia, y de remon- 
tarse hasta los turbios orígenes de aque- 
lla existencia humana. Parecióle mejor 
dejar pasar el arranque de acibarada so- 
berbia del hombre maldito, contestando 
sólo irónicamente: 

—Todo eso será muy verdad, y á V. le 
sobrará la razón y V. será el magistrado 
supremo , y , sin embargo, acaba V. de de- 
cirme no hace tres minutos que se alegra- 
ba de haber perdido en tierna edad á una 



POR E. PARDO BAZÁN. 



207 



niñita, y que, si se muriese Telmo, él sal- 
dría ganando y V. también. 

— Eso es otra cosa ...— afirmó Rojo.— Si 
me va V. por ese lado.... Preocupaciones 
y tonterías es lo que me rodea, y yo bien 
me las paso por cualquier parte, siem- 
pre que no tropiezan en el niño.... Por 
mí...., estoy contentísimo, y no me trueco 
por nadie , —afirmó con alarde que des- 
mentían sus temblorosos labios. —¡Pero.... 
los hijos.... duelen, duelen muchísimo! 
Más de cuatro cavilaciones y de cuatro 
noche sin pegar ojo.... son por ellos, por 
ellos.... Uno puede con todo.... Y si le soli- 
vianta lo de las infamias y de las vile- 
zas, es porque eso le tizna la frente al 
niño...., que está inocente como los mis- 
mos ángeles del cielo! 

Moragas acercó más su silla á la de Ro- 
jo ; sonrió, se mordió la punta del sedoso 
mostacho, limpió con el blanco pañuelo 
los quevedos de oro, se los caló, estiró 
los puños tersos y limpios de la camisa, y 
guiñando un tánto los párpados, como el 
que quiere reconcentrar la fuerza visual, 
preguntó á Rojo : 



208 



LA PIEDRA ANGULAR 



—Diga V , ¿V. ha estudiado en sus 

mocedades? ¿Ha seguido V. alguna ca- 
rrera? 

Y Rojo, como el que dice la cosa más 
natural del mundo, respondió : 
—Sí, señor.... Yo estudié para cura. 



XI 



El rostro de Moragas, que por su exce- 
siva movilidad y flexibilidad parecía á 
veces de goma elástica, se dilató de sor- 
presa , y á renglón seguido , por extraña 
inmixtión del elemento humorístico en 
aquella conversación tan fúnebre y acer- 
ba, disparó el Doctor la mayor y más 
franca carcajada que habían oído jamás 
las paredes de la barraca de Rojo. 

— ¿Conque para cura? Bien.... ¡De pri- 
mera! Si V. no me lo dice, capaz hubiese 
sido yo de adivinarlo. ¡Para cura! Pues 
ahora, si no tiene V. inconveniente.... sír- 
vase decirme cómo ha pegado el gran 
brinco, desde el hisopo hasta.... 

Un ademán expresivo completó la fra- 
se. Rojo, dócilmente, con ese tonillo en- 
fático que la clase social más inferior 



210 



LA PIEDRA ANGULAR 



adopta para narrar los sucesos de su pro- 
pia vida, respondió : 

— Estudié hasta dos años de latín en el 
Seminario de Badajoz. Y me entraba bien 
el estudio.... 

— ¿Es V. extremeño? 

— No señor. Nací en Galicia. Mi padre 
era de aquí , y mi madre portuguesa. 
Pero la carrera de mi padre, que era mi- 
litar y de alta graduación, nos hizo via- 
jar por toda España. En Badajoz nacieron 
algunos de mis hermanos.... porque tuve 
once; y esos quedamos huérfanos, y cada 
uno tiró por su lado, á vivir como pudo. 

— ¿De modo que sentía V. vocación al 
estado eclesiástico? 

— Sí, señor.... ó por lo menos creía sen- 
tirla entonces. Á esa edad casi no sabe 
uno lo que le conviene.... ; psch ! ¡Silo su- 
piera cuando es más viejo! . En el Semi- 
nario estaban contentos de mí. Pero el 
señor Obispo, — que medio me tenía ofre- 
cida una capellanía, — luego se negó á 
dármela.... y yo no vi esperanzas de salir 
adelante con la profesión. 

— ¿Qué hizo V.? 



POR E. PARDO BAZÁN. 



211 



—Me dediqué á seguir la carrera de 
maestro normal.... Tan pronto como la 
hube terminado , un amigo mío me tomó 
de pasante para un colegio que dirigía. 
El colegio iba sosteniéndose.... así.... ale- 
teando, á trompicones. Lo malo es, que 
de allí á poco quebró.... Y cáteme V. otra 
vez en la calle. 

—¡Mal sino! 

—Entonces caí soldado. 

—¿Y qué tal? ¿Cogió V. el chopo? 

— ¡Qué remedio! Como no pintase en la 
pared los cuartos para redimirme.... Y 
puedo decir á boca llena que quedaron 
mis jefes satisfechos de mi porte. No re- 
cibí una reprensión, porque obedecí como 
una máquina. Los jefes son los jefes, y 
ellos á mandar y nosotros á callar. Pues 
yo...., ¡vamos!...., como sabía algo más 
que mis compañeros...., y obedecía igual 
que un recluta...., fui ascendiendo...., pri- 
mero á cabo...., á sargento después.... Y 
así que cumplí mi tiempo, conseguí ir á 
Lugo, á regentear una escuela. 

—Veo que tenía V. vocación de maestro, 
— observó Moragas. 



2 12 



LA PIEDRA ANGULAR 



—No me disgustaba la profesión...., — 
aseveró Rojo; — sólo que andaba traspasa- 
do de necesidad.... ¡He pasado mucha mi- 
seria entonces.... y después! Lo peor fué 
que me enamoré de una gallega.... 

La frase, bien sencilla y con ribetes 
cómicos, fué pronunciada en tono tan 
singular, que Moragas no sonrió. Pare- 
cióle como si en la auscultación moral 
que practicaba, de repente se hubiese 
presentado un sonido especial, delator 
del verdadero asiento de la dolencia. 
«Aquí está el mal», le decía su instinto 
médico, aplicado entonces á la patología 
del espíritu. «Aquí tienes la clave. Hasta 
ahora no supiste lo que traías entre ma- 
nos : la enfermedad se te aparecía embo- 
zada, sorda, latente, rebelde á toda inves- 
tigación. Ya cogiste el hilo.... Tira del 
cabo, que ya sacarás el ovillo de esta 
alma!....» 

— ¿Dice V. que se enamoró de una ga- 
llega? (preguntó en alta voz). Pero.... 
eso.... ¿qué? ¡Se habría V. enamorado de 
tantísimas mujeres! Al cabo era V. jo- 
ven.... 



POR E. PARDO BAZÁN. 



213 



—No, señor. Yo no me enamoré de mu- 
chas mujeres.... Siempre fui de buena con- 
ducta, que nadie pudo poner tacha en mis 
costumbres. Como si toda la vida tuviese 
cincuenta años.... Ya ve : salí del Semina- 
rio, y.... lo mismo que si no saliera. Nun- 
ca me tentaron las rapazadas ni los vi- 
cios que veía en otros. 

—Pero, en fin (interrumpió Moragas), 
esa vez se enamoró V. de veras. 

—Tan de veras, que me casé * señor. 

— ¡Ah!— exclamó expresivamente Mo- 
ragas. 

—Y como V. conoce...., la situación del 
hombre casado se diferencia muchísimo 
de la del soltero. Yo hasta entonces no 
había tenido ansia por el mañana : íba- 
mos saliendo del día , y lo que es para mí 
solo, pelado.... con una taza de caldo ha- 
bía de bastarme y sobrarme. Pero llega- 
ron la mujer y los hijos.... y vi el mundo 
de otra manera. Con mi escuela no tenía 
ni para arrimar el puchero á la lumbre. 
No se pagaba ; á cada paso choques con 
el Ayuntamiento, por si cobro ó si no co- 
bro, y si se me adeudan ó no se meadeu- 



214 



LA PIEDRA ANGULAR 



dan mensualidades.... Aquello no era vi- 
vir , señor de Moragas , y crea V. que mil 
veces le faltaba á uno el ánimo para to- 
do.... para todo absolutamente. Me acor- 
dé entonces de que yo conocía bastante 
á Don Nicolás María Rivero, que tenía la 
sartén por el mango.... Me fui á Madrid, 
y le vi á él, y también á otro pez muy 
gordo, de esta tierra, que me acuerdo 
que me dijo.... asimismo como yo se lo 
digo á V.: «Vuélvase á Lugo.... Antes de 
que esté V.'allá, se habrá largado el hués- 
ped.» ¡Y el huésped era el rey Amadeo! 
Fué verdad. No llegara yo á los Noga- 
les..,., y proclamada la República. Aquel 
señor no se olvidó de mí : me envió á 
Orense , con un destino.... 

—¿Destino? ¿Qué destino? 

—En la policía — respondió Rojo en voz 
más baja y sorda que de ordinario. 

—¿De orden público? ¿Mangas verdes? 

—No señor.... Aquella fué otra policía, 
que existía entonces, y ahora se me figu- 
ra que tal vez no la habrá.... Como la 
Guardia civil se reconcentraba en los 
pueblos por las trifulcas, el campo que- 



POR E. PARDO BAZÁN. 



215 



daba entregado á las partidas facciosas.... 
En Orense y Lugo, sobre todo, las al- 
deas estaban tan mal, que de un día á 
otro se recelaba un levantamiento. Á mí 
me colocaron á las órdenes del goberna- 
dor de Orense, que por cierto era muy 
exaltado en ideas. Yo salía á registrar 
las casas de los curas carlistas, y antes 
de que saliese, aquel señor, encerrándo- 
se conmigo en el despacho, me decía : 
«Vaya V.. Rojo, registre, allane, prenda, 
entre á saco, haga barbaridades.... Firme 
en esos carcundas de puñales, que esos 
son los demonios, esas son las fieras que 
nos traen á mal traer....» Pero yo.... 

—¿V. se opuso? — preguntó Moragas, 
buscando un rayo de esperanza y de luz. 
— ¿V. se negó? 

-—i Ya se ve que me negué, mientras 
no tuve un papel, una orden por escrito, 
bien clara y terminante ! Lo que se orde- 
na de palabra, en el aire se rubrica. Allá 
va el mandato.... y el hombre que lo cum- 
ple, cuando está más satisfecho, se en- 
cuentra ahogado y comprometido. La ley 
tiene que estar escrita, y en no estando 



2l6 LA PIEDRA ANGULAR 



escrita, ya no es ley. Así es que yo.... ¡va- 
mos, sin alabarme!, no me apoqué, ñi 
por voces que me daba el Gobernador. 
Me cuadré, me puse tieso. «Vengan unas 
letritas de su puño, señor Gobernador, y 
entonces hablaremos y se hará lo que 
V. S. disponga. Yo no me meto á allanar 
una morada sin que me suelten un papel. 
Papel en mano , que se me ponga delante 
el mundo.» Y el Gobernador no tuvo más 
remedio que aflojar el papelito.... Con él 
hice yo cosas.... tremendas. 

—¿Lo declara V. mismo?— interrumpió 
con severidad Moragas. 

—i No señor...! Cuando digo tremen- 
das.... es un modo de hablar, porque yo 
no hice más ni menos de lo que me 
mandaron: en nada me extralimité. Como 
V. comprenderá, mi obligación era cum- 
plir las instrucciones, obedecer á rajata- 
bla, y no meterme en más honduras. 

—Eso es lo que repruebo (articuló Mo- 
ragas frunciendo el entrecejo severa- 
mente, gesto que trazaba, sobre su fren- 
te de goma, pensativas arrugas). ¿Cree 
V. que si me escriben ahora en un pape- 



POR E. PARDO BAZAN. 



lito € cometerás tal atrocidad» y voy y la 
cometo, estoy libre de culpa? 

Rojo titubeó, no encontrando argumen- 
tos contra Moragas. 

—Pues señor, — articuló lentamente,— 
yo creo, con perdón de V., que en respe- 
tando la autoridad y obedeciendo á las 
leyes establecidas, nadie delinque, nadie 
falta. Y la prueba es que no se me exigió 
miaja de responsabilidad por semejantes 
hechos. Yo era mandado, y con obedecer 
me salvaba. No faltó quien me dijese en 
aquel entonces: «Verás, verás. Ahora este 
revoltijo se lo lleva la trampa, y los vi- 
drios rotos los pagas tú.» Y yo, con mi 
papel en el bolsillo y la firma del Gober- 
nador más claraquelas estrellas, de todos 
me reía. Bien quisieron echarme á presi- 
dio...., ¡pero narices! 

—¿Y qué hizo V.,— preguntó Moragas, 
cada vez más interesado,— al llevarse la 
trampa aquello y acabársele á V. el ofi- 
cio de allanar casas de curas? ¿Se dedicó 
V. al.... de ahora? 

— Entonces — contestó el hombre som- 
bríamente, recapacitando para recordar 



2l8 



LA PIEDRA ANGULAR 



el nuevo peldaño de la escala social que 
rodara,— entonces.... me metí á comisio- 
nado de apremios. 

— ¡ Magnífico ! — dijo Moragas , riendo 
sarcásticamente. — ¡Muy bien pensado y 
muy en carácter! La Revolución perse- 
guía con el hierro y el fuego las ideas ; la 
Restauración fué más práctica, y organi- 
zó la persecución de los bolsillos.... Re- 
clutó una jauría de sabuesos.... , ¡ y á 
cazar! 

—Pero, señor,— objetó Rojo, — las con- 
tribuciones hay que cobrarlas , y lo que 
es por su fino gusto no las pagaría 
nadie. 

— Cuando son excesivas y brutales, — 
respondió colérico Moragas , — cuando 
pesan tanto que revientan al contribuyen- 
te.... V. suponga un Estado bien regido, 
donde haya abundancia y economía , y 
crea V. que ese Estado no necesita comi- 
sionados de apremios. En fin, el caso es 
que V.... 

— Señor.... Yo tenía entonces la niña r 
que este rapaz nació después.... Y era pre- 
ciso mantenerlos.... 



POR E. PARDO BAZAN. 



2I 9 



—Esa ya es una razón de mejor ley,— 
contestó Don Pelayo. 

—Pero yo no sería comisionado de apre- 
mios si fuese una mala acción , — declaró 
Juan Rojo con curioso alarde de dignidad, 
que casi desconcertó á Moragas.— Yo, ni 
en esa ni en las demás acciones de vida 
he faltado, porque sé muy bien qué es 
delito y qué no es delito, y podría ahora 
mismo someter á un juez todos mis actos, 
seguro de que no tendríapor qué avergon- 
zarme. Yo soy honrado á carta cabal; yo. 
si encuentro en la calle millones, los de- 
vuelvo á su dueño; yo respeto como el que 
más lo que debe respetarse ; pero era 
cuestión de dar de comer á mi familia.... y 
serví al Estado, lo mismo que lo servía, 
pongo por caso, el Delegado de Hacienda.... 

El argumento debió de impresionar á 
Don Pelayo. que ó no supo ó no quiso re- 
plicar por entonces palabra. Callaba tam- 
bién Rojo, y reinaba en el pobre cama- 
ranchón embarazoso silencio. De pronto 
se le ocurrió al Doctor una pregunta, que 
produjo en su interlocutor sacudida muy 
honda. 



220 



LA PIEDRA ANGULAR 



—Y.... con su mujer...., ¿se llevaba V. 
bien? 

Rojo tembló súbita y visiblemente, y 
respondió , siempre temblando , en voz 
apenas perceptible : 

—Muy bien.... No teníamos una palabra 
más alta que otra. 

— «He dado en lo vivo».... — pensó Mo- 
ragas. — «Aquí está la brecha; aquí en- 
contramos los tejidos no gangrenados por 
la putrefacción del legalismo. Bien. Por 
ahí el bisturí; por ahí el termo -caute- 
rio».... Y en voz alta : 

—Su mujer de V... M ¿vive? 

—Sí, señor , — contestó lacónicamente 
la casi extinguida voz. 

—Y.... — Moragas no se atrevió á decir 
más, porque le imponía el temblor de 
Rojo, á la vez que su instinto médico se- 
guía diciéndole : « Esa es la carne viva. 
Registra sin miedo.» Completó la fórmula 
interrogadora con una mirada circular, 
que expresaba algo parecido á lo que 
sigue : «Y si vive su mujer de V., ¿cómo 
es que no se encuentra á la cabecera del 
niño, ó aseando esta leonera un poco?» 



POR E. PARDO BAZÁN. 



22 I 



Rojo callaba. Un suspiro entrecortado 
salió de su pecho. Luego dió dos ó tres 
palmaditas en la rodilla del pantalón , y 
murmuró : 

— Mi perdición fué venirme de Orense á 
Marineda. Si yo no vengo aquí.... Aquí 
me engañaron. Porque yo fui engañado, 
señor de Moragas. El atender á consejos.... 
¡Y lo harían con buena intención proba- 
blemente ! Como me veían lleno de nece • 
sidad.... Me persuadieron , me dijeron : 
«No seas bobo. Esto es una ganga, una 
chiripa.» Yo les respondía (tan cierto 
como que ahora está V. ahí, sentado en 
ese banco) : « j Pero si no voy á saber!.,.. 
¡Pero si voy d hacer la plancha h.... Y 
me contestaban, asimismo como le digo 
á V. : «Aquí no habrá que trabajar nun- 
ca. Los veinte años se pasan, sin que se 
ejecute ni á un gato.... Y te embolsas 
treinta y siete duritos cada mes, por es- 
tarte cruzado de brazos, paseando las 
calles.... ¡Treinta y siete duritos ! » Ya ve 
V. que la cosa es para tentar á cual- 
quiera.... 

—¿Y..., quiénes le decían á V. eso? 



222 



LA PIEDRA ANGULAR 



— Los amigos.... 
Moragas sonrió. 

—Y su mujer de V., ¿qué opinaba? 

Rojo, al nombre de su mujer, contrajo 
de nuevo la fisonomía. Al fin pronunció, 
acelerando las palabras y como el que se 
disculpa : 

—Aquella decía que de ningún modo ; 
que ella no se había casado para eso.... 
Pero al mismo tiempo, la verdad: el dine- 
ro le tenía que saber bien ; porque ya V. 
ve, criando y aficionada á las comodida- 
des y muy amiga de la casita llena y de la 
rica ropa blanca.... 

Estaspalabras salieron quebradas como 
sollozos. Diríase que Rojo se dirigía á 
su propia mujer y discutía con ella.— Mo- 
ragas empezaba á comprender toda la 
historia de aquel hombre. Estaba viendo 
ála mujer, delicada , hacendosa, refinada 
cuanto es posible dentro de su clase, y no 
refinada en lo material tan sólo, puesto 
que retrocedía ante la infamia, aunque 
esa infamia reportase holgura, ropas lim- 
pias y descanso. 

— De todos modos, — prosiguió Rojo 



POR E. PARDO BAZÁN. 223 



como deseoso de cambiar el giro de sus 
explicaciones, — fué mi perdición, señor, 
que la tenía Dios determinada allí. ¿Á 
que no quiere V. creer que había lo me- 
nos seis ó siete aspirantes á la plaza , que 
ya presentaran sus solicitudes, y con las 
grandes aldabas, con grandes empeños de 
todas clases, mientras yo no metí ni una 
triste cuña? Á la verdad, no sabía yo mis- 
mo lo que deseaba.... Por el aquel de que 
me estaban pinchando y hurgando para 
que pidiese.... escribí mi solicitud , di- 
ciendo que había sido sargento y aña- 
diendo mis certificaciones, y la presenté 
así, sin más ni más.... ¡Mire V. lo que es 
el destino de las personas! A los ocho 
días , decretada á mi favor, y los de las 
recomendaciones, á la luna de Valencia. 

—Y....,— preguntó Moragas, como quien 
echa la sonda en un paraje de gran pro- 
fundidad,— y.... V.... en la guerra.... ó.... en 
otras circunstancias.... ¿había tenido ya.... 
ocasión de.... de herir.... ó matar á alguno? 

— ¿De herir?¿Dematar?— contestó Rojo 
con indefinible expresión de extrañeza y 
protesta.— ¿De matar? ¿De herir? En los 



\V., 

224 LA PIEDRA ANGULAR 



cincuenta y cinco años que llevo de vida, 
no me acuerdo de haber hecho daño d 
nadie con mis manos.No entré en acción 
formal nunca. Si los jefes me mandasen 
disparar contra el enemigo, dispararía, 
¡qué remedio! Pero el caso no lle.gó. Á 
mi cargo corrió un año entero la instruc- 
ción de quintos, y ninguno puede quejar- 
se de que yo le haya cascado un revés si- 
quiera. 

—Pues entonces.... ¿cómo pensaba V. 
arreglárselas con.... el oficio que iba á to- 
mar? 

—¿No le digo,— replicó Rojo dolorosa- 
mente,— que fué una cosa que vino así? 
Yo calculaba: vamos viviendo y cobran- 
do, que ocasión habrá de pensar lo que 
conviene, cuando lleguen las apuradas. 
Podía suceder que no llegasen nunca; 
podía uno morirse sin que llegasen.... y 
no servía de nada el consumirse antes 
de tiempo.... Por lo pronto , cobraba mi 
sueldecito ; vivíamos ; entretanto , qui- 
zás saltase otra colocación; y.... calma y 
aguardar. Sólo que vino la gorda, como, 
pasa siempre en este mundo, cuando me- 



POR E. PARDO BAZÁN. 



225 



nos se esperaba.... y me encontré atado 
de pies y manos.... con la obligación de- 
lante.... 

— Inconcebible parece— exclamó Mora- 
gas—que pudiese V. resolverse á.... 

—Y ¿qué quería V. que hiciese? No me 
había de resistir á la ley. ¿No conoce V., 
Don Pelayo, que eso era imposible? j Ay 
qué bien se habla! El que manda manda, 
y los que estamos debajo obedecemos. 

—Pudo V. decir que no.... y veríamos 
quien....! 

-—Me obligarían.... 

— ¿Cómo? 

— Me llamarían al despacho del jefe de 
la ronda secreta.... y.... allí.... 

Rojo hizo el ademán de juntar los dos 
pulgares por su cara externa, y el gesto 
del que sufre un dolor cruel. Moragas 
mostró expresivo asombro. 

— ¡Tormento! — exclamó espantado, 
recordando las afirmaciones de Lucio Fe- 
brero y comprendiendo la verdad que 
encerraban. 

Rojo sólo contestó con una inclinación 
de cabeza, clavando la quijada en el pe- 

l 5 



226 



LA PIEDRA ANGULAR 



cho. Moragas apretó los puños y soltó un 
terno á media voz. Dominóse al cabo de 
algunos segundos el filántropo , y dejando 
caer sobre Rojo una mirada mitad com- 
pasiva, mitad irónica, preguntó : 

—¿De modo que.... por fin.... tuvo V. 
que.... trabajar? (Y cómo se las compu- 
so? Porque V. no sabía.... 

— No sabía.... ¡ya se ve que no! Y te- 
mía.... vamos.... un fracaso, no fuera á al- 
borotarse el público, y á silbarnos ó ape- 
drearnos.... Pero salí del apuro, porque el 
hijo del oficial público que había en Ma- 
rineda antes que yo, vino á verme y me 
dijo : «No se aflija, Rojo, que yo le ayu- 
daré. Saldrá bien del compromiso. ¡Pala- 
bra de honor! Yo no he trabajado nunca ; 
pero no necesito : ya sé como se hace, y 
hasta parece que me lleva afición á ha- 
cerlo. Si tuviese como V. los méritos del 
servicio militar, para mí y no para V., 
sería la plaza. Ahora ya la tiene V. y por 
muchos años la disfrute. Pero no pase 
cuidado , que hemos de quedar con hon- 
ra. Yo subiré con V. al tablado haciendo 
de ayudante, por si hubiese la menor di- 



POR E. PARDO BAZÁN. 



227 



fícultad ; yo le prepararé los chismes, 
que han de estar como la propia seda, y 
yo le explicaré allí la habilidad.... Este 
es el oficio del aguador, que se aprende 
al primer viaje.» Y así fué. Tan bien lo 
hizo, que le regalé tres duros. Fuera de 
dar vuelta á la cigüeña...., puede decirse 
que á aquel lo despachó el muchacho. 

Moragas se contenía. A seguir su im- 
pulso repentino haría alguna barbaridad 
muy gorda. Pero bajo el movimiento de 
indignación había un sentimiento per- 
sistente de conmiseración indefinible. El 
alma abyecta y entumecida de Rojo era 
su presa. El apóstol laico no quería re* 
nunciar á la romántica obra de miseri- 
cordia. 

—Y.... ¿cuántas veces volvió V. á.„. tra- 
bajar?— preguntó conteniéndose. 
—Cinco. 



XII 



Una fúnebre pausa siguió á la respues- 
ta de Rojo. Moragas se quedó helado. 
Aquella cifra le confundía como puede 
confundir un sofístico raciocinio. El hom- 
bre que tenía delante había ejecutado 
cinco veces el movimiento de brazo que 
manda á otro hombre á la eternidad. 

Así que Don Pelayo dominó el estupor, 
preguntó de un modo incisivo: 

—Y diga V.... ¿ Y la primera vez.... al 
menos.... no tuvo V.... algún hormigueo 
en la conciencia? ¿Ó se quedó V perfec- 
tamente tranquilo ? 

—La primera vez— respondió la tene- 
brosa voz de Rojo— los ocho días des- 
pués , ó tal . vez quince.... soñaba de no- 
che.... con 



230 



LA PIEDRA ANGULAR 



— i Ah ! ¡ De noche \ ¿Le veía V. ? 

— Le veía. 

Nueva pausa y silencio más atroz. 

— ¿Y.... después ?— insistió Moragas. 

-—Después.... Por eso á veces un hom- 
bre.... Sólo el que pasa por ciertas cosas.... 
Si no fuese que apenas podía dormir, no 
bebería yo ni media copa de caña en mi 
vida. 

— ¿Empezó V. entonces á beber caña? 

Rojo guardó silencio. Aquella confe- 
sión salía en jirones , sangrienta , magu- 
llada , como la intermitente queja que 
arranca el paroxismo del dolor ; y Mora- 
gas, acostumbrado á ver y curar tantas 
heridas, comprendía que lo más grave, 
lo más hondo, lo más amargo de todo 
no acababa de ascender á la superficie^ 
No podía Moragas adivinar qué clase de 
cadáver dormía en el fondo, pero lo pre- 
sentía, allá, muy abajo, en los últimos 
senos de un pozo de ignominia, vergüen- 
za y desesperación humana. Su instinto 
infalible seguía gritándole: «Por aquí, 
por aquí.... están las últimas telas del co- 
razón, de ese corazón que lo mismo les 



POR E. PARDO BAZÁN. 



231 



late á los filósofos que á los jueces, á los 
criminales que á los verdugos; la porción 
augusta que existe en este miserable lo 
mismo que en ti....» 

— Y.... preguntó expresiva y lentamente, 
clavando los ojos en su interlocutor y pe- 
sando con la mirada, por decirlo así, so- 
bre su espíritu. — Y.... su mujer de V.... ¿qué 
decía de esos malos sueños con reos aga- 
rrotados? ¿No soñaba también ella? 

—Esas son cosas que no importan na- 
da , —declaró torvamente Rojo. — De eso 
más vale no hablar. Estamos gastando 
aquí conversaciones que no vienen al ca- 
so.... y ahora.... sería bueno atender al chi- 
quillo : 

« Tu caerás », pensó Moragas. «No te me 
escapas. Ya sé por dónde te duele. ¡ La 
fibra universal ! Esa es la que responde 
siempre. Amor , paternidad.... Habría que 
ser fabricado de bronce para no resollar 
por ahí.... Y me parece que tú resuellas, y 
fuertecito.... Pues si resuellas.... por ahí te 
atacaremos. Del concepto limitado de ma- 
rido y padre, puedo hacerte pasar al ge- 
neral de hombre. Me costará trabajillo 



232 



LA PIEDRA ANGULAR 



sacar á flote la humanidad; pero por lo 
mismo.... Yo te trabajaré. ¡ Ah , si el Padre 
Incienso y el Padre Fervorín sintiesen 
estos pujos redentores que siento yo! Lo 
que me indigna es el contrasentido de que 
los tales Padres serán capaces de absolver 
tranquilamente al verdugo, á la media 
hora de haber agarrotado á su prójimo.... 
i y en cambio le negarían la absolución si 
le diese por sostener que la misa puede ó 
debe decirse en castellano! 

Hecho este aparte, un tanto candoroso 
y sin medula, el filántropo miró otra vez á 
Rojo , fija y hondamente. Dos imágenes se 
enlazaban en su fantasía : la de la presun- 
ta parricida de la Erbeda y la del ser mal- 
dito á quien quería redimir. Vió á la mu- 
jer estrangulada por el hombre, con per- 
miso de las leyes.... « No será » , calculó 
para sí. «Este individuo no volverá á qui- 
tar la vida á nadie. Moraguitas, ó eres un 
bolonio, ó de esta vez has concluido con 
el verdugo de Marineda.» 

El propósito le infundió singular ani- 
mación y hasta alegría. Aquella sí que 
era hazaña bonita, verdadera redención. 



POR E. PARDO BAZÁN. 



233 



¡Salvar una existencia y dignificar un 
alma! 

— Oiga V.... pronunció con irresisti- 
ble fuerza. — V. es un hombre á quien 
todos desprecian. ¿Está V. convencido de 
ello? 

—Pero es una injusticia grandísima. 

— No lo es. Sin embargo, quiero conce- 
derle á V. que lo fuese. Escúcheme con 
atención. Esa injusticia , ; la paga ó no la 
paga su hijo de V.? ¿Por qué le tenemos 
ahí en esa cama, destrozado á pedradas 
el cuerpo? 

— i Porque hay gente muy bárbara en el 
mundo ! 

—Veo — exclamó Moragas con ener- 
gía— que no quiere V. avenirse á la ra- 
zón. Veo que desea V. que su hijo conti- 
núe en la misma situación social. Pues, 
¡buenas noches! Busque V. médico. 

Rojo emitió un quejido informe, de sú- 
plica y protesta , tendiendo las manos 
como para detener á Moragas. 

—Precisamente— añadió el Doctor, que 
á pesar de haberse despedido no se mo- 
vía de la silla — estaba yo dispuesto á 



234 



LA PIEDRA ANGULAR 



tomarme interés por el muchacho, y á 
servirle de algo para resolver el proble- 
ma de su educación y de su porvenir. 

No respondió Rojo con palabras , pero 
repitió el ademán de postrarse ante el 
Doctor. Este se desvió, poniéndose en pie 
y mostrando intenciones de retirarse. 

— Hablemos claro — dijo parándose en 
mitad del camaranchón. — A ver si V. me 
entiende. \ Puedo ser útil á su hijo y ser- 
virle.... de mucho! ¿Qué educación le da 
V.? Apostemos que ninguna. 

—¿Y qué culpa tengo yo , señor? ¡De 
todos lados le echan ! En las escuelas pri- 
vadas no le quieren. En las del Ayunta- 
miento, el fantasmón del Alcalde me dice 
que no tiene cabida , porque es hijo de 
padre acomodado. Si va al Instituto , le 
acabarán de matar á pedradas. Intento 
ponerle á que aprenda un oficio, y el due- 
ño de la fábrica de dorados le admite un 
día , y al siguiente le planta en la calle, 
porque los aprendices se le declaran en 
huelga.... ¿Es injusticia, ó no? ¡Mi hijo es 
tan bueno como ellos ! ¡ A lo mejor ellos 
tendrán padres ladrones ! 



POR E. PARDO BAZÁN. 



235 



— ¡Qué los tengan! — objetó Moragas.— 
¡ Lo peor es ser hijo de V. ! Y si no lo con- 
fiesa V. ahora mismo.... no vuelve á ver- 
me el pelo en toda su vida. 

Rojo exhaló un grito sofocado , un gri- 
to que no se oía casi , un grito que llo- 
raba. 

—Pues bueno.... lo confieso, sí, señor.... 
Confesado.... El demonio lo hace.... ¡Ser 
hijo mío es lo peor del mundo ! 

—Y un hijo de V. no tiene más camino 
que sucederle en el cargo,... 

— ¡ Eso no ! ¡ Primero le ahogo.... con 
las manos.... sin instrumentos ! 

Al pronunciar estas palabras fué Rojo, 
corriendo desatentadamente, á batir con- 
tra la pared de tablas del mísero rancho, 
ocultando el rostro en el rincón. Moragas 
se llegó á él , y casi á su oído murmuró, 
tuteándole por repentina inspiración de 
su retórica de apóstol : 

—Yo puedo salvar á tu hijo y hacer- 
le hombre como los demás.... ; yo puedo 
darle oficio honrado y hasta instruc- 
ción y carrera superior, si sirve para el 
caso!.... 



2)6 



LA PIEDRA ANGULAR 



Rojo se volvió , y, mirando al médico 
cara á cara, exclamó : 

— i Pues gana V. el cielo; porque obra 
de candad como ella !.... 

— No...., no gano cielo ninguno...., por- 
que no lo haré de balde. 

El padre se quedó callado, sin adivinar 
en qué moneda le iban á exigir el pago de 
la buena obra. 

—¿Estás dispuesto á pagar? — insistió 
Moragas. 

Rojo miró á la cama donde reposaba 
Telmo , y, sin vacilar, respondió con fir- 
meza sobrehumana : 

—Sí, señor. Pagaré. 

El Doctor guardó silencio, como si qui- 
siese dejar que se grabase en el ambiente 
la promesa de Rojo. Pasados unos instan- 
tes, repitió : 

—¿Pagarás? 

—•Está dicho.... y basta! V. haga que mi 
hijo deje de ser aborrecido de todos y 
que no se vea en el caso de tomar mi 
oficio, y yo.... 

—Veremos, — advirtió Moragas. — No 
me fío todavía. Temo,— añadió, mezclan- 



POR E. PARDO BAZÁN. 



237 



do tratamientos,— que si yo le digo á V. 
«haz esto ó haz lo otro», V. me salga con 
que la ley.... y con que la obligación!.... 

—No señor. Juan Rojo hará lo que V. 
le mande. ¿Ha oído? Lo que V. le mande. 
Soy unhombredebien; á nadie causé daño 
sino por orden superior ; pero como V. 
tiene tantos enemigos.... ¡si hace falta dar 
un susto!.... 

— ¡Bárbaro!— respondió Moragas.— No 
hago caso de este rasgo de estupidez.... 
Ya sabrás lo que exijo de ti.... y si te que- 
da un adarme de sentido moral, me obe- 
decerás con pleno convencimiento de que 
llevo razón.... Y si has de obedecerme, 
empieza ya. Dime al punto por qué no 
vives con tu mujer. 

— Pero á V. ¡qué le importa eso! —gi- 
mió Rojo.— Yo no quiero saber de ella.... 
Se marchó.... 

—¿Con otro? 

—Bueno; ¿y si fuese con otro?.... ¡Dios 
la perdone! Yo bien perdonada la tengo.... 
¡Que Dios mire por ella, porque yo lo 
único que sé es que es madre de mi hijo.... 
y.... abur! 



238 



LA PIEDRA ANGULAR 



—Ya no pregunto más.... — dijo Moragas, 
sintiendo una emoción tan dramática que 
le pareció ridicula.— Perdonar siempre, es 
la ley verdadera , ¡y no esas que acatas 
tú! ¡Yo también haré que perdonen á tu 
hijo!.... Adiós, que volveré.... Hasta ma- 
ñana.,.. ¿Entiendes? ¡Hasta mañana! 



XIII 



no pudo volver Moragas á la mañana 



X siguiente, porque Nené amaneció en- 
ferma. Empezó por fiebrecilla catarral, y 
siguió por una de esas calenturas que en 
pocos días agotan la naturaleza de una 
criatura pequeña , como viva corriente de 
aire que activa la combustión de delgado 
cirio. Se marchitaron las mejillas de Nené; 
leve capa vidriosa cubrió sus dulces pu- 
pilas negras; sus manitas enflaquecieron, 
descubriendo los tiernos huesecillos bajo 
la piel flácida. El Doctor lo olvidó todo; 
encerróse con la criatura ; no revolvió li- 
bros, porque comprendía los orígenes del 
mal, pero se abrazó con él cuerpo á cuer- 
po, y á fuerza de reconstituyentes y de 
cuidados exquisitos, empezó Nené á ma- 
nifestar una sombra de mejoría. Y la me- 




24O LA PIEDRA ANGULAR 



joría se fué graduando, y se iniciaron los 
antojitos de golosinas y de juguetes.... 
Moragas entrevió la posibilidad de llevar- 
se á su niña á la Erbeda, y allí restaurar- 
la por completo en fuerzas , en alegría y 
en vitalidad. «Tenemos Nené» ; le decían 
sus estudios y le repetía la esperanza.— 
Un día salió disparado á comprar un ju- 
guete nuevo, norte-americano, unas enor- 
mes mariposas mecánicas que volaban 
solas; y al soltarlas en la habitación de la 
convaleciente, y oir que se reía délos 
aletazos que pegaban contra la pared los 
pintorreados mariposones, acordóse por 
vez primera, con vago remordimiento, 
del hijo de Juan Rojo. 

Como toda persona impresionable , Mo- 
ragas solía caer de la cumbre del entu- 
siasmo al fondo del desaliento. En el ca- 
maranchón del verdugo le había pare- 
cido empresa fácil la de rehabilitar el 
chico, sacándole de la atmósfera de igno- 
minia donde vegetaba. Hallábase dispues- 
to entonces á vencer preocupaciones y 
antipatías, violentar las puertas de es- 
cuelas y talleres, salir fiador, y realizar 



POR E. PARDO BAZÁN. 



241 



en un solo día la salvación de Rojo y la 
de Telmo. Rojo no mataría más: Telmo 
sería obrero ó estudiante.... Y ahora, á un 
mes de distancia, el plan se le figuraba 
impracticable y absurdo. Advertía la li- 
gadura de la voluntad, el hielo que cohibe 
la acción y sólo veía las dificultades y 
hasta el lado comprometido y semigrotes- 
co de su proyectada empresa. «¿No hay 
por ahí otros muchachos á quien prote- 
ger? He ido á fijarme en ese, precisa- 
mente en ese.... ¡Moraguitas! ¿Dónde me- 
tes tú, en Marineda, al hijo del verdugo? 
Todo el mundo torcerá el gesto apenas 
le nombres....» 

Pararon estas fluctuaciones en aplazar 
y ganar tiempo. Dióse á sí propio la ex- 
cusa de que nada se puede empren- 
der durante el verano, y el verano iba 
aproximándose ya. «En estos meses todo 
se paraliza. Epoca de vacaciones.... La 
gente se larga al campo.... Yo también 
quisiera darme una vueltecilla.... ¡Los co- 
lores que echará Nené en la Erbeda! Y 
para iniciar la campaña redentora.... me- 
jor á principios de invierno.» Contribuyó 

16 



242 



LA PIEDRA ANGULAR 



á apagar las ardorosas resoluciones de 
Moragas el hallarse Telmo ya curado de 
sus descalabraduras. El niño , sano y 
bueno y correteando por la calle del Faro, 
parecíale menos digno de compasión. 
Hasta sintió Moragas, por egoísmo del 
cariño á su hija, cierta hostilidad con- 
tra Telmo, tan robusto y vigoroso, más 
despejado , más resuelto , más marcial 
que nunca , y crecido dos pulgadas lo 
menos. «La salud de este bigardo la qui- 
siera yo para Nené....» Al punto, reac- 
cionando su generoso carácter, Moragas 
quedó descontento de sí mismo, en un 
estado de ánimo especial, comparable al 
sufrimiento. Sentía como si llevase atra- 
vesada una barra de metal frío y duro, 
cuyo peso gravitaba sobre su alma y la 
deprimía. « Más tranquilidad es no ver 
el ideal ni de cien leguas, que verlo y no 
alcanzarlo» , pensó el médico. — Siempre 
que el recuerdo de Juan Rojo cruzaba por 
su memoria, sentía Don Pelayo la impre- 
sión de humillante impotencia que causa 
al deudor el aspecto del acreedor,— del 
acreedor mudo, que espera sin reclamar 



POR E. PARDO BAZÁN. 



243 



el préstamo. — El estado moral de Don 
Pelayo lo conocen y padecen todos cuan- 
tos hombres, sin llegar á justos, perfec- 
tos ni santos, pueden llamarse buenos, 
sensibles y altruistas. El santo no sufre : 
cumple sin temor : su voluntad es de una 
pieza. El bueno.... cumple ó no cumple, 
pero siempre le sangra la herida de la 
piedad. 

Lo que más obligaba á Moragas á no 
olvidarse de Rojo, eran las conversacio- 
nes relativas al crimen de la Erbeda. Ni 
en el campo ni en la ciudad se hablaba de 
otra cosa. Según lo vaticinado por Prie- 
go, el tal crimen había tenido gran reso- 
nancia , hasta en la prensa de Madrid, 
donde se le consagraron extensos tele- 
gramas y largos artículos, alguno toma- 
do de los diarios de Marineda. Esperá- 
base la vista pública como se espera un 
acontecimiento : se sabía que asistirían 
á ella Paco Rumores , un hijo de Marine- 
da, admitido como noticiero en el diario 
de mayor circulación de España; queDon 
Carmelo Xozales preparaba un informe 
brillantísimo, preludio de su traslado á la 



244 



LA PIEDRA ANGULAR 



Audiencia de la corte; y que, no obstante 
su resistencia y repugnancia á exhibirse 
en Marineda como letrado, Lucio Febre- 
ro había tenido que encargarse de defen- 
der á la parricida. 

Moragas resolvió asistir al juicio oral. 
Pero á última hora se lo impidió la hija 
de la marquesa de Veniales, casada ha- 
cía siete meses con un ingeniero, y tan 
enemiga de perder tiempo, que, al cum- 
plirse ese plazo mínimo, aumentaba la 
especie humana con una criatura. Fué 
el lance apretado y peligroso, y Mora- 
gas no pudo apartarse del potro de tor- 
mento donde gemía la prematura madre. 
Á la misma hora en que entraba en el 
mundo una niña sietemesina, los jura- 
dos y la Audiendia sentenciaban á salir 
de él á una mujer y un hombre; los reos 
de la Erbeda, sentenciados á garrote vil, 
«como era de esperar», que dijo Cáñamo. 

Unánime estuvo la prensa aquella no- 
che y la mañana siguiente , poniendo en 
las nubes el informe de Nozales, y reve- 
lando descontento y extrañeza ante la de- 
fensa de Febrero. Fiel á los moldes clá- 



POR E. PARDO BAZÁN. 



245 



sicos de la oratoria forense, Grocio y Pu- 
fendorf pronunció una especie de invo- 
cación á las Furias del derecho penal, 
esmaltando su oración de vengadores 
apóstrofes. Para el objeto sirvióle de mu- 
cho á Nozales el ligero baño literario que 
poseía , y la acusación de Batilo contra 
los dos asesinos de Castillo le hizo el caldo 
gordo , sin que por nadie fuese notada la 
coincidencia de ideas y frases, que pudie- 
ra parecer resultado de la coincidencia de 
crimen. Lo mismo queMeléndez Valdés 
en 1821, Nozales habló del desenfreno, 
perversión y abandono brutal de las cos- 
tumbres, de la funesta disolución de los 
lazos sociales, de la inmoralidad que por 
doquiera cunde y se propaga con la ra- 
pidez de la peste, del olvido de todos los 
deberes, y presentó como rasgo caracte- 
rístico de la época el hacer escarnio del 
nudo conyugal; habló de la consterna- 
ción de la patria ante tan horrendo aten- 
tado, perseguido con las mayores penas 
desde la antigüedad remota hasta la épo- 
ca presente; citó una ley del Fuero Juzgo 
y otra del título de los ornecillos en las 



246 



LA PIEDRA ANGULAR 



Partidas; y terminó con el parrafeo efec- 
tista de cajón en estos informes, encare- 
ciendo á los jueces la trascendencia del 
veredicto y la importancia de la misión 
que la sociedad les confía, la necesidad de 
reprimir inexorablemente el crimen y de 
inspirarse, no en una compasión reñida 
con la ley, sino en el recuerdo de la vícti- 
ma « que ya no puede hablar y desde otras 
regiones contempla á la sociedád y á los 
jueces». La concurrencia, pendientede los 
labios de Nozales, prestó también afanosa 
atención á Lucio Febrero; sólo que, hacia 
el segundo tercio de la perorata del joven 
letrado, principió á desorientarse, y al 
final, confesando que «todo aquello podría 
ser muy científico», convino en que era 
raro y sospechoso, y aun funesto á la socie- 
dad, de cuyas manos arrancaba el consa- 
bido rayo vengador que Nozales, con ar- 
tístico ademán, fingiera vibrando sobre 
lás cabezas malditas de los reos. Además, 
¿no era un sofisma evidente, una falta de 
lealtad jurídica, el empeño de demostrar 
que la parricida, al entregarse á un aman- 
te, y al concertar después con él la muerte 



POR E. PARDO BAZÁN. 



247 



de su esposo, no obedecía á sugestiones de 
la lascivia, sino á las de un terror profun- 
do, de esos que extravían y ciegan, al te- 
rror de que el amante la acogotase , y lue- 
go al terror de que el marido , cumpliendo 
amenazas tan reiteradas y horribles como 
verosímiles, la ahogase una noche, entreel 
silencio de la alcoba conyugal ? ¿Á qué ve- 
nía apoyar tesis tanrara con citas de obras 
de medicina, que demuestran la obceca- 
ción y trastorno moral que produce el mie- 
do en el alma humana, y sobre todo en la 
femenil , donde la educación y la costum- 
breriegany cultivan ese sentimiento?¿Por 
qué Febrero no citaba obras de Derecho 
penal? ¿Por qué no admitía la versión 
natural y corriente de la bribona que, á fin 
de dar gusto al cuerpo , toma un galán, 
y para mejor disfrutar del galán suprime 
al marido? Nada, está visto que estos 
jurisconsultos de ahora se agarran á un 
clavo ardiendo con tal de declarar al reo 
irresponsable.... Había que oir á Cáñamo 
en los pasillos de la Audiencia de Marine- 
da. «Les digo á Vds. que, á este paso, la 
sociedad se hunde , se desploma.... Como 



248 



LA PIEDRA ANGULAR 



que se quita la piedra angular, funda- 
mento de todo el edificio. » Renació la 
tranquilidad al saberse el veredicto del 
jurado, prueba de que la sociedad no se 
desplomaba aún. i La apuntalaría muy en 
breve un doble cadalso! 

A los dos ó tres días de hacerse pública 
la sentencia, entró en el gabinete de Mo- 
ragas Lucio Febrero , y el abogado ten- 
dió al médico una mano que ardía. 

— ¿Sabe V.— dijo arrojándose en el di- 
ván—que tengo calentura por las tardes? 

Moragas le pulsó. Sí; había elevación 
de temperatura , pero casi insensible. 

—Tal vez sea — dijo —una manifesta- 
ción palúdica ; pero se me figura que lo 
que tiene V. puede llamarse berrinche. 

Lucio no contestó al pronto : dudaba 
entre callar ó espontanearse. Al cabo, po- 
niéndose de pie y con la expansión de 
quien destapa el alma : 

— Me voy de Marineda— exclamó.— Me 
meteré en la montaña, á cazar, loque 
falta del verano , y con eso tal vez me 
salvo de una hepatitis. ¡Felices Vds. los 
que no se reprimen, los que dan válvulas 



POR E. PARDO BAZÁN. 



249 



á la ira como al entusiasmo! ¿Dice V. que 
poca fiebre? Pues yo pensé tener cuarenta 
grados y varias décimas. 

Moragas se rió, y murmuró, apoyando 
cariñosamente ambas manos en los hom- 
bros del abogado: 

—j Qué á pechos lo ha tomado V.! No lo 
creí. Es verdad que la causa metió ruido, 
y que Nozales puso toda la carne en el 
asador. 

—Toda la carne.... Sí, la carne manida ; 
carne de un siglo. Pero el pensamiento 
del auditorio contaba justamente la mis- 
ma fecha que los argumentos de Nozales. 
i Les habló el lenguaje que entendían!.... 

— Y V. en chino— advirtió Moragas.— 
Aquella teoría del crimen por miedo sería 
muy ingeniosa en los Asszses de París.... 
Lo que es por acá.... V. se pasó de listo, 
Sr. D. Lucio. 

— ¡ De lo que me pasé fué de sincero !— 
exclamó apesadumbrado el joven defen- 
sor.— Á veces la verdad no es verosímil ; 
yo lo olvidé, quise hacerla brillar en todo 
su esplendor, y sólo conseguí espesar la 
sombra. Nozales sí que estuvo acertado. 



250 



Hay para uso de los tribunales, una espe- 
cie de aleluyas del hombre malo y bueno 
que se aplican indistintamente á cualquier 
criminal : es una máscara clásica, como 
esas figuras alegóricas de yeso que re- 
presentan las Virtudes, ó las Estaciones 
del año. — ¡La humanidad es tan variada, 
tan diferente entre sí!.... ¡Cada alma es un 
mundo! PeroNozales, y los magistrados.... 
¡Cargue el diablo con ellos! 

— Vamos , ¿ve V. como nadie es de bron- 
ce?— advirtió Moragas.— Se ha tomado 
V. interés por su defendida.... ¿Qué tiene 
de particular? 

—No, Moragas.... No es eso, —respondió 
Febrero esforzándose en hablar sin vio- 
lencia ni cólera.— Ella.... me es casi indife- 
rente, y el querido, antipático. Mi interés 
es puramente ideológico. Me importan.... 
como concepto. Veo que ella va á morir.... 
no por criminal , sino por miedosa. Su 
crimen es horrible, nauseabundo; tiene 
circunstancias que espeluznan ; confor- 
mes; pero si se atendiese á lo interno.... 
ella no debía morir. 

— ¿Cree V. que deba morir en garrote 



POR E. PARDO BAZÁN. 



2 5 I 



mujer ninguna? — preguntó Moragas fo- 
gosamente. 

—Ya sabe V. cómo pienso en ese asun- 
to.... No soy abolicionista.... Pero las mu- 
jeres, puesto que la ley las considera me- 
nores para infinidad de casos, y el dere- 
cho político las excluye, debieran encon- 
trar ante el derecho penal la protección y 
la indulgencia que se deben al menor.— 
¡Y váyales V. con esto á los señores del 
margen !— Esa criminal de la Erbeda , por 
ejemplo, no hubiese cometido el crimen 
si no fuese educada bajo el régimen del 
terror viril. Me ha contado su historia. 
De niña, la pegaba su padre para obli- 
garla á pisar tojo. De muchacha, en las 
romerías, la sacaban los mozos á bailar á 
empellones ó zorregándola un varazo..,. 
¡ galantería rusticana i De casada, su ma- 
rido no la solfeaba mucho (por eso dijo 
Nozales, parodiando á Meléndez Valdés, 
que era hombre de bondoso carácter); 
pero un día que vino más borracho que 
otros, la quiso meter en el horno y arri- 
mar lumbre.... Sobreviene el querido.... 
y.... la conquista un día , por violencia, 



252 



LA PIEDRA ANGULAR 



con amenazas y golpes ; establecen el con- 
cubinato.... el marido los pilla casi infra- 
ganti, y hace la vista gorda.... sin duda 
por temor al Cirineo...., pero así que este 
vuelve la espalda, agarra á su mujer de 
las muñecas , la lleva ante el horno...., 
la suelta después...., y por frases, por mi- 
radas, por intuición , ella comprende que 
el propósito es firme , que su marido tiene 
determinado matarla y sólo espera oca- 
sión propicia. Así la va asesinando poco á 
poco, de susto. Al acostarse le dice siem- 
pre: «Cuando menos pienses te despier- 
tas en la eternidad.» Y la mujer suprime 
el sueño, quiere que no la sorprendan, 
poder resistir, gritar.... ¿Comprende V. 
el estado psíquico que determina el no 
dormir en muchos meses ? Naturalmente 
confía sus terrores al querido , que se 
alarma también por cuenta propia...., y 
claro , surge la idea del crimen .... Ahí 
tiene V. la génesis.... j Miedo ! 

—Pues nadie lo ha creído, sépalo V.— 
advirtió Moragas.— En el concepto gene- 
ral, el esposo murió porque estorbaba.... 

—Dejarlo—respondió Febrero suspiran- 



POR E. PARDO BAZÁN. 



253 



do.— ¿Qué más da? Yo me voy de caza , de 
pesca, de monte...., de cualquier cosa.... Y 
no oiré, ni entenderé, ni me tropezaré con 
Cáñamo, ni con Nozales, ni con Don Celso 
Palmares, que después de andar diciendo 
que se moriría sin firmar una sentencia 
de muerte, ha firmado ésta.... Me libraré 
del espectáculo ridículo de la versatilidad 
de las muchedumbres ; no veré á los mis- 
mos que hoy clamaban « vindicta públi- 
ca^ telegrafiar á los Diputados y Senado- 
res para conseguir ese otro absurdo que 
llaman indulto.... 

— ¿ Sentiría V. que indultasen á su de- 
fendida? 

—Sé que no la indultarán : corren vien- 
tos de severidad. Pero el indulto me su- 
bleva. Ó no condenar, ó no perdonará 
capricho. La clemencia ministerial (ni 
real es) corre parejas con la justicia his- 
tórica.... Ea, adiós, Señor Don Pelayo; á 
menos que quiera V. acompañarme á la 
Cárcel.... Voy á despedirme de esa infeliz, 
y á darle ánimos, haciéndola creer mil 
embustes. ¿Me ayuda V. á mentir ? ¿Sí? 
¡Cuánto me alegro! 



XIV 



l Doctor aún no acababa de resol- 



1 j verse. Estaba en uno de esos perío- 
dos en que el corazón pide más descanso 
que lucha. ¡De cuán endeble contextura es 
la hebra del destino humano! ; Cuán in- 
significante puede ser el movimiento psí- 
quico que tal vez decide de una exis- 
tencia! 

Moragas miró á los vidrios de su ven- 
tana y notó que hacía un sol radiante, un 
día de Junio espléndido y no caluroso ; y 
por esto y por la simpatía que le inspira- 
ba Lucio, pensó, «pecho al agua»; se puso 
el sobretodo gris , y bajó las escaleras 
de muy buen talante. 

Hállase enclavada la Cárcel de Mari- 
neda al extremo inferior del Barrio de 
Arriba ; por un lado mira al mar, por 




256 



LA PIEDRA ANGULAR 



otro—donde tiene su principal entrada— 
á una plazoleta irregular y en declive, 
entre cuyas baldosas crece la hierba. El 
aspecto de esta plazoleta es de los que 
enamoran al artista y desazonan al edil 
fomentador de reformas urbanas. Á la de- 
recha, el gótico caserón de un noble; á la 
izquierda, la alta pared de la Audiencia; 
en primer término callejuelas y calles, y 
allá en el fondo, azul bahía. — Construida 
en el último tercio del siglo pasado, la 
Cárcel de Marineda guarda algunas fúne- 
bres memorias de nuestros disturbios po- 
líticos : enséñase el calabozo de donde sa- 
lieron varios liberales para la horca, y 
ciertos realistas á tripular un barco que 
en mitad de la bahía se desfondó , arras- 
trando al abismo su tripulación maniatada. 

—¿Sabe V.— pronunció Moragas dete- 
niéndose antes de franquear la puerta — 
que la Cárcel es angustiosa y triste ya 
antes de que se ponga en ella el pie ? Esas 
rejas triples, comidas de orín, parecen 
telarañas urdidas por la coacción y el 
aburrimiento. 

—Pues sepa V. que esta es una de las 



TOR E. PARDO BAZÁN. 



257 



mejores de España. ¡Hay cada cárcel por 
ahí! En algunas viven los reos con los 
pies metidos en agua.... ó en cosa peor. 
Acuérdese V. de lo que charlamos hace 
tiempo en el Espolón : la idea de que el 
acusado es torturable no se ha extingui- 
do, ni mucho menos.— Esta Cárcel— aña- 
dió Lucio deteniéndose y agarrando fa- 
miliarmente al Doctor por la solapa — es 
un portento de construcción, al decir de 
los inteligentes en arquitectura. Ahí le 
contarán á V.— caso que tenga la pacien- 
cia de escucharlo — que si el carcelero r 
deja caer al suelo en su habitación el 
manojo de llaves del edificio , se oye el es- 
trépito desde cualquier celda, y que á su 
vez el carcelero, desde su habitación, 
no pierde ripio de cuanto pasa en las cel- 
das de los presos.... Á pesar de tales mara- 
villas de acústica , por las rejas bajas en- 
tran botellas y más botellas de aguardien- 
te, y el último día que estuve á ver á mi 
defendida, había un preso curándose de 
dos puñaladas, causadas en riña después 
de una juerga.... ¡Qué mundo, este mundo 
penal!.... ¡Y decir que ahí, y no en los in- 

17 



LA PIEDRA ANGULAR 



folios apolillados, está el Derecho futuro, 
el que crearemos ! Entre V. , que ya verá 
tristezas.... aunque ahí nadie se queja ni 
llora : todos son estoicos desde que pasan 
ese umbral. 

Entraron, y se puso á sus órdenes un 
empleado solícito, acostumbrado á las 
visitas de Lucio Febrero, que andaba en 
la Cárcel como por su casa. Moragas, no 
familiarizado con el lugar, miraba con de- 
solación las paredes revestidas de sucie- 
dad inveterada, de mugre que parecía 
exudación del delito; deletreaba los rótu- 
los trazados sobre ellas con humo, y re- 
sistía, á fuer de médico, el tufo indefinible, 
mezcla de vahos de rancho insípido y de 
gente desaseada , que flotaba por los pasi- 
llos y hasta en los patios. Aunque los dos 
amigos iban derechos al departamento de 
mujeres, situado en el piso alto, Febrero 
arrastró á Moragas hacia el patio princi- 
pal, donde tomaban recreación los hom- 
bres. Los presos, que llevan por sistema 
fingir indiferencia hacia cuanto viene de 
fuera, no cambiaron de postura ni in- 
terrumpieron sus ocupaciones. La mayor 



POR E. PARDO BAZÁN. 



259 



parte de ellos, fuerza es decir que en na- 
da se ocupaba : entregados á la detesta- 
ble holgazanería carcelaria, paseábanse 
en grupos por el estrecho recinto, char- 
lando ó canturreando á media voz, y cla- 
vando de soslayo en Febrero miradas 
frías y hostiles. Moragas sentía aque- 
llas ojeadas alevosas, que se le hincaban 
como navajillas en el rostro. Un preso, 
en particular, le inspiró tan súbita re- 
pugnancia, que de buen grado se iría á 
él para retarle y abofetearle. «¡Vaya un 
pájaro! »— murmuró dando con el codo á 
Febrero.— El pájaro merecía, en efecto, 
alguna atención, por más que su tipo no 
ofreciese una singularidad propia de Ma- 
rineda, sino una variedad, común tal vez 
en todos los establecimientos penales del 
universo. Era el Adonis del presidio ; el 
que en París se llama pcile voyou, en 
Madrid chulapo, y en Cantabria care- 
ce de nombre propio , por ser planta 
exótica: mozo imberbe, de quebrada co- 
lor, con cierta perfección de formas que 
en vez de atraer repelía , como repele 
una lámina obscena. Vestía camiseta su- 



2ÓO 



LA PIEDRA ANGULAR 



cia, que descubría el arranque del cue- 
llo y el resalte de las tetillas ; panta- 
lón de paño crema, ceñido como el de 
los bailaores, y botas prietas, nueve- 
citas, de caña clara. La cabeza llevábala 
desnuda , y pegado el cabello á las sienes 
en reluciente gancho. Andaba con inde- 
coroso meneo de caderas, y en provoca- 
tiva actitud se aproximó al grupo de Mo- 
ragas y Febrero, como diciendo: «Míren- 
me Vds., aquí está un mozo cruo^ El 
celador que acompañaba á los dos ami- 
gos empujó con disimulo á Febrero, y 
llegándose al oído de Moragas , susurró 
guiñando el ojo : «Á ese lo mantiene y lo 
viste y lo habilita de todo una....» 

Mas ya solicitaba la atención de Mora- 
gas otro asunto; acababa de divisar , en 
el ángulo fronterizo del patio , á dos cria- 
turas , que representarían á lo sumo de 
nueve á once años. 

— ¡Vea V. ! — exclamó , dirigiéndose á 
Febrero.— ¡No pensé que también hubiese 
micos! 

Los chicos, acurrucados en el suelo, se 
levantaron á la voz del celador, que les 



POR E. PARDO BAZÁN. 



26l 



dijo imperiosamente: « Aquí. » Acercá- 
ronse los dos: el mayorcillo, altivo, se- 
rio; el menor, risueño, cínico, ostentan- 
do en la carita esa expresión picaresca, 
que acompañando á la inocencia tiene 
algo de celestial , y que marchita por el 
vicio encoge el corazón. — «Áver, ¿por 
qué estarán aquí este par de peines?»— 
exclamó el Doctor, alargándoles con di- 
simulo no sé qué plata menuda. Iba á 
explicarlo Febrero, pero el celador se 
adelantó. — « El más pequeño es el que es- 
caló una chimenea para abrir la puerta á 
los ladrones cuando entraron á coger los 
cálices y las alhajas en San Efrén. El 
otro...., que parece de once años, pero 
tiene ya sus doce y medio.... es el que en 
el Campo de Belona dejó seco á un asis- 
tente de una puñalada en la ingle.»— Mo- 
ragas clavó los ojos en el precoz homicida. 

—¿Es verdad eso?— preguntó con más 
lástima que enojo.— No alzas del suelo 
tanto como mi bastón...., ¿y ya has matado 
á un hombre? 

Al mismo tiempo le consideraba con 
sorpresa, notando que parecía el mucha- 



2Ó2 



LA PIEDRA ANGULAR 



cho aquel un niño filipino; su cara era 
terrosa, juanetuda , inexpresiva ; sus ojos 
oblicuos, su boca pálida. 

— i Por qué hiciste eso?— repitió Mora- 
gas con insistencia. 

—Porque el asistente pegaba á mi her- 
mano,— contestó el chico en ronca voz de 
pollo que muda para engallar. 

Febrero desvió la atención de Moragas 
señalándole la puerta de una celda baja, 
al través de la cual asomaba el bulto de 
un hombre. 

—Allí tiene V. al coautor del crimen 
de la Erbeda ; el sentenciado á muerte.... 

El Doctor se volvió con viveza, pero 
Lucio le contuvo poniéndole la diestra 
sobre el brazo. 

—Acerquémonos con disimulo.... Ese 
individuo me aborrece desde que defendí 
á su cuñado , porque cree que yo traté de 
echarle encima toda la culpabilidad.... Si 
le dirijo la palabra, baja la cabeza, y no 
me responde.... Pero desde aquí le verá 
V. muy bien. 

—¡Qué facha tan siniestra!— exclamó 
Moragas. 



POR E. PARDO BAZÁN. 



263 



El asesino, recostado en la jamba de la 
puerta, miraba al patio, y la luz del sol 
le hería de lleno. Efectivamente, su cara 
y su aspecto eran característicos. Mora- 
gas reparó en su cabeza deprimida, con 
pelambrera sombría, semejante á las pe- 
lucas de los villanos de comedia ; en 
su mirar zaino, su siniestra palidez, su 
cara mal proporcionada , más desarro- 
llada del lado derecho , sus manos gran- 
des y nudosas , su proeminente y bestial 
mandíbula. Bajo la blusa y el pantalón 
de lienzo se adivinaba un cuerpo vigoro- 
so, y el zapato de lona dibujaba el pie 
aplanado y recio de la plebe aldeana. La 
posición que había adoptado arrimándose 
á la puerta era algo penosa, por hallarse 
sujeto con grillos, que le impedían cruzar 
las piernas. 

— Éste sí que no engaña,— murmuró Mo- 
ragas.—! Qué pedazo de bruto ! ¡Vaya un 
protagonista para un crimen pasional! 

—Pues ahí verá V.,— contestó Febrero. 
—Si la gente fuese observadora, sólo con 
mirarle á la geta se reiría de los patéticos 
apóstrofes de Nozales y de todo aquello 



264 



LA PIEDRA ANGULAR 



del culpable ardor y del fuego criminal. 
¿Ese hombre inspirar pasión? ¡ Caballe- 
ros! Es un másculo de las edades prehis- 
tóricas; es el oso de las cavernas.... Su- 
bamos, y observe V. el contraste entre el 
Romeo y la Julieta, que desde arriba pue- 
de contemplarle, si se le antoja.... ¡Pero 
no le contemplará ! ¡ Si algún alivio puede 
tener la desgraciada , es encontrarse libre 
de semejante fiera ! Y le advierto á V. que 
cuando le preguntan á él, jura en tono 
plañidero que ella le incitó, que ella le 
perdió... 

Subían, mientras Febrero hablaba así, 
por las escaleras húmedas y pinas, y de- 
jando atrás las cocinas apagadas y solita- 
rias, de ennegrecido y sórdido fogón, lle- 
gaban al departamento de las presas. Oíase 
en el pasillo el aullido fúnebre y prolon- 
gado de una loca furiosa , encerrada en 
celda aparte, en tanto que se expedientea- 
ba calmosamente su envío al manicomio. 
Cuando penetraron en las cámaras desti- 
nadas á las mujeres , pudo el Doctor 
creerse metido en un infierno con vistas 
al paraíso. 



POR E. PARDO BAZÁN. 



265 



Eran pardas y bisuntas las paredes; ne- 
gra y rebajada la techumbre ; carcomido 
el piso ; reducidísimo el espacio para el 
rebaño de presas que se apiñaba en pie, 
buscando apoyo en las ruines tarimas, — 
donde sólo convidaba al sueño flaco jer- 
gón mal surtido de poma ó paja de maíz 
seca ¡—mefítica la atmósfera, y triplica- 
dos los polvorientos barrotes que la re- 
tasaban. Mas al través de los hierros, 
tan próxima que casi metía por ellos 
jirones de raso turquí, estaba la bahía 
amplia, majestuosa, rielando bajo el sol, 
poblada de gentilesminuetas, de chalanas, 
de pesados lanchones, y señoreada por 
un magnífico trasatlántico, el Puno, que 
con las calderas trepidando aún , mal 
borrado el penacho gris de su alta y fina 
chimenea, acababa de fondear, y sobre 
cuya cubierta hormigueaban los pasaje- 
ros , aguardando la falúa de la Sanidad 
para arrojarse á los columpiadores es- 
quifes.... Indiferente, buena sin propósito 
de serlo,— como la naturaleza misma,— la 
bahía enviaba á las reclusas el perpetuo 
socorro de un aire salobre y vivificante, 



2Ó6 



LA PIEDRA ANGULAR 



que en aromáticas bocanadas se introdu- 
cía burlando las rejas.... 

El celador advirtió á Moragas que de 
aquellas hembras, —exceptuando la pa- 
rricida,— ninguna estaba allí más que 
porlevesfaltas, hurtos, agarros de moño, 
cosa insignificante, que á muchas las per- 
mitía alardear aún de mujeres de bien. 
Sin embargo, con la misteriosa fraterni- 
dad que en la prisión se establece, todas 
trataban cordialmente á la sentenciada á 
morir. 

Sentada en un rincón , vestida de rigu- 
roso luto, la divisó Moragas, avisado 
por un codazo de Febrero. «La indivi- 
dua»— pronunció más con los ojos que con 
la boca el abogado, y el médico se fué 
derecho hacia ella. La reo se levanta- 
ba ya por respeto á su defensor, y daba 
felices días ; y al oir por vez primera su 
voz delgada y tímida, Moragas experi- 
mentó la misma impresión aguda é in- 
tensa de piedad que había notado al verla 
cruzar la carretera entre guardias civi- 
les. Acaso fué mayor, más punzante, 
porque veía á la criminal enflaquecida, 



POR E. PARDO BAZÁN. 



267 



encorvada, lo mismo que si sus espaldas 
soportasen, no en sentido figurado, sino 
en realidad, el terrible peso de la ley. 
Por su reducida estatura y magrura ex- 
trema, parecía un muchacho disfrazado en 
ropas, femeniles : bajo su mantón negro, 
cruzado á pesar del calor, no se distin- 
guía forma de mujer, y el pañolito de 
zaraza con lunares, avanzando sobre la 
frente, envolvía en mareo de sombra el 
rostro color de cera, afilado , sumido. Mo- 
ragas contemplaba aquellas facciones me- 
nudas, aquellos ojos enrojecidos por el 
insomnio, y aquella boca contraída que 
no presentaba ningún signo característi- 
co de sensualidad. 

—¿Qué tal? ¿Cómo vamos?— preguntó 
el defensor llegándose á la reo, en tono 
que quería ser campechano y jovial. 

— Así.... así.... — contestó la mujer peno- 
samente. 

—Ahora te han mudado de habitación, 
¿eh? Aquí estás mejor— observó Febre- 
ro. (La habitación no era mejor ni peor 
que la otra.) 

— Psch.... Sí, señor.... Bien estoy en todas 



268 



LA PIEDRA ANGULAR 



partes— murmuró la presa con apagado 
acento, recalcando un poco la palabra 
bien. 

— ¿Y.... de ánimos? Mira, ya sabes que 
no te permito abatirte, —añadió Febrero 
en tono de médico que ordena al paciente 
vomitivos ú otra medicina repugnante. 

—De ánimos.... muy mal , señor....— res- 
pondió la sentenciada, fijando sus ojos, 
grandes, obscuros y de mirada dura, en 
el abogado.— Sueño cosas.... Ayer.... soñé 
que estaba ya en el cadalso mismo. 

—¡Valiente simple!— exclamó Febrero, 
riendo forzadamente.— Como me vuelvas 
á soñar bobadas semejantes.... Ya te he 
dicho cien veces que el Supremo casará 
la sentencia, yaunqueno la case es igual, 
porque gestionaremos el indulto. Y de 
todos modos.... ¡tonta! ;Si aún tenemos 
por delante el verano entero ! En tiempo 
de vacaciones no funcionan los tribuna- 
les.... Bien sabes que hasta el otoño lo 
menos no puede pasar nada.... 

La presa no contestó. Bajó los ojos, y 
un leve estremecimiento agitó su cuerpe- 
cillo. 



POR E. PARDO BAZÁN. 



269 



—Mira,— añadió el defensor ;— para que 
veas que no te olvido un momento, aquí te 
traigo á una persona muy respetable y 
muy influyente, el Doctor Moragas.... Pue- 
de hacer muchísimo por ti.,., si.... siliegase 
el caso.,,. Verás como.... entre todos.... 

Moragas se aproximó más á la reo, 
envolviéndola en aquella ojeada pene- 
trante y alentadora que sabía tener á la 
cabecera del enfermo desahuciado. La 
mujer á su vez levantó la vista, y el 
médico alargó la mano y cogió la de la 
culpable, apoyando la yema del pulgar 
en la muñeca para apreciar la pulsación. 
La piel estaba fría y ligeramente sudoro- 
sa; el pulso retraído, casi insensible. 

— Ánimo, — profirió á su vez Moragas, 
pero en tono completamente distinto del 
de Febrero, con fe, ardor y persuasión 
comunicativa. — Ánimo. Dé V. gracias á 
Dios, que hoy es un buen día para V. ¿Á 
V. qué le parece? ¿Tengo yo cara de 
mentir ó de engañar? Pues yo afirmo que 
no irá V. al palo. 

Por la muñeca que Moragas oprimía 
se precipitó un arroyuelo vivo y rápido 



270 



LA PIEDRA ANGULAR 



de caliente sangre; activóse el pulso, y la 
piel adquirió suave temperatura. La mu- 
jer fijó en Moragas la humedecida y bri- 
llante mirada de sus ojos, exclamando : 

— V. tiene cara de decir verdad. 

— Pues valor y esperanza, y no soñar 
más con el cadalso.... 
-—¿No me matarán? 

— ¡No, y no, y no! 

No se daba Don Pelayo cuenta exacta 
de lo que decía : no hablaba su razón, 
sino su voluntad, algo que le traía á la 
boca frases imprudentes de esperanza y 
consuelo. ¿Cómo podía él impedir que 
aquella mujer pereciese en el patíbulo? 
¿Cómo?.... «Pues no se me antoja que 
muera. Moraguitas, esta partida hay que 
ganarla.... ¡ Vergüenza para ti si no la 
ganases!....» 

Cuando médico y abogado , abando- 
nando el recinto de la prisión, salieron á 
beber con ansia el aire del mar , Febre- 
ro se detuvo y dijo al Doctor en tono 
reflexivo : 

— Estoy persuadido de que á la gente 
del pueblo se la trastea como se quiere, 



POR E. PARDO BAZÁN. 



27I 



y que podemos hacerles mucho bien , no 
alumbrando su razón , sino utilizando su 
credulidad. Deja V. á mi defendida cual 
yo no la he dejado nunca.... Lo mismo que 
un guante. Esa mujer tiene una particula- 
ridad propia de criminales : ya sabe V., 
la escasez de reacción vascular.... y la in- 
sensibilidad. No la he visto ponerse colo- 
rada ni una vez sola , ni nunca he sorpren- 
dido que derramase una lágrima. Pues 
hoy, al hablarla V., se ha encendido y 
se le han humedecido los ojos. Ha hecho 
V. bien. .. Le ha perdonado V. lo peor del 
castigo, que es su idea y su temor. \ Mo- 
rir! Hemos de morir todos...., y quién 
sabe si antes que ella. En lo único que le 
llevamos ventaja, es en ignorar la hora. 
¡Cuántos tísicos asistirá V. que á la pri- 
mer hoja que caiga!.... Lo cruel no es ma- 
tar, sino martirizar lentamente con el 
miedo : la ley aquí , inspirada en el crite- 
rio de Cáñamo, premedita el asesinato y 
lo realiza con ensañamiento progresivo ; 
cada día que pasa añade una tortura : el 
insomnio, los sueños espantosos , el des- 
pertar temblando, las últimas horas, en 



272 



LA PIEDRA ANGULAR 



que ya se cuenta por segundos.... Esa mu- 
jer mató, es cierto ; pero el muerto pasó, 
casi sin sufrir, del sueño á la eternidad ; 
y la ley, en represalias, la tiene medio 
año con el garrote delante de los ojos.... 
Crea V. que esa mujer ya expió su cri- 
men sólo con lo que lleva pensado estos 
días. En fin , V. le ha proporcionado algún 
alivio.... Hay mentiras benéficas. 

Moragas no contestó al pronto. De una 
fosforera de plata sacó un fósforo para 
encender el cigarrillo. Afianzó los lentes, 
acarició sus solapas , y de improviso, dan- 
do á Febrero un empellón muy expresivo, 
dijo lentamente : 

—Y V., ¿qué diría si no fuesen menti- 
ras?.... Vamos, ¿qué diría V.? 

Febrero sonrió con incredulidad afec- 
tuosa, y agarrándose del brazo del Doc- 
tor, respondió : 

-—No crea V. que no sé yo los vientos 
que corren en altas esferas.... Aunque in- 
teresen Vds. á medio Congreso y á media 
Senado, y á Lagartijo y al Nuncio...., 
tiempo perdido. Estos van al palo...., y yo 
me largo por no verlo, ni oirlo, ni leer 



POR E. PARDO BAZÁN. 



273 



un periódico , ni abrir una carta en cuatro 
meses. 

— Yo no soy diputado, ni senador, ni to- 
rero, ni plenipotenciario.... ,— afirmó Mo- 
ragas, deteniéndose y despidiendo haci;* 
el mar una bocanadita de humo; — pero.... 
Basta; chito; cada uno se entiende. 

—¿Qué,— preguntó Febrero humorísti- 
camente,— va V. á escalar la Cárcel ó á 
practicar una mina? Déjese V. de eso, 
Doctor. La vida de un ser más ó menos, 
créame V., nada importa. Lo único serio, 
y lo único que se debe defender á capa y 
espada, son las ideas. Cuando sucumbe 
una idea, es cuando procede tocar á muer- 
to, llorar, vestir luto.... Lo demás.... ¡Psch! 



18 



XV 



ra de las últimas del verano aquella 



U/ tarde, y mejor podríamos decir de 
las primeras del otoño, si bien ha de ad- 
vertirse que en Cantabria la otoñada ven- 
ce en paz, en hermosura, en esplendor, 
al estío.— El campo, segado ya, presenta- 
ba la nota melancólica del rastrojo sobre 
la tierra algo resquebrajada por la se- 
quía; pero en cambio el follage de ciertas 
plantas ociosas , que pueden permitirse 
el lujo de no morir hasta el invierno, bro- 
taba más lozano y tupido que nunca, y las 
tapias de las quintas que caen al camino 
real se ufanaban con una soberbia diade- 
ma de rosas, viña virgen, clemátida y 
bignonia. 

También el minúsculo jardín del doctor 
Moragas lucía sus mejores preseas. Había 




276 



LA PIEDRA ANGULAR 



un magnolio que, de puro joven, no echa- 
ra flor en todo el año ; pero las últimas 
ráfagas de calor estimularan sin duda 
sus vírgenes yemas, y un ánfora blanca 
como la nieve, cerrada aún, pero que ya 
comenzaba á delatarse indiscreta por su 
fragancia sutil, alboreaba entre las charo- 
ladas hojas. Nené, que avizorábala flor 
nueva desde días atrás , se deslizó despa- 
cito, con paso vacilante, hacia el cenador 
donde su padre leía un periódico tan 
embelesado, por más señas , que ni sin- 
tió acercarse á la criatura , ni atendió á 
los reiterados llamamientos de su voceci- 
ta fina como el oro.— Los renglones que 
absorbían á Moragas eran de un suelto 
concebido en estos términos, plus minus- 
ve: «El Tribunal Supremo ha desechado 
el recurso de casación interpuesto contra 
la sentencia condenatoria de los reos del 
famoso crimen de la Erbeda, del cual 
tienen ya extensa noticia nuestros lecto- 
res. Se cree que la prensa y sociedades 
de Marineda gestionarán vivamente el 
indulto, para evitar un día de luto y duelo 
á la culta capital de Cantabria.» 



POR E. PARDO BAZAN. 



277 



— ¡Papáaa! — chilló la voz de la niña 
algo encaprichada y rabiosa ya.— ¡Papáaa! 
¿Tá sodo? 

—No, preciosa.... No estoy sordo —res- 
pondió el padre , riéndose mal de su gra- 
do.— Á ver , ¿qué ocurre? ¿ No me dejarás 
leer? 

— For del buebo abió.... Amela. Queo 
for. ¡For, for! 

— ¡ Amén ! La vas á coger tú misma de 
la rama.... 

El Doctor aupó á la chiquilla, y ésta 
agarró la preciosa magnolia semicerrada 
aún, destrozándola, porque no podían 
cortarla sus deditos.... Por fin , entre hija 
y padre separaron del árbol la codiciada 
prenda, y Nené, apenas hubo conseguido 
apoderarse de ella, salió corriendo cuan- 
to se lo permitían los vestigios de aquella 
debilidad orgánica mal curada aún, en 
dirección de la casita. Nené tenía sus pla- 
nes respecto al aprovechamiento de la 
primer magnolia del jardín. 

Apenas el Doctor se vió libre del tira- 
no , recobró su periódico con diestra fe- 
bril, y releyó el suelto, cual si no lo 



278 



LA PIEDRA ANGULAR 



hubiese entendido , á pesar de ser tan tri- 
vial y claro. Apretóse la barba y arrugó 
el ceño como quien medita sobre muy ar- 
duos problemas ; luego se levantó y fué 
lleno de agitación á pasear por la única y 
angosta calle de árboles del huertecillo. 
El sol jugaba sobre la hierba de los recua- 
dros, dorándola y prestando á todo un 
tinte pacífico y alegre. Moragas hablaba 
solo, lanzando frecuentes exclamaciones, 
gesticulando, porque para él la reflexión 
era acción , movimiento y marejada inter- 
na imposible de reprimir. « Ahí tienes, 
Moraguitas , el conflicto que se te viene 
encima.... Anda, hijo, ahora es cuando 
tienes que apretar las clavijas tú.... ¡Va- 
liente derrota la que se te prepara! Ni 
Waterlóo.... Has ofrecido interponerte en- 
tre aquella mujer y el garrote.... Pero fué 
como si ofrecieses la luna , ¡infeliz!.... La 
agarrotarán. ...y tendrás paciencia. No son 
ahora los tiempos poéticos del Caballero 
de Maison Rouge, que por medios inve- 
rosímiles y romancescos sacaba á las cau. 
tivas de las mazmorras,...» Mientras pen- 
saba así , en los repliegues secretos de la 



POR E. PARDO BAZÁN. 



279 



intención y de la voluntad alentaba otra 
cosa, una singular esperanza , que tenía 
el ímpetu y la energía del presentimiento, 
ó mejor dicho, del cálculo de probabilida- 
des fundado en datos íntimos, cuyo valor 
sólo él podía estimar. Sin saber lo que 
hacía, se recostó en el cenador de viña 
virgen, y fué arrancando hojas de púrpu- 
ra, secas, que crugían entre sus dedos.... 

Por ser tan chico el huerto de Mora- 
gas, oíase desde el jardín el ruido del 
tránsito por la carretera, y Moragas, en 
medio de su distracción, entreoía á ra- 
tos el susurro de cierto diálogo infantil. 
¿Con quién hablaba Nené? ¿Con algún 
pordioserillo de los que se agazapan en 
la cuneta á esperar el paso de los carrua- 
jes? No , porque si así fuese, ya habría ve- 
nido á reclamar de su padre una mota 
para socorrer la necesidad.... Y la chá- 
chara seguía, se animaba, salpicada de 
risas y exclamaciones gozosas.... ¿ Con 
quién?.... Moragas acabó por salir de su 
absorción , movido por resortes de curio- 
sidad. Subió la escalera del jardín, cru- 
zó el comedor, y salió á la puerta de la 



28o 



LA PIEDRA ANGULAR 



salita.... Se quedó medio petrificado , como 
si hubiese visto la famosa geta clásica de 
la Gorgona...., aunque á la verdad no veía 
sino la cabeza ensortijada, graciosa, re- 
suelta , de Telmo Rojo, tan próxima á la 
cabecita blonda de Nené, que casi se to- 
caban. 

Los dos niños estaban jugando á un 
juego que consistía en construir con las 
piedras ó guijos que en montón habían 
acumulado los camineros para recebar el 
firme, nada menos que una fortificación 
en toda regla. Nené no tenía idea de qué 
es fortificación, y había principiado por 
confundirla con otro edificio público, ex- 
clamando : « ¡ Casa papá selo ! » ( es decir, 
en su idioma, iglesia ); pero Telmo, cons- 
tante en sus malhadadas aficiones béli- 
cas , se tomara el trabajo de explicar 
detenidamente á la chiquilla las diferen- 
cias capitales que existen entre una igle- 
sia y una fortificación, y el uso especial á 
que ésta se destina. — «Mira, aquí no hay 
curas, ni santos, ni Virgen de los Dolo- 
res.... Esta casa está llena de soldados.... 
que van con sus fusiles, ¿no sabes?; pon, 



POR E. PARDO BAZÁN. 



pon, pon....; y luego tocan la corneta....: 
tararí, tararí. Y luego el oficial que los 
manda.... : media vuelta á la derecha.... 
¡arrr! Después vienen los cañones...., que 
se colocan aquí.... , y son pá espatarrar al 
enemigo....; ¡booum! ¡booum! Á cada dis- 
paro, mueren un ciento.... , ó mil...., ó mu- 
chísimos más. i Si vieses qué bonito! Y 
viene el Capitán General, galopando...., 
patatrás...., y el Estado Mayor...., patatrís, 
patatrís.... ; y el fuerte está en medio del 
mar...., ¿no sabes?, como San Roque.... 
y el barco que entra en bahía lo sa- 
luda....» 

Nené, á cada palabra de Telmo, soltaba 
la carcajada y batía palmas, loca de júbi- 
lo. Es indudable que no comprendía toda 
la profundidad de la enseñanza de su no- 
vísimo amigo , pero sí la sonoridad , el 
brío y gala de aquello del ¡patatrís! y 
el ¡booum! Con los aterciopelados ojos 
fijos en el rostro del muchacho; con la 
Cándida boca entreabierta ; con las manos 
trémulas de gozo y los pies danzando, 
Nené seguía el curso de arquitectura mi- 
litar, y tomaba á puñados, como podía, 



282 



LA PIEDRA ANGULAR 



el guijo, queriendo contribuir á la pronta 
terminación del fuerte. 

Recobrado ya el Doctor de su impre- 
sión primera, dió dos pasos, resuelto á 
agarrar de un brazo al chico y estrellarle 
contra el montón de piedras.... ¡Porque 
atrevimiento y descaro necesitaba el hijo 
de Juan Rojo para fraternizar con la niña 
de Moragas, angelito candido, conservado 
entre algodones , capullo que un día había 
de ser la rosa blanca del jardín social, el 
misterioso sagrario que se llama una se- 
ñorita casadera ! ¡Nené jugando con el 
hijo de Rojo — con aquella hez de la socie- 
dad, marcada en la frente, lo mismo que 
por candente hierro, con afrentosas cica- 
trices de pedradas! ¡Nené y Telmo jun- 
tos!.... ¡La niña, alegre como hacía tiempo 
que no estaba; animada, encendidas las 
mejillas; los bracitos abiertos para abra- 
zar, el rostro tendido al beso del único 
niño que no puede ser besado! 

Sentía Moragas nuevamente la cólera 
de los primeros momentos, la que le mo- 
viera á arrojar por la ventana los dos 
duros , la que le aconsejara retirarse de 



POR E. PARDO BAZÁN. 



283 



la barraca de Rojo sin curar las heridas 
de Telmo, y la que entonces le impulsaba 
á deshacer al muchacho, despertando en 
su alma instintos de destrucción tan sal- 
vajes, que acaso su misma fuerza los con- 
sumió instantáneamente, como á la astilla 
la llama impetuosa que brota de su seno.... 
Durante cinco segundos , el Doctor fué 
capaz, en la intención, de un crimen.... y 
aquel vértigo, en su misma horrible fiebre 
de ira y de sangre, traía aparejada la 
reacción , correspondiente á la acción 
por lo enérgica y súbita.... «¿Eres tú el que 
quieres redimir, hacer milagros, salvar á 
un ser humano del patíbulo y á otro del 
envilecimiento? ¿No te has comprometido 
á que este niño tenga carrera y porvenir, 
y sea acogido por la sociedad sin que le 
echen en cara su origen ? ¡ Pues buen prin- 
cipio vas á dar á tu obra de misericordia 
si se te ocurre deshacerle á puntapiés, 
aplastarle contra los guijarros como á un 
bicho venenoso ! Pretendes rehabilitar al 
muchacho.... Empieza por no cerrarle tu 
cas;i y no negarle el beso de paz de tu 
hija.» 



28» 



LA PIEDRA ANGULAR 



Mientras pensaba, ó más bien, sentía 
así, imponiéndosele el sentimiento vesti- 
do de repentina luz y hermosura, acercá- 
base Moragas á la puerta y Telmo le veía. 
—Los guijos se le cayeron de las manos; 
la diestra buscó en la cabeza la boina, y la 
arrancó con respetuoso apresuramiento; 
el muchacho se cuadró...., y el médico, 
sério, resuelto, como si penetrase en una 
sila de hospital rellena de apestados, ten- 
dió la mano , la colocó sobre la rizada ve- 
dija del chico, y murmuró: 

—Me alegro de verte, Telmo.... Entra, 
entra, que te daremos de merendar. 

Pagó al contado la buena acción del 
Doctor, el ver pintada en el semblante de 
su protegido una impresión vivísima de 
felicidad y gratitud, que lo transformaba. 
Pudo entonces advertir Moragas el carác- 
ter fisionómico de Telmo , aquella especie 
de vanidoso candor, de engreimiento có- 
mico dentro de su edad, pero casi trági- 
co en fuerza del contraste que ofrecía con 
la habitual situación del chico rechazado 
y humillado. Los que aceptan la humilla- 
ción sin protesta, adquieren, ó una ex- 



POR E. PARDO BAZÁN. 285 



presión de resignación sublime — son los 
menos — ó de bajeza siniestra y vengativa 
—y es lo más común esto último.— Telmo 
distaba de ambos extremos ; mostrábase 
víctima de una injusticia, y ni la compren- 
día ni la quería sufrir. Él conocía intuiti- 
vamente el valor de su alma; reconocíase 
capaz de grandes proezas.... y le admiraba 
cada día más que, en vez de tratarle como 
á un perro, no le hubiesen puesto ya al 
frente de la guarnición de Marineda, ó no 
le reservasen el mando de uno de aquellos 
buques tan hermosos de la escuadra, la 
Villa de Madrid ó el acorazado que se 
construía en el astillero.... 

Dejando á Nené y á los guijarros, subió 
las dos escalentas , penetró en la sala, 
y acercándose al médico, dijo con de- 
sembarazo, aunque no sin sobresalto in- 
terior : 

—Me mandó mi padre que viniese aquí. 
Dice que V. ofreció que yo entraría en 
una Escuela , y que luego me buscaría 
colocación, y que me darán trabajo don- 
de quiera, y que aprenderé un buen oficio. 
Pero yo.... 



286 



LA PIEDRA ANGULAR 



—¿No quieres trabajar?— preguntó Mo- 
ragas, que ya sonreía, tendido en una me- 
cedora y examinando mejor al chico. 

—Si, señor; pero.... 

—¿Pero qué? Vamos á ver, di.... 

—De ser algo— exclamó Telmo resuel- 
tamente—quiero ser militar. 

—Ya caerás soldado. 

—No , militar toda la vida.... Oficial, 
vamos. 

—¡Pues es una friolera! ¿Y para qué 
quieres tú ser oficial , arrapiezo ? — 
preguntó el Doctor entre bondadoso y 
grave, 

—Para tener soldados, y ganar muchas 
batallas, y llevar espada y.... ensartar por 
los hígados á quien me insulte. 

Moragas calló, reflexionando, y en vez 
de sublevarse contra semejantes propósi- 
tos, los encontró simpáticos y bien pues- 
tos. En aquel ser que aspiraba con todas 
las energías de su alma á la rehabilita- 
ción, caía á maravilla la aspiración mili- 
tar, y podía considerarse vocación verda- 
dera. Aún no sabía Moragas si era posi- 
ble, y ya le pareció ver al muchacho con 



POR E. PARDO BAZÁN. 



287 



sus estrellas, sus galones , su teresiana y 
su espada al cinto. 

—Irás á la Escuela y al Instituto,— afir- 
mó con calor.— ¡ Y luego.... Dios dirá!— 
Atiende bien.... Vas á llevarle este reca- 
do á tu padre.... Te tomo en mi casa, con- 
migo. 

—¿Con V.... aquí? 

La impresión fué tan profunda , tan 
trastornadora, que bajo el bronceado de 
la piel curtida por el aire, se vió espar- 
cirse un tinte de palidez. Telmo no sabía 
lo que le pasaba. Era un júbilo egoísta, 
invencible, soberano, que tenía visos de 
dolor. En el alma del niño, la proposición 
de Moragas tomaba forma, no sólo de li- 
bertad, de redención de la afrenta, sino 
de mágica traslación , desde el rancho 
sucio y lúgubre, al oasis de un jardín po- 
blado de flores de magnolia, semejantes 
á la que Nené traía en la mano, y donde 
jugarían siempre , siempre , á levantar 
fortificaciones.... ¡Qué dicha inesperada, 
embriagadora! Perder de vista el barrio 
del Faro , apartarse del cementerio, dejar 
la casucha, y.... esto no lo definía Telmo.... 



288 



LA PIEDRA ANGULAR 



que á definirlo, lo hubiese rechazado su 
buen corazón....; pero allá dentro era ver- 
dad.... ; ¡ no vivir más con su padre, no res- 
pirar el hálito maldecido que asfixiaba!.... 

—¿No te quieres tú venir aqui?— pre- 
guntó Moragas, ad virtiendo también una 
satisfacción interior originada por moti- 
vos muy diferentes de los que causaban 
la de Telmo. 

—Yo.... querer....,— tartamudeó el chico. 
—Yo.... ¿Me quedo ya esta noche?.... 

— ¿Esta noche?.... ¡Vamos, que no tie- 
nes tú prisa!— contestó el Doctor, risue- 
ño. — Esta noche no podrá ser, mico ; por- 
que necesitamos permiso de tu padre. 
Todo se andará.... Mira, estoy pensando 
que es mejor que no le adelantes nada.... 
No te asustes : se lo diré yo mismo.... Llé- 
vale el recado siguiente : que no pase 
cuidado por ti.... y que un día de estos, 
como tendré que visitar en aquel barrio, 
allá iré.... y que me espere.... Oye tú, Nené. 
Tira esas piedras y esa tierra, grandísi- 
ma calamidad, que me pones perdido.... 
Así, limpita la Nené.... ¿Quieres tú que 
este niño meriende con nosotros ahora? 



POR E. PARDO BAZÁN. 



289 



Sonrió la criatura de un modo angeli- 
cal; alargó la enlodada mano como para 
agarrar á Telmo, y con la cabeza más 
aún que con la vocecilla de oro, dijo tres 
veces : 

—Quero, quero, quero. 

Y luego, en tono reflexivo, como de 
quien da solución á un grave problema, 
añadió esto que repetiremos, con su tra- 
ducción al pie : 

—No le amos uce.... (No le damos dul- 
ce.... porque ese es para mí todo, y más 
que hubiera.) No le amos roco (tampoco 
se me antoja que él venga á comerse 
mi rosco). Le amos buebo fito (le damos 
un huevo frito). Ete. (Este; la consabida 
flor de magnolio, en el estado que supon- 
drá el lector.) 



19 



XVI 



e ha confirmado en todas sus partes 



O la noticia del diario madrileño. Des- 
echado el recurso de casación, los reos 
de la Erbeda van á ser puestos en capilla. 

Hoy, lo mismo que hace cinco meses, 
hierve Marineda, y en casas, en casinos, 
en cafés, en las fuentes y tabernas— que 
son los casinos y cafés de la plebe— no se 
habla sino de una mujer y un hombre.... 
Mas, ¡cómo ha variado el acento conque 
los nombres de la pareja se pronuncian! 
¡Cuán diversas las palabras que los cali- 
fican! ¡Qué vuelta tan rápida ha dado la 
veleta de la voluntad! ¡Qué inconciliables 
los impulsos de antes y los de ahora! 

La fermentación más activa es en las 
redacciones de los diarios. Van y vienen 
telegramas, abusando de la consabida 




292 



LA PIEDRA ANGULAR 



fórmula de « evitar un día de luto á una 
población cultísima». El primer telegra- 
ma lo ha lanzado la prensa liberal, to- 
mando por abogado intercesor al famoso 
Santo cántabro, al gran jurista y antes 
omnipotente político, paño de lágrimas 
de toda la gente de su provincia que anda 
por el mundo á caza de g'angas y coloca- 
ciones. Y el Santo ha respondido ya, en 
tono cordial y afectuoso, lamentando no 
pesar hoy lo que bajo el mando de Sa- 
gasta, é indicando que, de todas suertes, 
dispuesto se encuentra á hacer lo posi- 
ble y lo imposible para contentar á sus 
conterráneos. Y los marinedinos, al sa- 
ber la respuesta , refunfuñan quejosos, 
murmurando que si se tratase de Com- 
postela.... ya lo arreglaría todo muy bien 
el Santiño querido .— Por su parte, la 
prensa conservadora y afín acude á Don 
Ángel Reyes , prohombre del partido, y 
contrincante de\ Santo. *Kver si, por com- 
petencia....» Pero el telegrama de Reyes, 
franco y decisivo como su carácter, viene 
á verter un jarro de agua fría sobre las 
esperanzas de la prensa. «Gestionaré» 



POR E. PARDO BAZÁN. 29} 



pero desconfío enteramente éxito»» Tal 
es la respuesta lacónica del hombre para 
quien ya se está mullendo la poltrona del 
Ministerio de Gracia y Justicia,... 

No por eso se desalientan los indul- 
tistas ; sólo que su imaginación, abando- 
nando los caminos de la probabilidad 
racional , busca sendas nuevas , nove- 
lescas y raras. Se interesa al Cardenal 
Arzobispo de Compostela, á fin de que 
éste dirija un telegrama ai Vicario de 
Cristo , y Su Santidad , en muy patéti- 
cas frases , transmita á la Regente la 
súplica. Funciona el alambre , envian- 
do elocuente excitación al marqués de 
Torre-Cores, poeta célebre, nacido en 
Marineda y residente en la corte de Espa- 
ña, á fin de que haga milagros con la lira 
y con la voz, suplicando por todas partes 
misericordia para losinfelices reos. Y, sin 
duda, para animar con el ejemplo á Torre- 
Cores, el vate local y oportunista Ciría- 
co de la Luna se siente inspirado, y da 
á luz nada menos que tres extensas com- 
posiciones en tres periódicos distintos, — 
una « Oda á la Clemencia », una « Descrip- 



294 



LA PIEDRA ANGULAR 



ción de los últimos instantes de un reo de 
muerte», con lema de Víctor Hugo, y 
una «Deprecación á la reina y á la ma- 
dre», con lema de Antonio Arnao.— Roto 
el hielo , menudean páginas lacrimosas 
en los diarios marinedinos ; pero flota 
ya en la atmósfera la convicción de que 
para los de la Erbeda no se ablandará 
ningún corazón magnánimo ; de que subi- 
rán al palo á su hora, y esa hora está 
más próxima de lo que las autoridades 
confiesan—es ya inminente. «Se ha indul- 
tado demasiado en estos dos años »,— dice 
en confianza Nozales el fiscal.— «Conviene 
en indultos , como en todo , cierto tira y 
afloja , y ahora corresponde el tira.* 

Salía el Doctor Moragas, en las primeras 
horas de la tarde, de visitar á un enfermo 
de ictericia, el magistrado Don Celso Pal- 
mares,— aquel que se había propuesto ter- 
minar su carrera sin firmar una sentencia 
de muerte, y sin embargo firmara la de 
la Erbeda.— Moragas saltó á su berlina, 
que le estaba esperando, y dió orden al 
cochero de dirigirse á la oficina telegrá- 
fica. Apeóse á la puerta y despidió su co- 



POR E. PARDO BAZÁN. 



2 95 



che allí, subiendo aprisa las escaleras y 
metiéndose por los pasillos tenebrosos, 
sucios y alfombrados de colillas. Moragas 
llevaba encargo de Palmares de llamar 
por telégrafo al hermano del magistrado, 
residente en Córdoba, pues Palmares se 
sentía enfermo de verdad, y ansiaba tener 
á su cabecera alguna persona querida.— 
Y á Moragas le corría prisa desempeñar 
la comisión, para atender luego á queha- 
ceres muy urgentes , de suma importan- 
cia, en el barrio de Belona.... 

Interceptaba la taquilla la espalda de 
un hombre , que accionaba entregando al 
telegrafista la minuta de un parte « urgen- 
te, muy urgente». Leyó el telegrafista en 
alta voz , y Moragas pudo oir : « Subsecre- 
tario Gracia Justicia.... En nombre cari- 
dad ruégole interese Ministro Reina in- 
dulto reos Erbeda evitar día nefasto ca- 
pital dignísima.» Dudaba el empleado, al 
deletrear la firma. «¿Es Arturo Cánda- 
mo?» «No, Cáñamo, Cáñamo» , repitió el 
que expedía, con visos de desagrado é 
impaciencia al ver que no estaban fami- 
liarizados allí con su apellido; y como se 



296 



LÁ PIEDRA ANGULAR 



volviese, pudo cerciorarse Moragas de 
que el caritativo suplicante del indulto 
era ni más ni menos que Siete patíbulos..,. 

— ¿V. pedirá lo mismo?,— exclamó éste 
confianzudamente, saludando al Doctor.— 
Ese telegrama que trae V.en la mano será 
para algún pájaro de cuenta de Madrid. 

—Nada de eso....,— declaró Moragas.— 
Yo no pido indultos, ni cabezas tampoco. 
Y V., ¿qué milagro? , ¡ V. el defensor de 
la última pena....! 

—Y eso, ¿qué tiene que ver?,— respon- 
dió Cáñamo con asombro. — Yo exijo jus- 
ticia^ al mismo tiempo reconozco los 
fueros de la piedad. ¿No he de admirar al 
Monarca, ejerciendo la prerrogativa más 
hermosa y más sublime? Pero Vds. los 
positivistas y materialistas son duros de 
corazón, carecen de entrañas, y quieren 
despojar al jefe del Estado de la preciosa 
facultad de inclinar, con una palabra de 
conmiseración , la balanza de la ley.... ¡ Ah! 
¿Ni aun siendo el jefe del Estado una mu- 
jer se conmoverán Vds., al verla suspen- 
der con un gesto la caída de la terrible 
cuchilla? Ahí tiene V. los frutos de la 



POR E. PARDO BAZÁN. 



297 



ciencia sin alma.... ¿Que dos pesetas?,— 
añadió, mudando de tono y dirigiéndose 
al telegrafista.— Á ver...., ¿son más de 
quince palabras? Sí, sí; ya; corriente.... 
Voy por los sellos.... 

Transmitió Moragas el parte entre- 
tanto, y una sonrisa retozó en sus la- 
bios, mientras evocaba su memoria, clara 
y distinta, la imagen de Lucio Febrero, 
el cual á tales horas subiría cerros y 
cruzaría arroyos en pos de algún bando 
de perdices, allá por las breñas del fra- 
goso distrito de Mourante, y olvidaría, 
paladeando el divino beleño que nos dan 
á beber la naturaleza y la soledad, que 
hay en el mundo reos, verdugos, prensa 
quepida indultos y Ministros que los acon- 
sejen ó desaconsejen.... 

— «Donde la ciencia acaba, empieza el 
sentimiento , y en los dominios del senti- 
miento, es real lo absurdo »— pensaba el 
Doctor cuando envuelto en su capa as- 
cendía á pie la agria cuesta irregular que, 
en espera de una majestuosa rampa futu- 
ra, es por hoy único acceso al barrio de 
Belona.— Y una esperanza loca y sin lí- 



298 



LA PIEDRA ANGULAR 



mites , un orgullo delicioso en que flotaba 
su espíritu como al caer en el éter azul, 
le incitaron á volverse y mirar, desde la 
altura, á Marineda tendida á sus pies. 
Nunca tanto como en aquel instante de- 
cisivo y supremo resaltara á sus ojos 
la semejanza de la linda ciudad con un 
cuerpo de mujer, bien ceñida por torneado 
corsé la delgada cintura, y sueltos á par- 
tir de ella los pliegues de la faldamenta 
amplia y rumorosa. Dos conchas llenas 
de esmeraldas parecían los dos mares, el 
de la Bahía y el del Varadero , que com- 
primían á derecha é izquierda el esbelto 
talle de la ciudad ; y el nevado caserío, 
con sus fachadas de miles de cristales, 
heridas por el Poniente, fingía sobre 
aquel talle primoroso el culebreo de un 
bordado de lentejuelas destellando á la 
luz de uñatea roja.... «Yo te evitaré el 
espectáculo, Marineda» murmuró el Doc- 
tor galantemente , como si prometiese 
algo á una dama. « El día del crimen 
querías la muerte de los culpables, y hoy 
quieres su vida. Voy á dártela. > Y corrió, 
lo mismo que si tuviese veinte años.... 



POR E. PARDO BAZÁN. 



299 



Ante una barraca ó garita pintada de al- 
mazarrón, délas que se acurrucan á la 
sombra del Cuartel, y que desde cierta 
distancia parecen sarta de corales, adorno 
del siniestro Campillo de la Horca, un 
corro de gente plebeya rodeaba un cuer- 
po humano sin duda— un cuerpo humano, 
lo único sobre que se inclina tan muda 
y piadosa la curiosidad popular. Alguien 
reconoció á Moragas, aunque iba embo- 
zado y á paso tan furtivo y cauteloso ; 
y las voces de «¡Venga, venga aquí, 
Don Pelayo! » detuvieron, mal de su gra- 
do , al médico , que pretendía escurrir- 
se. — Llegóse , y rompiendo por entre 
la multitud , vió en el suelo á una mu- 
chacha pobremente vestida, fea, desme- 
drada , raquítica, de rostro azulado me- 
jor que pálido : la sostenían dos carita- 
tivas mujeres, y ella, con los ojos ce- 
rrados y sumidos , entreabierta la boca, 
hundida la nariz , respiraba congojosa- 
mente, ó más bien arqueaba; Moragas 
reconoció desde el primer instante el es- 
tertor preagónico. « ¡Una desgracia como 
otra cualquiera, señor de Moragas ! » mur- 



300 



LA PIEDRA ANGULAR 



muró oficiosamente un agente de la ron- 
da, que andaba por allí , acercándose á 
Don Pelayo. «Es Orosia, la hija del borra - 
chón de Anteojos, un zapatero de viejo 
que trabaja en esa barraca que V. ve ; 
mejor dicho, quien trabajaba era la chica ; 
el padre no hace más que andar empal- 
mando curdas.... La hija tuvo ayer por 
la mañana un vómito de sangre, y — (aquí 
guiñó un ojo el agente) debió de ser de 
algún golpe mal dado que el bruto del pa- 
dre le pegaría en el estómago con la for- 
ma, porque lo tenía de costumbre.... Y dice 
que esta madrugada la oyeron quejarse 
mucho las vecinas, porque el padre la 
hizo venir por fuerza al trabajo , y la infe- 
liz no podía con su alma.... Ahora la en- 
contramos así..., ¿Qué hacemos?» 

—Una silla ó un colchón para llevarla 
á su casa— respondió Don Pelayo. 

— ¡Á su casa!— objetó una vecina sollo- 
zando.— i Ay señor ! Á la mia vendrá.... La 
suya está cerrada; la madre, que es ciga- 
rrera, se llévala llave en el bolsillo, por- 
que tiene miedo de que el maldito borra- 
cho le pegue fuego á todo.... Pero traigan 



POR E. PARDO BAZÁN. 



301 



mi colchón , que no tenemos más que 
uno.... y allí la pondremos.... Tú, Cándido, 
ve á avisar al cura de la parroquia.... ¡y 
Dios quiera que alcance! 

—No alcanzará,— respondió Moragas, 
que pulsaba á la moribunda.— De todos 
modos, que vaya.... Y á ver si la pudié- 
semos trasladar.... ¡Ese colchón! 

Ya lo traían , y Orosia fué tendida en él 
sin haber recobrado la conciencia de sí 
misma, en aquel deliquio de muerte que 
era preludio de resurrección á vida me- 
nos horrible y amarga. Su ropa , des- 
abrochada por los conatos de socorro de 
las buenas mujeres , y rota á trechos, 
dejaba ver algunos fragmentos de morti- 
ficada desnudez, y sobre las pobres car- 
necitas flacas, amoratadas equimosis y 
huellas, frescas aun, de crueldades bru- 
tales. Las comadres se limpiaban los 
ojos con el pico del pañuelo de algodón; 
algunos hombres juraron y profirieron 
sordas amenazas. El colchón fué levan- 
tado en vilo por las cuatro puntas , y la 
comitiva se puso en marcha, dirigiéndose 
hacia el domicilio de la compasiva dueña. 



302 



LA PIEDRA ANGULAR 



Mas al llegar allí se vió que Don Pelayo 
acertara de medio á medio. Orosia no ne- 
cesitaba ya de humano socorro , y en 
cuanto al espiritual, si Dios no la hubiese 
perdonado.... Dios no sería lo que es El, 
en grado eminente y sumo. 



XVII 



Aboca de noche entró Moragas una 
vez más en casa de Juan Rojo. Ya 
pisaba sin reparo aquel cuchitril sinies- 
tro , que entonces se lo pareció doble- 
mente. El reverbero apenas lucía; las 
camas estaban por hacer, en desorden, y 
no se veía á nadie en la estancia , hasta 
que de un rincón sombrío salió Rojo apre- 
surado, ofreciendo silla, y tartamudeando 
de contento al ver al Doctor. 

— Ya creía que no venía nunca más, 
Don Pelayo. 

—No acostumbro faltar á mi palabra,— 
exclamó Moragas sentándose, y seña- 
lando con ademán imperioso al padre de 
Telmo el otro asiento, único que restaba 
en el camaranchón. 
—Sí, señor ; ya lo sé demasiado.... Pero 



304 



LA PIEDRA ANGULAR 



como no venía.... yo.... me tomé la libertad.... 
me ha de dispensar.... de mandar allá al 
chiquillo...., pues.... V me trajo por con- 
testación.... que V que ya dispondría.... 

Bien puede conocer, Señor Don Pelayo, 
que la cosa urge. El rapaz está perdiendo 
los mejores años de su vida, los que podía 
aprovechar para hacerse hombre. O en 
escuela , ó en taller, ó donde V. vea, hay 
qué meterle.... El tiempo vuela.... yo falto 
de este mundo cuando menos se piense.... 
y es preciso que él quede ya colocado, 
para que no se le ocurra.... 

—Ya sé, ya sé lo que no debe ocurrír- 
sele— advirtió Moragas.— Basta. No ne 
cesitamos ni V. ni yo perdernos en más 
explicaciones. Todo lo tenemos hablado. 
Le hice á V. una promesa , ¿ no la re- 
cuerda ? Vengo á cumplirla. Á costa de 
mi crédito, de mi posición, de mi dine- 
ro, de todo lo que soy y valgo , haré de 
su hijo de V. un hombre digno, admitido 
por la sociedad, y á quien nadie tendrá que 
torcer la cara. 

—¿Será así? — interrogó Juan Rojo es- 
tremeciéndose al contacto de tanta ven- 



POR E. PARDO BAZÁN. 



305 



tura, como al de una corriente eléctrica. 
—Así será. 

Rojo hizo ademanes de enajenado , y 
Moragas, más ceñudo y grave que nunca, 
añadió : 

—Pero no de balde. Ya sabe V. que exijo 
en cambio.... 

— ¡Todo lo que V. quiera! ¡Todo! -Ex- 
clamó Juan , alzando los brazos y mano- 
teando como para tomar al cielo por tes- 
tigo. 

—¿Todo? Ahora veremos.... 

Recogióse Moragas como el luchador 
que echa atrás los codos para reunir fuer- 
zas; caló los lentes de oro, se sobó las 
manos una contra otra, y dijo solemne- 
mente, midiendo sus palabras: 

— Dentro de doce horas, mañana por 
la mañana, serán puestos en capilla los 
reos de la Erbeda. Pasado mañana, á las 
siete en punto, hay orden de que sean 
agarrotados. El indulto, que se gestionó, 
no vendrá. No quiere el Gobierno que la 
Reina ejerza su prerrogativa. Le falta 
áV., pues, día y medio para quitar la 
vida á dos semejantes. Vida por vida. Exi- 

20 



306 



LA PIEDRA ANGULAR 



jo la de ellos , en cambio de la que doy, 
moralmente, á su hijo de V. 

Rojo se quedó inmóvil, con la boca 
abierta, el semblante medio idiota. Trun- 
cadas sílabas brotaron de sus labios. 

— Yo.. . don.... si.... no sé.... 

—La vida de esos dos reos....! — insistió 
Moragas. 

— Yo...., pero cómo quiere que yo.... 

—V., V., y solo V., puede ya salvárse- 
la , — prosiguió el filántropo con energía 
extraordinaria, hipnotizando á Rojo al fle- 
charle el rayo de acero de sus pupilas.— V., 
y sólo V. Donde han fracasado las Socie- 
dades, las autoridades, el Cardenal arzo- 
bispo, los diputados, el Papa , V. va á 
vencer, y sin necesidad de tomarse más 
trabajo que el de decir «no». Cuando le lla- 
men á V. para ejercer sus funciones.... , V. 
se niega. Que le exhortan. « No. » Que le 
mandan, que le gritan, que pretenden 
aturdirle. «No, no.» Que le piden á V. ex- 
plicaciones de su conducta. « No. » Que le 
llevan á V. ante el jefe de policía, que le 
quieren apretar los dedos pulgares.... Su- 
frir si es preciso, y « no » , y más « no », y 



POR E. PARDO BAZÁN. 



307 



«requetenó» mil veces. ¡Este caso no lle- 
gará ; yo estoy á la mira ; yo impediré que 
se le haga á V. el menor daño.... , á fe de 
Moragas! Duerma V. tranquilo y descan- 
se, que no caerá un pelo de su cabeza.... 
Como la negativa de V. ha de ser la mis- 
ma mañana de la ejecución , tienen que 
suspenderla por fuerza...., y entonces V. 
publica en la prensa un comunicado, que 
yo redactaré, diciendo que no quiso ejer- 
cer sus funciones, porque la conciencia le 
avisó de que no es lícito en caso alguno 
matar á un semejante. Y de lo demás yo 
me encargo, y crea V. que ya no morirán 
en garrote los reos. 

Juan Rojo permaneció silencioso, como 
si acabase de desplomarse el orbe sobre 
su cabeza. Y orbe era en efecto el que 
se le desplomaba: el orbe de sus creen- 
cias, de sus ideas, de su noción social.... 

—Pero, señor.... — murmuró.— Pero, se- 
ñor. .., yo... Vamos, me ha de permitir 
que le diga una cosa...., y es que.... la jus- 
ticia...., los criminales. 

— ¡Calle V.! — respondió con voz de 
trueno Moragas. —¿Quién es V.para racio- 



308 



LA PIEDRA ANGULAR 



cinar sobre criminales y justicia? ¿Quién? 
i La justicia! Queda ahora mismo en este 
barrio, tirado sobre un colchón, el cadá- 
ver de una criatura asesinada...., la hija 
de Antiojos el zapatero.... ¿no le cono- 
ce V. ? Su padre la asesinó á fuerza de 
malos tratos, de barbaridades, de gol- 
pes.... Ni un día de cárcel le costará al 
malvado.... ¿Ó cree V. que todos los crí- 
menes vienen á parar en la vuelta que da 
V. al torniquete? Ahorremos palabras, 
que no estoy para perder tiempo, ni para 
entretenerme en discusiones con V.... ¿Le 
conviene á V. el trato, sí ó no? ¡La re- 
dención de su hijo por la vida de esos 
reos! 

—No se incomode, por Dios, señor de 
Moragas.... Yo.... ¡Yo haré lo que V. man- 
de! Se acabó.... No hay más que decir.... Y 
búsqueme trabajo para mí también , por- 
que voy á encontrarme sin pan.... Basta, 
lo dicho dicho.... Cueste lo que cueste...., 
haré lo que V.... ¡Digo que lo haré, Don 
Pelayo! 

—Pues corriente ,— respondió el médico 
levantándose, como si no quisiera dejar 



POR E. PARDO BAZÁN. 309 



enfriar la resolución de aquel hombre. 
—Ya está redimido su hijo de V...., y V. 
también , por añadidura. Quedará lavada, 
con esa acción, toda la infamia anterior. 
Telmo, desde hoy, corre de mi cuenta. 
Que recoja su ropa.... y que se vaya allá 
cuando guste ; hoy se le prepara habita- 
ción en mi casa. 

Decía esto Moragas andando hacia la 
puerta, y dando por consiguiente la es- 
palda á Juan Rojo. Al poner la mano en 
el pestillo y abrir la boca para añadir 
«Adiós», hízole volverse un sonido ronco, 
una especie de mugido como el de las 
olas del mar cuando se engolfan por es- 
trecho canalizo que las comprime y las 
desmenuza en espumosos jirones. Volteó 
rápidamente. El padre de Telmo era quien 
rugía ó se quejaba. 

—Se.... señ.... Don Pelayo, no.... enten- 
dámonos.... el rapaz.... ¿Qué....? 

Y adquiriendo de súbito, á impulsos del 
dolor, habla expedita y aun elocuente, 
rompió así , colocándose ante Moragas en 
actitud resuelta, como de ataque : 

— No ; lo que es eso sí que no lo verá V. 



3io 



LA PIEDRA ANGULAR 



ni ningún nacido: ¡llevarse á mi rapaz, 
quitármelo á mí, que soy su padre, su 
padre, su padre!!! ¡Apartarlo de mi lado 
como si yo tuviese el cólera ó fuese un 
malhechor! ¡Porque no lo soy, no señor, 
sino un hombre de bien, que ha respetado 
siempre cuanto debe respetarse, y pue- 
do andar por ahí con la cabeza muy 
levantada, más que muchos que me ha- 
cen ascos! ¡Yo no mancho á mí hijo , y 
yo no quiero apartarme de él , no quiero ! 
¡Es mi hijo, no tengo otro, ni tengo sino 
á él en este cochino mundo ! 

Moragas midió á Rojo de pies á cabeza 
con una mirada de hielo, — de un hielo 
que quemaba, de un hielo que arrancaba 
la piel como un latigazo ; casi sin tran- 
sición pasó de este mirar despreciativo á 
una reacción efusiva y piadosa ; y ape- 
lando á tutear á Rojo, como hacía siem- 
pre que deseaba influir más decisivamen- 
te en su espíritu, murmuró : 

— ¿Pero no ves, infeliz , que la base del 
bien que me propongo hacer á tu hijo es 
precisamente renovarle la atmósfera? Á 
tu lado — no lo comprendes — siempre 



POR E. PARDO BAZÁN. 



3*1 



será ¡el hijo del verdugo!; un ser á quien 
mirarán con asco y con menosprecio los 
mismos que á fuerza de ruegos le admi- 
tan á desempeñar la ocupación más vil y 
peor retribuida. Tú serás un hombre in- 
tachable y la gran persona ; ¡pero.... mira 
qué diantre!: ¡á tu hijo, los que limpian las 
alcantarillas no le quieren por compañe- 
ro ! No tratamos solo de que Telmo en- 
cuentre instrucción y trabajo : es preciso 
que además encuentre honra, que es de lo 
que andamos escasitos. \ Ah ! Si no fuese 
por la honra.... 

Moragas fee interrumpió , buscando un 
argumento concluyente y sin vuelta de 
hoja. Juan permanecía inmóvil, sin articu- 
lar palabra, aunque era más aparente la 
fatiga de su respiración siempre difícil. 
De vez en cuando movía la cabeza de 
izquierda á derecha, como si exclamase: 
«No, y no.» Y el Doctor, práctico en inci- 
siones profundas, le introdujo el bisturí 
sin miedo, seguro de acertar. 

—Es preciso— dijo recargando cada pa- 
labra—que ahora te desprendas de tu hijo, 
para que él no tenga que imitar á los 



3 I2 



LA PIEDRA ANGULAR 



veinte años el ejemplo de su madre, y de- 
jarte solo con tu infamia....! 

Certero había sido el corte; certero , y 
penetrante hasta los tuétanos. Rojo tem- 
bló, y algo que era embrión de sollozo y 
lamento de agonía murió en su garganta, 
á la cual llevó ambas manos , queriendo 
deshacer el lazo de la corbata , que real- 
mente no le podía oprimir poco ni mu- 
cho. Este movimiento instintivo le recor- 
dó otro, que el Doctor le prohibía reali- 
zar.... Pensó en los reos. Si sabían que 
iban á ser puestos en capilla, ¿percibirían 
ellos también esta horrible constricción 
del tragadero, esta sensación de conver- 
tirse la saliva en alfileres candentes? 

—Tu mujer— continuó Moragas con im- 
pasibilidad quirúrgica — se fué porque no 
podía resistir que la llamasen la esposa 
del verdugo. Prefirió perderse , y hay 
quien la alaba el gusto : créeme á mí. El 
chico, en cuanto crezca y distinga de co- 
lores , no se resignará tampoco.... á la 
mala sombra de ser tu hijo. No verá tie- 
rra por donde correr para escapársete. 
] Ah ! ¿Te creíste que podías tomar por ofi- 



POR E. PARDO BAZÁN. 313 



ció retorcer pescuezos, y que eso era com- 
patible con el amor, el hogar, la familia y 
las recreos de la paternidad ? ¡ Valiente 
bobo ! Menos malo es ser hijo de esos 
reos que te quieren entregar para que les 
aprietes el gaznate, que tuyo. A los hi- 
jos de los reos no les apedrean. Esos no 
mataron más que á un semejante , y tú 
matarás á cien, si te lo mandan, por trein- 
ta y siete duros cada mes. Suelta á tu 
hijo si no quieres que él se te huya. ¿A 
que ya está rabiando por largarse de jun^ 
to á ti? — añadió el filántropo revolviendo 
el acero en la herida. 

Rojo lanzó un grito de protesta. 

—No señor.... Eso, me ha de perdonar 
V., pero.... es lo que se dice, hablar por no 
callar! Mi rapaz está bien conmigo.... , le 
trato perfectamente.... , hasta , en lo que 
cabe, le mimo.... No le he levantado la 
mano en mi vida.... Se cumple un gusto de 
él primero que uno mío.... ¡El muchacho, ó 
es un condenado bribón...., ó me tiene que 
querer!.... — Así terminó, gimiendo, el 
padre. 

—¿Sí? — pronunció Moragas con cierta 



3^4 



LA. PIEDRA ANGULAR 



ironía , guiñando los ojos y limpiando los 
lentes.— Ahora vamos á salir de dudas.... 
Mira, tu chico me parece que entra.... 

Se oían las pasos de Telmo, y su mano 
había levantado el pestillo; pero notando 
que estaba alguien de visita en el cama- 
ranchón , el muchacho se había quedado 
perplejo, sin resolverse á pasar. Moragas 
le llamó; y Telmo, al conocer al médico, 
penetró jovial y petulante. 

—{Hola, buena pieza! ¿De dónde vienes 
tú á estas horas?— preguntó el Doctor 
para abrir camino. 

—De casa de la Marinera. — Respondió 
el pilluelo.— Tiene los ojos perdidos ; por 
eso no pudo acercarse aquí hoy. Uno de 
los chiquillos se queja de la cabeza. Aque- 
llo parece un hospital. 

— ¿Y tú te dedicabas á cuidarles? — insi- 
nuó el médico.— Se me figura que eres un 
corretón, que te pasas la vida fuera de tu 
casa. 

Telmo se encogió de hombros , y el 
Doctor continuó capciosamente : 

— Por lo visto no estás aquí en tu cen- 
tro. Debías hacer más compañía á papá. 



POR E. PARDO BAZÁN. 



3*5 



Está feo que vagabundees todo el día. 

— ¡Y.... para la falta que hago aquí!— 
exclamó Telmo.— Los demás niños van 
al Instituto.... Á alguna parte se ha de ir.... 

Diciendo así, el muchacho interrogaba 
con los ojos al Doctor, como instándole á 
que recordase el compromiso pendiente, 

— Precisamente para que tu.... puedas.... 
ir al Instituto, y á todos lados.... estuve 
ahora.... conferenciando con tu papá. Él 
conviene en que yo te proporcione me- 
dios de estudiar, y de tener carrera , y de 
seguir la militar, que tanto te gusta. Sólo 
teme que tus compañeros vuelvan á ju- 
garte alguna mala pasada, como la del 
castillo de San Wintila.... ¿Crées tú que 
te la jugarán? Dinos tu parecer.... 

Telmo miró á su padre y al médico, 
reflexionó, sintió que el instinto se con- 
vertía en luz...., y como quien se resuelve 
y se echa á nado desde una gran altura, 
exclamó impetuosamente : 

—Estando á la sombra de V. no me la 
jugarán.... Si me la juegan hoy en día.... es 
por lo que es. 

— ¿Quieres tú arrimarte á mi sombra? 



3 .6 



LA PIEDRA ANGULAR 



— ¡Caramba!! 

En esta contestación puso el muchacho 
toda la viveza de su espíritu y toda su 
alma, infantil aún, pero ya iluminada por 
la humillación, la adversidad y el martirio 
perpetuo. Era el anhelo del cautivo que 
pide que le quiten el cepo y la argolla ; 
era el grito de fiera del egoismo humano 
que aspira á la felicidad. Rojo no se mo- 
vía. Representaba la imagen del estupor, 
fase culminante de la pena. Pero de im- 
proviso , por su fisonomía ruda y sin flexi- 
bilidad, desatóse la emoción como un 
torrente. Giraron sus ojos, enseñándolo 
blanco; apretó los labios; dilató las fosas 
nasales; y con el ímpetu de ferocidad ani- 
mal desarrollado en su alma por la pro- 
fesión, se abalanzó al niño, con las ma- 
nos abiertas y los dedos contraídos, rígi- 
dos, deseosos de apretar un pescuezo.... 
Fué instantáneo, porque sus falanges se 
aflojaron en seguida , y empujando leve- 
mente á Telmo hacia el Doctor, dijo en 
voz que se oía apenas : 

—Lléveselo. Pero ha de ser ahora mis- 
mo. ¡Ahora mismo! No pongo más condi- 



POR E. PARDO BAZAN. 



317 



ción. Esta noche.... que no duerma aquí. 
Yo.... obedeceré. \ Lléveselo , por Dios y 
su Madre, señor de Moragas! 

—No; reflexione V. bien, Rojo, antes 
de decidirse,— advirtió Moragas pausada- 
mente.— Tiene V. para pensarlo la noche.... 
el día de mañana.... mucho tiempo. Eso sí: 
desde que V. se resuelva, que sea irrevo- 
cable.... porque aquí no vale desdecirse, 
y ahora sí y luego no. Por lo mismo.... 
piénselo, piénselo. 

—Pensado está,— respondió Rojo con 
brusca firmeza.— Sólo pido no tener al 
chiquillo ni un minuto más aquí. ¡ Me pa- 
rece que, á lo menos, ese favor....! 

Telmo, comprendiendo á medias, mi- 
raba á su padre y al filántropo. Éste, com- 
padecido, transigía ya, proponiendo pa- 
liativos, queriendo aplacar el dolor de la 
carne paternal , que palpitaba bajo el filo 
del acero. 

—Verá V. á su hijo siempre que quie- 
ra.... y pasado algún tiempo, hasta podrán 
Vds. reunirse....— murmuró al oído de Ro- 
jo.— La voluntaria retirada de V. del ofi- 
cio, el haber salvado dos vidas con sólo 



3 i8 



LA PIEDRA ANGULAR 



decir no , le devolverán el aprecio de las 
gentes honradas.... Si á V. también le re- 
dimo , hombre.... Hágase V. cargo.... ¡Si 
no se hace cargo inmediatamente,— por- 
que es V. tozudo,— ya se convencerá usted 
dentro de pocos días....! Ánimo, queTelmo 
no se entere.... Vale más.... 

Juan Rojo volvió la cabeza ; y acercán- 
dose á su hijo, le cogió de la mano éhizo 
ademán de impulsarle hacia el Doctor. El 
cual, admitiendo la dádiva, agarró ac- 
tiva y calurosamente la mano del mu- 
chacho. 

—Mañana irá la ropa ,— -pronunció Rojo 
en voz mate , apagada , pero resuelta. 
—Lléveselo, señor de Moragas. Va con 
gusto mío. ; Anda ; y acuérdate de que 
ya.... no tienes más padre que el señor! 

Telmo quiso decir algo ; apretósele el 
corazón, mitad de alegría, mitad de otra 
cosa...., y sin acción ni resistencia, se dejó 
conducir por Moragas. Salieron al aire li- 
bre: detrásde ellos blanqueábala tapiadel 
cementerio : delante tenían la extensión 
del mar ; y, á la derecha , la ciudad, alum- 
brada por mil luces. El filántropo sonreía : 



POR E. PARDO BAZÁN. 



319 



orgullo inefable dilataba su corazón ; sus 
pulmones bebían la brisa salitrosa ; sus 
pasos eran elásticos, iguales; no trope- 
zaba en las piedras; creía volar. Más po- 
deroso que el Jefe del Estado , acababa 
de indultar á dos seres humanos y de re- 
generar á otros dos! Y como Telmo no 
le siguiese todo lo aprisa posible, y aun 
volviese de vez en cuando el rostro atrás, 
mirando hacia la barraca maldita, el Doc- 
tor se inclinó, echó un brazo al cuello del 
muchacho , y murmuró con ternura : 
—Anda, hijo mío. 



EPILOGO 



La víspera del día siniestro amaneció 
el cielo cubierto de nubes de plomo. 
Por la tarde adquirieron un tinte cobri 
zo , y oscilaban y rodaban por el fir- 
mamento á manera de olas de un mar de 
metal derretido y candente. Rizada la 
bahía por el airecillo terral , adquirió 
bajo aquel siniestro celaje tonos de estaño, 
y en vez de las frescas rachas de invier- 
no que soplaban días atrás, cayó sobre 
el pueblo un bochorno singularísimo ; 
estremecieron la pesada atmósfera boca- 
nadas abrasadoras, y ascendió del suela 
ese vaho asfixiante que precede á la ráfa- 
ga del solano. 

Frecuente es en Marineda este aire cá- 
lido y terrible, que pesa sobre la natura- 

21 



322 



LA PIEDRA ANGULAR 



leza lo mismo que sobre el espíritu. Di- 
ríase que á su hálito letal, la vegetación 
desfallece, el mar se crispa, la luz se tor- 
na lívida y el hombre cae en marasmo 
profundo ó en insano vértigo. Sorda an- 
gustia oprime los pulmones , y nunca con 
mayor motivo que en horas tales podría 
un poeta del dolor decir como el profeta 
hebreo: «Mi alma miró con tedio á mi 
vida.» 

Observaron los marinedinos el estado 
atmosférico, y aunque no era inusitado, pa- 
recióles que tenía, en ocasión semejante, 
algo de fatídico simbolismo.— Un patrón de 
taller, amenazado de perder la parroquia 
de la Audiencia, Regencia y Capitanía 
general si no aceptaba el horrible encar- 
go, comprara á peso de oro la jornada de 
dos operarios infelices, que, custodiados 
por la policía y entre rechifla y murmullos 
de la plebe, habían principiado á levantar 
el medroso armadijo del cadalso. Hincados 
los postes, clavada, Dios sabe cómo, la 
escalera, aplazaron el resto de la obra sin 
nombre hasta que la protegiesen las tinie- 
blas nocturnas : temieron que la coloca- 



POR E. PARDO BAZÁN. 



323 



ción del palo y del banquillo les valiese 
alguna pedrada; cuando menos, injurias 
atroces. 

Al punto mismo en que los carpinteros* 
simulando una retirada, tomaban la es- 
puerta de las herramientas y procuraban 
embeberse por callejuelas sospechosas, 
cabizbajos, pálidos de vergüenza y deseo- 
sos de encontrar pronto un tabernáculo 
donde el aguardiente les prestase valor 
para dar, allá á media noche, cima á su ta- 
rea; al puiíto mismo en que el brigadier 
Cartoné entraba en la Cárcel para llevar 
un mazo de puros al reo que estaba en 
capilla, y á la reo, de parte de la señora 
brigadier a, un escapulario de la Virgen 
de la Guardia ; al punto mismo en que el 
reloj de la Audiencia marinedina, ó como 
allí dicen, de Palacio, lanzaba al aire una 
campanada sola, vibrante, solemne — las 
cinco y media— un hombre, que andaba 
pegado á la pared y se recataba , costeó 
la solitaria plaza donde campea la facha- 
da principal del Palacio susodicho, y, 
evitando acercarse á los centinelas que 
custodian la Capitanía General , se coló, 



3M 



LA PIEDRA ANGULAR 



por la puerta de la Audiencia , al zaguán 
sombrío que da acceso á las Salas del 
Tribunal de Justicia. 

El portero , viendo al hombre, hizo un 
gesto significativo, como quien dice «ya 
sé á qué vienes tú » y, descolgando el re- 
verbero con que se alumbraba para leer 
un periódico, precedió al recién venido, 
y ambos se internaron en el pasillo que 
conduce á la Sala de lo criminal. 

Antes de entrar en ella, detúvose el 
hombre , sobrecogido por la vista del 
ropero donde cuelgan los letrados sus 
ropas y birretes.— A la dudosa claridad, y 
en semejante sitio, las flácidas togas, con 
sus pliegues sepulcrales, parecían negros 
espectros de ahorcados. El birrete, dis- 
tante de la toga, deja un claro que semeja 
el rostro, y el vuelillo representa la mano» 
—Dominando el primer movimiento ins- 
tintivo, siguió adelante. El portero abrió 
la Sala; aplicó un fósforo á la boquilla de 
un brazo de gas, y la viva luz azul y dora- 
da relampagueó, iluminándola estancia 
plenamente. 
—¿Es por aquello?— silabeó el portero, 



POR E. PARDO BAZÁN. 



325 



que era un viejecito catarroso y temblón. 
— Pues mejor será que se lo traiga aquí. 
Allá no se ve nada, y con tanto trasto, ni 
^e revuelve uno.... Vaya, voy por todo. 
Aguarde. 

Quedóse solo el hombre en el templo de 
3a Ley. Sus ojos divagaron con extravío 
por el recinto, que solitario y mudo ad- 
quiría entonces extraña majestad, algo 
que impondría respeto á la persona me- 
nos reflexiva. V T estía las paredes un vene- 
rable damasco carmesí : la tela de la eti- 
queta y de la representación oficial en 
España, la que tan bien armoniza con las 
molduras doradas y tan rico fondo presta 
á las austeras cabezas del clero y la ma- 
gistratura. De igual tejido eran los sillo- 
nes, sobre cuyas tallas de oro apagado 
campeaban la balanza de Temis y la es- 
pada vengadora. Idéntico tono de púrpu- 
ra intensa tenían el forro de la mesa y la 
tribuna del Fiscal. Bajo el dosel del Pre- 
sidente, el Rey Alfonso XII, amarillento, 
injuriado por el pincel de un mal retra- 
tista, fijaba en el espectador sus ojos in- 
teligentes y tristes. Las arrogantes armas 



326 



LA PIEDRA ANGULAR 



de España, bordadas con oro, decoraban 
el respaldo délos bancos, de raido ter- 
ciopelo granate. 

Por efecto sin duda del estado de su 
alma , el hombre creyó nadar en un char- 
co sangriento. Aquel color vivo que le 
rodeaba , le infundía deseos de rasgar , de 
arrancar ; impulsos de toro acosado , des- 
tructores, feroces, ciegos. «¡Si pudiese 
hacer pedazos la Sala ! »— pensó, mientras 
en su trastornada cabeza retumbaban fu- 
riosas voces.— Volvióle á la razón momen- 
táneamente la entrada del portero, que 
traía en las manos dos cajas cuadrilongas. 
—Eran los instrumentos , que se custo- 
dian en la Audiencia, en un cuchitril obs- 
curo, escondidos como si fuesen la prueba 
de un crimen, hasta que, la víspera de la 
ejecución , los recoge el verdugo para 
adaptarlos al palo.... 

Depositó el portero las cajas sobre la 
mesa, no sin cierta visible repugnancia, y 
Juan Rojo, sereno ya en apariencia, serio 
y poseído de su papel, se aproximó y alzó 
la t<ipa, á fin de reconocer el contenido. 

Debajo de paños empapados en acei- 



POR E. PARDO BAZÁN. 



3^7 



te , reluciente y limpio como si se acabase 
de frotar, apareció uno de los dos garro- 
tes: cabalmente el modificado con arreglo 
á las indicaciones de Rojo. Tiene este ar- 
tefacto de muerte, que la produce á la vez 
por estrangulación y por asfixia, el defec- 
to de que en ocasiones retrocede el eje de 
hierro donde empalma la cigüeña, y no 
logrando el torniquete destrozar con la 
rapidez necesaria las vértebras cervicales 
y reducir el pescuezo al diámetro de un 
papel, puede la agonía de la víctima pro- 
longarse un espacio de tiempo en que cabe 
un infinito de horror. No tanto por esta 
consideración como por miedo á un fra- 
caso y á una grita , Juan Rojo había dis- 
currido sujetar la uña que afianza la 
palanca ó «fgüeña de un modo ingenioso 
y seguro, y se envanecía de su obra.- 
Aquel perfeccionado garrote fué el pri- 
mero que registró.... Después examinó el 
segundo, cerciorándose de que giraban 
bien ambos : y cerrando las cajas y en- 
volviéndolas en roto paño de sarga negra, 
las ocultó baja la capa, sin decir palabra 
al portero, que tampoco parecía dema- 



328 



LA PIEDRA ANGULAR 



siado locuaz. Viendo que Rojo cargaba 
con sus prendas, tosió el vejete, gargajeó, 
dió vuelta á la villa del gas, y tomando 
otra vez su reverbero ahumado, guió si- 
lenciosamente hacia la puerta. Hasta que 
Rojo traspuso el umbral, no le dijo en 
tono más irónico que amistoso : 

— Vaya, abur.... Tiento en las manos. 
i Y que aproveche ! 

Rojo ya no podía oirle, ni se oía más 
que á sí mismo. Después del tenaz y de- 
lirante insomnio; después de haber re- 
emplazado el alimento con la bebida, sin 
conseguir la bienhechora embriaguez; 
después de un día entero de dar vueltas 
á las mismas ideas en la angosta caja de 
su cráneo, dolorida y próxima á estallar, 
Juan Rojo tropezaba siempre contra una 
pared de dura roca: la imposibilidad de 
la desobediencia. «La autoridad manda.... 
¡Yo no puedo negarme! Soy un funciona- 
rio.... ¡Tienen derecho sobre mí! » Recor- 
daba su promesa , cierto ; pero ¿qué sig- 
nifica la promesa libre, voluntaria, contra 
el mandato superior, la obligación? «No, 
110 me puedo negar.... ¿Quien soy yo para 



POR E. PARDO BAZÁN. 



329 



negarme? > Problema sin solución para 
Rojo.... 

Miento.... Una solución se le había ocu- 
rrido en las horas de solitaria desespera- 
ción que pasó sin dormir, viendo la cama 
deTelmo vacía, y vacío el cuarto, y vacío 
más que todo el mundo.... Y de día tornó 
la solución á presentarse, clara, sencilla, 
consoladora y tremenda.... Fué por la tar- 
de , cuando las primeras ráfagas de aire 
solano vinieron , como vahos de caldera 
infernal , á estremecer el ambiente mari- 
nedino. Rojo acababa de atar los picos de 
un pañolón viejo, un pañolón que había 
pertenecido á su mujer, y que serviría de 
baúl á la ropa de Telmo: Juliana se encar- 
gaba de llevarla á casa del Doctor.— La 
vista de aquellos despojos del naufragio 
de su vida evocó en Rojo la memoria de 
las agonías pasadas y presentes.— Volvió 
á ver, como si los tuviese delante , con la 
lucidez que se adquiere en las horas su- 
'premas, á María y á Telmo; pero no á 
Telmo ya crecido, sino tal cual era en bra- 
zos de su madre; vió sus manitas gorde- 
zuelas, que salían del mantón de abrigo 



33° 



LA PIEDRA ANGULAR 



en que andaba envuelto y buscaban á tien- 
tas el seno maternal.... Madre y crio, así 
apretados, llenos de intimidad, de dulzura 
comunicativa, se ,reían , se halagaban; 
pero al acercarse Juan Rojo, deshacíase 
el grupo : la madre arrojaba á la criatura 
lejos, muy lejos, y salía huyendo, tan rá- 
pidamente que más parecía haberse di- 
suelto en humo por el aire.... 

— «Para no desobedecer y al mismo 
cumplir la palabra....»— volvía á pensar 
Rojo algunas horas después, al dirigirse 
hacia su rancho apretando bajo el brazo 
las dos cajas cuadrilongas. Ya no se veía 
cuando entró en el camaranchón : á tien- 
tas — no quiso encender luz — buscó algo 
sobre una mesa, y soltando en ella su car- 
ga, encontró lo que deseaba: botella y 
vaso. Echóse al cuerpo un largo sorbo, 
y le pareció ver más claro en su perro 
destino, confirmándose en que ni tenía 
otra salida, ni otro alivio que esperar. 
Ünico medio era aquel de cumplir los de- 
beres que entendía le ligaban á la Ley, á 
la Justicia social y á la Vindicta pública, 
—entidades hijas de la conciencia, y que, 



POR E. PARDO BAZÁN. 



33» 



por lo mismo no pueden sobreponerse á 
su augusta genitriz.... 

—Otro sorbo.... y ánimo.— Un estreme- 
cimiento, una horripilación recorrió las 
venas del hombre que tenía por oficio ma- 
tar. Paladeó el ajenjo de aquel susto, y 
lo afrontó, y logró que le amargase me- 
nos. ¡Bah! Un segundo, un pataleo, me- 
nos aún, la convulsión de un cuerpo ata- 
do, al hincarse en las vértebras un torni- 
llo.... Eso y nada más es la muerte.— Em- 
bozóse y salió. Tocaban al Rosario en la 
capillita próxima, y Rojo dudó primero, 
y luego entró en ella despacio, y se arro- 
dilló entre los grupos de mujerucas. La 
voz gangosa del sacristán se elevó ini- 
ciando el rezo, pero Rojo no tomaba parte 
en él : su garganta no sabía articular so- 
nidos, y lo sentía , porque era creyente y 
ansiaba rezar entonces. Una vecina le re- 
conoció y le señaló á otra con el dedo, 
mostrando desagrado y reprobación. Ro- 
jo sintió un hervor de ira. «¡Ni aquí con- 
sienten mi compañía , centella ! Señálame, 
señálame, vieja del diablo, que paralo 
que me has de señalar.... » 



332 



LA PIEDRA ANGULAR 



Volvió á salir, y con paso tranquilo, muy 
ensimismado, tomó el camino de la Torre. 
La luz del Faro atraía sus ojos ; se le figu- 
raba que desde allí , más bien que en la 
capilla, alguien le miraba piadosamente. 
Sin embargo, á los diez pasos retrocedió; 
entró de nuevo en el rancho, y recogió el 
envoltorio de las cajas. Llevándolas bien 
cogidas, emprendió la ascensión otra vez. 

El camino serpeaba, y al través de cam- 
pos yermos rodeados depeñascales, subía 
hasta el promontorio , donde la fenicia 
Torre se yergue imponente, justificando 
su dictado de centinela de los mares.— 
Oíase cada vez más próximo el tumbo del 
Océano que rebotaba contra las peñas, y 
un aire potente, vivido, rudo como la mis- 
ma costa, azotaba el pelo gris de Rojo.— 
Ya al pie del alta plataforma , que descan- 
sa en la escollera, Rojo se detuvo, y, en 
vez de subir la escalinata, metióse por 
los eriales y marismas que conducen al 
arenal de las Ánimas, el cual tal vez deba 
su fúnebre nombre á las muchas víctimas 
que cada invierno , en la pesca del perce- 
be, sucumben en tan temeroso paraje. 



POR E. PARDO BAZÁN. 



333 



Antes de que Rojo sentase el pie en el 
arenal, le paró, helándole la sangre en las 
venas, el mugir lúgubre y pavoroso de 
dos hinchadas y cóncavas olas, que al re- 
ventar le salpicaron de espuma.... Y no 
era día de tormenta, ni acaso fuese aque- 
lla la marea más viva del equinoccio; pero 
debe de tener la ensenada de las Ánimas 
tan especial hechura, que el Océano, al 
derramarse allí, se encuentra preso, heri- 
do, subyugado, y rebrama, y salta en 
remolino arrollador, y quiere escalar el 
cielo.... 

Juan Rojo se sintió á la vez espantado 
y ensordecido. El oleaje, con su misteriosa 
blancura cerca y su inmensidad incolora 
allá lejos, le aplanó el alma, y como el 
marino arroja lastre por cima de la borda, 
lanzó á las rompientes las cajas que opri- 
mía bajo el brazo. Las olas no interrum- 
pieron su clamoreo ronco de ardiente 
jauría que persigue á la res. El padre de 
Telmo se volvió de espaldas al mar. y no 
viéndolo, recobró ánimos; dejó sobre una 
peña capa y sombrero ; sacó un pañuelo 
del bolsillo; contempló un minuto, intensa- 



334 



LA PIEDRA ANGULAR 



mente, la luz del Faro ; luego dobló el pa- 
ñuelo y se vendó los ojos apretando mu- 
cho, de manera que también tapase los 
oídos, para no escuchar la voz del abismo, 
que le haría retroceder.... Y así, ciego y 
sordo , anduvo con los brazos extendidos 
hacia delante, hasta que de pronto se sin- 
tió envuelto, cogido, arrastrado, y el agua, 
al inundar sus pulmones, sofocó el grito 
supremo. 



FIN 



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